Guardianes de la verdad Opinión

Medio Oriente

El programa nuclear: principal obstáculo para un acuerdo de paz con Irán

El programa nuclear iraní comenzó a desarrollarse en la década de 1960 bajo la dinastía Pahlaví, estrechamente alineada con Estados Unidos y Europa.

Programa nuclear iraní

Programa nuclear iraní

Creado:

Actualizado:

La seguridad del Medio Oriente está hoy condicionada por el avance del programa nuclear de la República Islámica de Irán. Israel percibe el desarrollo del programa nuclear de Teherán como una amenaza existencial, mientras que Arabia Saudita, inmersa desde 1979 en la rivalidad suní-chií con Irán por la hegemonía regional, lo considera una espada de Damocles sobre el ya frágil equilibrio de poder regional.

Por su parte, la política exterior de Irán, tras la Revolución Islámica de 1979, sitúa a Estados Unidos e Israel como las principales amenazas para la revolución, por lo cual la confrontación con estos dos países no es coyuntural, sino estructural.

Cabe destacar que el programa nuclear iraní comenzó a desarrollarse en la década de 1960 bajo la dinastía Pahlaví, estrechamente alineada con Estados Unidos y Europa. Pero tras la revolución, el proyecto fue interrumpido por orden del propio líder supremo Ruhollah Jomeini, quien sostenía que esa tecnología incompatible con los principios islámicos. Sin embargo, concluida la guerra irano-iraquí en 1988 y tras la muerte de Jomeini, el presidente Hashemí Rafsanyani impulsó su reactivación con la anuencia del recién escogido líder supremo Alí Jameneí.

En 2002, apenas cuatro meses después de los atentados del 11 de septiembre, George W. Bush proclamó la existencia de un “Eje del Mal” integrado por Irán, Irak y Corea del Norte, al acusarlos de buscar armas de destrucción masiva y de respaldar el terrorismo. Un año más tarde, Irak fue invadido. En Teherán, la lección fue clara: no disponer de capacidad disuasiva podía abrir las puertas a una intervención.

A ello se sumaba la presencia de miles de soldados estadounidenses estacionados tanto en Afganistán como en Irak, por lo que se pensaba que la invasión a Irán era inminente en aquel entonces. No obstante, los reveses militares sufridos por las tropas norteamericanas en ambos teatros impidieron que esas predicciones se materializaran.

Aunque Corea del Norte logró convertirse en potencia nuclear en 2006, Irán no pudo avanzar en la misma dirección, ya que Israel se ocupó de ralentizar su programa mediante la eliminación selectiva de científicos y ataques cibernéticos de gran sofisticación, entre ellos el virus informático Stuxnet, que en 2010 impactó varias instalaciones nucleares.

El Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA), o Acuerdo Nuclear de 2015, fue un intento de transformar este dilema en un problema técnicamente administrable. Irán aceptó desprenderse del 98% de su material nuclear, limitar el enriquecimiento de uranio al 3,67% y reducir de manera significativa su número de centrifugadoras, a cambio del levantamiento de sanciones.

Por el contrario, Israel y Arabia Saudita rechazaron el acuerdo al entender que no restringía las exportaciones petroleras iraníes y que, en consecuencia, permitiría a Teherán disponer de recursos suficientes para seguir financiando a sus aliados regionales. Esos argumentos terminaron influyendo sobre Donald Trump, quien durante su primer mandato asumió que el pacto resultaba excesivamente favorable para la República Islámica y, por tanto, perjudicial para los intereses de los socios estadounidenses en Medio Oriente. De ahí la decisión de la administración Trump de retirarse en 2018 del Acuerdo Nuclear con Irán, bajo la doctrina de “presión máxima”.

Para la élite política, militar y religiosa iraní, el programa nuclear constituye una garantía última de supervivencia. Para Israel y Arabia Saudita, en cambio, incluso el dominio pacífico del ciclo completo del combustible resulta inaceptable, porque abre la puerta al conocimiento necesario para fabricar un arma en el futuro. Ahí radica el núcleo estructural del problema.

Al desarrollo del programa nuclear iraní se suma una dimensión expansionista. Irán construyó el llamado "Creciente Chií", un corredor estratégico que se extiende desde Teherán hasta el Mediterráneo a través de milicias chiitas en Irak, el régimen sirio, Hezbolá en el Líbano y los hutíes en Yemen. Esta alianza, conocida como el "Eje de la Resistencia", responde a una doctrina de defensa avanzada que busca enfrentar a los adversarios lejos de las fronteras iraníes.

Aunque el debilitamiento de Hezbolá y la caída de Bashar al-Ásad en Siria han erosionado seriamente el "Eje de la Resistencia", el expansionismo del régimen de los ayatolás explica por qué la posibilidad de un Irán nuclear resulta inadmisible no solo para Israel, sino también para las monarquías suníes del Golfo. El átomo no solo blindaría al régimen, sino que podría servir para reconstruir, bajo una sombrilla de disuasión ampliada, una red de proxies que durante décadas ha condicionado la estabilidad regional.

La decisión iraní de enriquecer uranio al 60% llevó el conflicto a una zona de máxima sensibilidad, ya que para fines civiles basta con un enriquecimiento inferior al 5%, mientras que un arma nuclear exige superar el 90%. El verdadero problema radica en la incapacidad de las partes para construir garantías de cumplimiento que sobrevivan a los cambios políticos en Washington y a la desconfianza estructural entre los actores involucrados.

El 28 de febrero del presente año, Estados Unidos e Israel emprendieron los ataques más devastadores contra Irán hasta la fecha, llegando incluso a eliminar al líder supremo, Alí Jameneí. Luego, el 7 de abril se anunció una tregua de dos semanas con la finalidad de abrir paso a un acuerdo de paz. Sin embargo, las negociaciones de alto nivel celebradas en Islamabad, encabezadas por JD Vance, naufragaron ante la negativa rotunda de Teherán a desmantelar su programa nuclear y a desprenderse del uranio enriquecido.

La fragilidad del equilibrio regional convierte este dilema en una urgencia estratégica. Israel mantiene la Doctrina Begin como su principio de última instancia, Arabia Saudita profundiza su cooperación estratégica con Pakistán y Turquía sigue de cerca el tablero con la certeza de que, si emerge un eje nuclear irano-saudí, Ankara tampoco podrá quedarse al margen. De consolidarse esa dinámica, el Medio Oriente podría entrar en una fase de proliferación nuclear que agudizaría la inestabilidad.

En el fondo, el programa nuclear iraní constituye el verdadero nudo gordiano de la diplomacia mundial. Mientras Teherán siga viendo el átomo como su seguro de vida, Israel como una amenaza existencial y Arabia Saudita como una espada de Damocles, la posibilidad de un acuerdo seguirá alejándose. Bajo esa lógica, los bandos en pugna tenderán a llevar la confrontación hasta el límite, como sostiene Carl von Clausewitz, hasta que el más poderoso le imponga su voluntad al contrario por medio de la fuerza. 

Sobre el autor
Juan González

Juan González

tracking