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Violencia

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Un joven alguacil, hijo de la barriada de Los Guandules, nacido y criado en ese sector de la parte alta de la ciudad, me narraba las vivencias en ese barrio.

Una de esas narrativas vino a mi memoria por los momentos dolorosos y bochornosos que vive Venezuela junto a los pueblos del Caribe, Centroamérica y Colombia por las amenazas y la intervención militar de los Estados Unidos, violando todas las normas y principios que rigen las relaciones entre las naciones, independientemente a su tamaño, grado de desarrollo, cultura y régimen político “Los Guandules”, como la mayoría de los barrios marginados, es territorio de nadie, sin la presencia de los poderes del Estado, de viviendas hacinadas, de precarios servicios de agua y energía eléctrica, sin sistemas sanitarios, de malas y estrechas callejuelas y callejones, con escalones y pendientes peligrosas.

Sus gentes son buenas, honorables, serviciales y trabajadoras, independientes o asalariadas, en el comercio, servicio doméstico, motoconchistas, chiriperos, conserjes, seguridad en torres o residencias, guardianes y policías y cuantos otras ocupaciones y manera de ganarse la vida, como dependientes de colmados, banqueras o estilistas en salones y barberías, talleres artesanales y otras.

Ahí están obligados a convivir con gentes de mala calaña, con delincuentes, drogadictos, traficantes, prostitutas, pandilleros y vagos vividores.

Resulta, según me contó, que un pobre padre de familia, asalariado de un almacén, diariamente, incluyendo los sábados, salía temprano retornando al terminar la tarde, quedando su joven mujer con la responsabilidad de llevar los niños a la escuela ubicada en la avenida que circunda al barrio y hacer los oficios del hogar.

El jefe de los tigres conocía esa rutina y un día penetró a su casa, estando la mujer sola, la manoseó y le exigió servirle de la comida, marchándose luego con la advertencia de que volvería al otro día y que ella tendría que ser su mujer, tal como aconteció, obligándola a acostarse con él bajo la amenaza de matar al marido y hacerles daño a sus hijos.

Eso es corriente en el barrio, me afirmó cuando le pregunté si esos hechos no se denunciaban. Me respondió diciendo: “Usted parece que no vive en este país”. Y agregó: “En estos barrios se impone la divisa del abusador”.

Lo llamé tiempo después y me dijo con voz aguda: “Doctor, como ya soy abogado y sé que la prescripción protege a esa mujer, debo decirle que ella y cinco vecinas tomaron la justicia en sus manos y después de matarlo lo cortaron en pedazos, lanzando la cabeza en una letrina y el resto del cuerpo al río”.

La moraleja: Los abusadores y los violadores tarde o temprano la pagan.

Sobre el autor
Luis Felipe Rosa Hernández

Luis Felipe Rosa Hernández

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