Guardianes de la verdad Opinión

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ANTONIO GIL
La caridad es uno de los sentimientos más conmovedores. Estaba estacionado en el interior de mi vehículo frente a un pequeño supermercado en el barrio El Cacique, en el suroeste de la ciudad, cuando se acercó una furgoneta de mediano tamaño cargada, más bien abarrotada, de pan de todos los tipos. Desde el lugar donde estaba, parecía que a duras penas cabía el conductor.

Junto al supermercado hay un local de una asociación mutualista para la vivienda, a la puerta de la cual había una anciana, sentada al bordillo de la acera, que aunque no pedía, evidentemente esperaba algún tipo de caridad.

Luego de estacionarse, entró el conductor de la furgoneta al supermercado. Era un joven de unos 25 años, moreno, delgado. Vestía de ropa de color kaki, limpia, muy usada.

Tras un rato de cargar cajas de pan hacia el interior del negocio, volvió al asiento del conductor y se dispuso a partir. Al pasar junto al local de la financiera, se detuvo. Lo juzgué imprudente, porque puso la furgoneta justo en el estrecho camino que transitan los vehículos desde y hacia el estacionamiento. Tras un rato de hurgar entre las fundas de pan que llevaba en la parte posterior del vehículo, tomó una telera de mediano tamaño y se la llevó a la anciana sentada en la acera.

— ¡Tenga abuela! – Le dijo en voz alta – ¡Qué Dios la bendiga!

El joven se marchó sin esperar respuesta. La mujer se sorprendió y no supo qué decirle. Lo miró incrédula. Había visto salir a muchas personas del banco, mujeres tan ancianas como ella, pero más afortunadas económicamente, jóvenes y personas de todos los tipos sociales, sin que ninguna notara su presencia en aquel lugar, ni jamás le extendiera la mano.

Sin embargo, aquel joven, quizás tan pobre como ella, en un vehículo tan anciano como ella, se dio cuenta de su necesidad y sin dudarlo se desprendió de parte de las ganancias de aquel día 22 de diciembre del 2005, casi al medio día. Ese joven, sin dudas, vive bajo eso que los economistas llaman la línea de pobreza, por lo menos ese es su aspecto, pero no dudó un segundo en compartir lo poco que tenía.

Observaba la escena desde mi vehículo, con el acondicionador de aire encendido, todavía en el atestado estacionamiento, a la espera de que mi esposa saliera de hacer una transacción y me disponía a ocupar el espacio que dejó la furgoneta cuando presencié lo que estoy narrando aquí.

Me asaltaron recuerdos de mis lecturas infantiles del cuento infantil La Fosforera de Hans Christian Andersen.

Como la anciana no pudo balbucear palabras, desde la comodidad de mi vehículo, admirado del gesto de aquel muchacho, tan joven como uno de mis hijos, le envié un agradecimiento y el deseo de que ¡Dios lo bendiga y lo proteja!

Esto lo presencié. La pobreza, sin ninguna duda, impide la caridad y la solidaridad.

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