Guardianes de la verdad Opinión

Esfuerzo

Seguir caminando cuando el mundo no premia el talento

Cansa ver cómo se repiten patrones que tanto daño le hacen a la sociedad: tráfico de influencias, favoritismos, redes cerradas, espacios donde el mérito queda relegado y la dignidad parece tener menos peso que la conveniencia.

Camino

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No ocurre solo en Perú. Ocurre en muchos lugares del mundo. A veces con distintos rostros, distintos acentos y distintas estructuras, pero con la misma herida de fondo: no siempre se reconoce a quien más se esfuerza, a quien más aporta, a quien más merece avanzar por capacidad, honestidad o trabajo. Muchas veces parece que se abren más puertas por cercanía que por talento, por influencias que por méritos, por pertenecer al círculo adecuado que por tener algo valioso que ofrecer.

Y eso cansa.

Cansa ver cómo se repiten patrones que tanto daño le hacen a la sociedad: tráfico de influencias, favoritismos, redes cerradas, espacios donde el mérito queda relegado y la dignidad parece tener menos peso que la conveniencia. Cansa también descubrir que, en ocasiones, no son solo “los de arriba” quienes reproducen estas prácticas, sino nosotros mismos entre nosotros, en pequeño o en grande, como si hubiéramos normalizado que para avanzar hay que pertenecer, agradar o alinearse, en vez de construir, proponer y servir.

Sin embargo, incluso en medio de esa realidad, hay una decisión profundamente humana y valiente que nadie nos puede arrebatar: resistir, persistir y no tirar la toalla.

Resistir no como un acto pasivo de aguante resignado, sino como una forma de conservar la esencia en medio de la distorsión. Persistir no como necedad vacía, sino como la convicción serena de quien sabe que su camino tiene sentido aunque no siempre sea aplaudido. Y no tirar la toalla no porque no duela, sino porque rendirse ante lo injusto sería aceptar que el talento, la honestidad y los ideales ya no tienen lugar en este mundo.

Pero sí lo tienen.

Tal vez no en los espacios más ruidosos. Tal vez no en los escenarios donde hoy mandan la apariencia, la conveniencia o el cálculo. Pero sí en las personas que siguen sembrando sin garantías, que siguen creando aunque no siempre sean vistas, que siguen aportando aunque el reconocimiento tarde en llegar. Porque hay una verdad que el tiempo termina confirmando: no todo lo valioso brilla de inmediato, pero lo auténtico deja huella.

Por eso vienen a la memoria José Ingenieros y también Don Quijote.

De Ingenieros permanece ese llamado a no pactar con la mediocridad, a no renunciar a los ideales, a no conformarse con una existencia domesticada por el miedo, el acomodo o la resignación. Y del Quijote permanece algo todavía más hondo: la noble terquedad de seguir caminando aun cuando el mundo se burle, aun cuando la realidad parezca diseñada para desalentar, aun cuando muchos consideren inútil toda lucha que no produzca resultados rápidos o visibles.

Hay algo profundamente revolucionario en seguir creyendo que vale la pena.

Vale la pena hacer camino al andar. Vale la pena insistir en el trabajo bien hecho. Vale la pena sostener la palabra, la integridad, el compromiso, la capacidad de servir. Vale la pena no dejarse contaminar por el cinismo de quienes ya no creen en nada y por eso solo saben cerrar puertas o repartir privilegios. Vale la pena seguir, incluso cuando el reconocimiento no llega en el momento esperado, porque hay caminos que no se construyen para el aplauso, sino para abrir paso a otros.

Quizás esa sea una de las tareas más difíciles de nuestro tiempo: no permitir que la injusticia nos vuelva iguales a aquello que criticamos. No dejar que el favoritismo nos robe la fe en el mérito. No dejar que la decepción nos quite la voluntad de crear, de aportar, de tender puentes, de seguir sembrando.

Porque al final, la verdadera derrota no siempre está en quedarse atrás. A veces la verdadera derrota sería perder el alma en el intento de encajar en estructuras que nunca estuvieron hechas para honrar lo mejor del ser humano.

Por eso, aunque el mundo premie a veces la cercanía antes que el talento, uno no puede renunciar a la tarea de seguir sembrando camino, con dignidad, con ideales y con la terquedad noble de quien todavía cree que vale la pena.

Y creer que vale la pena, en estos tiempos, también es una forma de coraje.

Sobre el autor
Dora Pariente

Dora Pariente

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