Fake news
Polarización, catastrofismo y libertinaje periodístico en tiempos de incertidumbre global
La polarización política es hoy reconocida como uno de los mayores riesgos para la estabilidad de las democracias.

Obispo Jesús Castro Marte
Justo en la víspera en que los seguidores de Jesús conmemoraban el día santo de su resurrección y en que nuestro país celebraba el Día Nacional del Periodista, el periódico acento.com se vio obligado a desmentir una falsa noticia.
Esa falsa noticia -más conocida en el ecosistema digital como fake news, por su nombre en inglés- atribuía a acento.com una notificación periodística según la cual el obispo Jesús Castro Marte emitía fuertes críticas contra el gobierno como parte de los mensajes de la iglesia católica en ocasión de la Semana Santa.
Es un típico producto de la campaña de polarización política que desarrollan los principales partidos de oposición desde que el pueblo los desalojó y les negó el poder en las últimas dos elecciones municipales, legislativas y presidenciales.
La polarización política es hoy reconocida como uno de los mayores riesgos para la estabilidad de las democracias. El disenso es natural y necesario; pero cuando degenera en antagonismo emocional, sus efectos son profundamente dañinos. Se debilita la capacidad de diálogo, se erosionan las instituciones, prolifera la desinformación y se normalizan discursos extremos.
En contextos polarizados, la verdad suele ceder ante la conveniencia política. Se imponen relatos simplistas —y muchas veces falsos— diseñados para movilizar emociones, no para informar a la ciudadanía. Así, el debate público pierde calidad y los ciudadanos ven comprometida su capacidad de tomar decisiones conscientes.
En ese marco, emergen actores que operan como instrumentos de esa estrategia, difundiendo acusaciones sin sustento y campañas de descrédito contra figuras públicas, de lo cual es una muestra la campaña de difamación perpetrada por varios personeros encabezados por el llamado detective Ángel Martínez, quienes tienen por común denominador ser promotores del regreso al poder de Leonel Fernández.
Determinados espacios mediáticos y digitales, como hemos visto aquí, funcionan como cajas de resonancia de ese clima, promoviendo un amarillismo que procurar instalar en la opinión pública la percepción de un país en permanente crisis y sin rumbo, que va a la deriva, pese a exhibir tantas noticias positivas e indicadores de avance en diferentes ámbitos.
El resultado que se busca es una sociedad fragmentada. Las diferencias políticas dejan de ser un asunto de ideas para convertirse en conflictos personales que contaminan la vida familiar, laboral y comunitaria. La cohesión social se resquebraja, y la intolerancia sustituye al respeto.
La tormenta perfecta: incertidumbre global
Este escenario interno se agrava por un contexto internacional cargado de tensiones. Aún persisten las secuelas de la pandemia del COVID-19 y los efectos de la guerra entre Rusia y Ucrania. A ello se suma ahora la escalada de conflictos en Oriente Medio, que incrementa la incertidumbre global.
Las consecuencias son previsibles: presiones inflacionarias, alzas en los precios de combustibles, transporte y fertilizantes, y una creciente sensación de inestabilidad que impacta directamente en los hogares dominicanos.
En nuestro caso, además, existe un vínculo humano ineludible: la amplia diáspora dominicana en Estados Unidos. Cualquier escalada bélica que involucre a esa nación repercute emocional y socialmente en miles de familias dominicanas, ya sea por el temor a la movilización militar o por los efectos económicos derivados del conflicto.
Un llamado a la responsabilidad
En medio de este panorama, resulta imperativo actuar con responsabilidad. La crítica política es legítima, necesaria y saludable; pero debe ejercerse con apego a la verdad, al respeto y al interés nacional.
Nuestros líderes —especialmente los de la oposición— harían bien en ponderar el momento histórico que vivimos. La acumulación de incertidumbres externas no puede ser agravada por una estrategia interna de confrontación permanente, desinformación y descrédito.
La democracia no se fortalece desde el caos ni desde la manipulación emocional. Se construye sobre la base del debate honesto, la institucionalidad y la confianza ciudadana.
Hoy más que nunca, la República Dominicana necesita menos estridencia y más sensatez; menos polarización y más responsabilidad; menos ruido y más verdad que preserven nuestra estabilidad institucional, económica y social.