Guardianes de la verdad Opinión
Diomedes Núñez Polanco

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No es posible hablar de cualquier país centroamericano sin que haya que mencionar acontecimientos relacionados con toda esa parte del Caribe, lo que se explica por el hecho de que esos pueblos (Guatemala. El Salvador, Costa Rica, Nicaragua y Honduras) estuvieron unidos como una sola patria durante más de trescientos años, desde que a mediados del siglo XVI se constituyó la Capitanía General de Guatemala hasta 1838, fecha en que Nicaragua se declaró independiente de la República Federal.

Los levantamientos de los pueblos centroamericanos contra el poderío español se inician en los primeros años del siglo XIX. El primero se llevó a cabo el 5 de septiembre de 1811 en El Salvador y estuvo encabezado por el padre José Matías Delgado. En esa acción a favor de la independencia tomaban parte la oligarquía latifundista, el alto clero y algún que otro miembro de la alta pequeña burguesía comercial, pero debe señalar que en esas proclamas no participaba la masa popular, pues ella no vislumbraba en esa lucha ningún mejoramiento en sus condiciones materiales de existencia.

Los que luchaban por la independencia eran llamados cacós (bandoleros) por los colonialistas españoles, con lo cual se demuestra que además de responder con las armas a las protestas de los patriotas, pusieron en práctica el recurso de la difamación, como una manera de justificar sus agresiones contra los pueblos indefensos. Recuérdese que los marines estadounidenses que ocuparon militarmente nuestro país en 1916 calificaban de gavilleros a los rebeldes y a los de Haití les llamaban cacós.

Tanto el estallido de El Salvador como los amotinamientos escenificados tres meses después (22 de noviembre) en las ciudades nicaragüenses de Granada y León, y las proclamas hechas en Tegucigalpa, la capital de Honduras, en los primeros días de 1812, fueron estimulados por el independentista grito de Dolores que en septiembre de 1810 hacía en México el padre Miguel Hidalgo, así como por las luchas que en toda América del Sur empezaban a desarrollarse contra la dominación española. Pero al igual que el de México, los movimientos sudamericanos fueron provocados, a su vez, por la situación de caos que se le presentó a raíz de que en diciembre de 1808 los ejércitos franceses de Napoleón ocuparan la península, al tiempo que mantenían en prisión al rey español Fernando VII.

En realidad, la situación que se creó en España a partir de 1808 fue un detonante para los movimientos de liberación americanos, pues fue imposible detener a los pueblos en su lucha, hasta el punto de que para el 1825 la monarquía española sólo contaba en América con los territorios de Cuba y Puerto Rico.

Hasta en Guatemala, donde se hallaba la más rancia oligarquía esclavista, prendió la consigna independentista, muestra de lo cual fue la llamada Conspiración de Belén, llevada a cabo en 1813 y en la que, además, de sectores oligárquicos y alto-pequeño- burgueses contó con la participación de sacerdotes e indios. Un años después se levantarían nuevamente los salvadoreños, pero esta vez con un movimiento más amplio que el anterior, ya que la agudización de la lucha obligó a los sectores oligárquicos y alto burgués a buscar apoyo en las masas populares, especialmente de los artesanos y pequeños propietarios.

El avance de la lucha se explica por tres razones fundamentales: 1) el aumento de la contradicción entre los productores locales, especialmente de café, azúcar y cacao, y los funcionarios de la colonia que no permitían el libre comercio; 2) el estímulo que produjo en los independentistas de América la Constitución liberal que en 1812 habían elaborado las cortes españolas reunidas en Cádiz, y 3) como consecuencia de esto último, la especie de contagio que habría de provocarles la lucha independentista que en el vecino México dirigía en 1813 el padre José María Morelos, así como las hazañas casi de leyenda que entonces realiza Simón Bolívar en América del Sur, todo en el 1814, el llamado Año Terrible de la lucha libertaria.

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Diómedes Núñez Polanco

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