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Reflexión

Cuando la palabra es arma de resentidos

La palabra de Dios, ni la Biblia ni nada de ello puede convencer a aquellos que han sido maltratados en extremo, salvo excepciones, en los que Dios ha querido intervenir directa y personalmente.

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Una tarde, al salir del aula, me esperaba un colega profesor y amigo, para preguntarme si yo estaba de acuerdo en alzar una protesta contra un escritor, también colega nuestro, que estaba escandalizando a Santiago con sus “poemas decididamente fuñones”. Le respondí que yo no sabía nada de poesía y que, aunque no me gustaron tampoco algunos poemas bastante groseros para la época, yo había encontrado un breve párrafo en los versos de Apolinar Núñez que decía lo que yo no sería capaz de decir ni en cien palabras: “Cuando vivía en España me dediqué a vengar mi raza desde la cama, y las españolas se reían porque no sabían nada de historia.”

Acabo de leer “El primer hombre”, de Albert Camus”, un relato autobiográfico que me deja ver su enorme desamparo social y algunas de las posibles causas de su ateísmo”.

Estas cosas te obligan a pensar en la gran cantidad de “podcasters” que abruman el panorama comunicacional de nuestros días con una enorme cantidad de improperios; gentes semianalfabetas empoderadas, micrófono en mano, para vengarse de una sociedad y un mundo que no los ha tratado bien, y que ahora está obligado a escucharlos y a compensarlos por el maltrato a su clase, llegando en increíbles ocasiones a recibir la visita de figuras honorables, como humilladas o pidiendo perdón por su país y el resto de nosotros.

Pero la palabra como instrumento de venganza probablemente tenga una historia demasiado larga y profunda para mis capacidades, porque desde niños aprendimos a maldecir aun secretamente a nuestros padres cuando nos castigaban de manera ruda, y ni que decir a los que abusaban de nosotros, los mas pequeños, o los que padecíamos alguna desventaja. Y ni que decir, de las retaliaciones de grandes escritores, contra príncipes y poderosos, contra los ricos y los tutumpotes. Porque, así como tantos resentidos sociales se apoderaron de la ONU hasta destruirla, muchos se apoderaron de la imprenta para enfrentar a Roma y el Pontificio, y ni se diga de tantos escritores que entendieron que el mundo de las letras, en París o en cualquier centro universitario les daría oportunidad de controlar la gran arma de la literatura, y desde allí dictarles lecciones a los poderosos y a todos los demás. Lo cual, venturosamente, ha funcionado con bastante equidad y en beneficio de grandes mayorías, aunque no siempre ha sido una justicia perfecta.

En muchísimos casos la palabra escrita, como ahora la del podcast, ha sido el arma de revancha; como lo ha sido para los perseguidos por los propios defensores de la “Palabra de Dios”, cuando con la espada de la Inquisición ajusticiaron asquerosamente a judíos que, como Marx, Espinosa y hasta el celebrado Einstein jamás pudieron aceptar la existencia de un Dios personal y amoroso como este del que hablamos los cristianos.

La palabra de Dios, ni la Biblia ni nada de ello puede convencer a aquellos que han sido maltratados en extremo, salvo excepciones, en los que Dios ha querido intervenir directa y personalmente.

Sobre el autor
Rafael Acevedo

Rafael Acevedo

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