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La patria después de los fuegos artificiales

Nos quejamos de que "se va la luz", pero callamos ante quien se conecta ilegalmente.

Juan Pablo Duarte es un ejemplo de entrega y honradez.

Juan Pablo Duarte es un ejemplo de entrega y honradez.

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Hace apenas unas horas celebramos un año más de nuestra Independencia Nacional. Los discursos oficiales resonaron, las banderas ondearon en los balcones y el patriotismo se desbordó en las redes sociales. Pero hoy, domingo 1 de marzo, cuando el eco de los desfiles se ha apagado y muchos regresamos a casa tras el descanso del fin de semana largo, nos queda la pregunta incómoda: ¿qué queda de la patria cuando se guardan las banderas?

Es muy fácil señalar hacia el Palacio Nacional y decir que "el presidente no está haciendo nada". Es el deporte nacional por excelencia: la queja de sofá. Nos sentamos a esperar que un mesías administrativo resuelva en cuatro años lo que nosotros, como ciudadanos, permitimos o alimentamos cada día. Sin embargo, la verdadera tragedia no es solo lo que dejan de hacer quienes gobiernan, es lo que nosotros hemos dejado de ser.

Confieso que a veces me invade una profunda desmotivación. Es doloroso ver cómo, en pleno 2026, todavía nos movemos en una sociedad donde una tarjeta de un "profesional influyente" tiene más peso que el código penal. Vivimos en un país donde las leyes están escritas en letras de oro, pero parecen aplicarse con mano de seda para quienes tienen el contacto correcto y con mano de hierro para el descalzo.

¿De qué independencia hablamos cuando todavía somos esclavos del tráfico de influencias? Nos burlamos de la justicia en sus propias narices y luego nos escandalizamos cuando vemos a figuras cuestionables convertidas en referentes de éxito para nuestros jóvenes.

Ver a quienes han burlado la esperanza pública caminar con la frente en alto, mientras el ciudadano honesto sigue lidiando con apagones y un costo de vida que no da tregua, es una bofetada a la memoria de quienes fundaron esta nación.

Juan Pablo Duarte no ideó una República para que nos sentáramos a esperar soluciones; la ideó para que fuéramos dueños de nuestra responsabilidad. Él decía que "la política no es especulación, es la ciencia más pura", pero nosotros la hemos convertido en un mercado de quejas constantes.

Nos quejamos de que "se va la luz", pero callamos ante quien se conecta ilegalmente. Nos quejamos de la corrupción, pero buscamos al "amigo" para que nos borre una multa o nos adelante en una fila. Nos quejamos de la educación que reciben nuestros hijos, pero a veces somos los primeros en aplaudir la cultura de la viveza y el dinero rápido.

¿Qué país estamos heredando?

A mis hijos y a mis nietos —y a los de todos ustedes— les estamos entregando un país de fachada. Una nación que celebra su libertad un 27 de febrero, pero que el resto del año se arrodilla ante la falta de consecuencias. Si no accionamos para cambiar la micro-sociedad que nos rodea (nuestro barrio, nuestra empresa, nuestra familia), no tenemos derecho moral a exigir que el macro-Estado sea perfecto.

La patria no se agota en un feriado para descansar o irse a la playa —un descanso necesario y merecido para todos nosotros—. La patria se construye cuando, al regresar de ese viaje, volvemos con la disposición de cumplir la ley por encima del privilegio.

Se trata de que el bienestar que buscamos para nuestras familias en un fin de semana, sea el mismo que defendemos con nuestras acciones el resto del año. El patriotismo no es quedarse encerrado; es llevarse la honestidad y el respeto a las normas en la maleta, donde sea que vayamos.

Este domingo de post-celebración es el momento ideal para dejar de mirar tanto hacia fuera y empezar a mirarnos al espejo. El cambio que República Dominicana necesita no vendrá de un decreto, viene de una ciudadanía que se canse de ser cómplice por omisión.

Duarte hizo su parte. Ahora nos toca a nosotros decidir si vamos a seguir siendo un país de quejas o si finalmente nos convertiremos en una nación de ciudadanos. Porque, al final del día, los hijos y nietos no heredarán nuestras palabras ni nuestros feriados; más bien, el ejemplo de lo que estuvimos dispuestos a tolerar.

Sobre el autor
Dayanara Reyes Pujols

Dayanara Reyes Pujols

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