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¡Paciencia!

Como en política, pasa en muchos ámbitos de la vida: para algunos, una victoria del otro constituye su eterna derrota.

Paciencia

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La profundidad está consignada en las sagradas escrituras: todo tiene su tiempo bajo el sol. Por desgracia, los humanos construimos una noción del tiempo asociada al resarcimiento de daños, sin entender las enormes diferencias entre el tiempo divino y el practicable en el ordinario mundo de los mortales.

Por eso, nos desesperamos. Y ahí llega el descreimiento y el constante desafío a la fe en aquel que todo lo sabe y actúa para darnos las lecciones correspondientes.

En perspectiva, las glorias alcanzadas desde la adversidad, la obstrucción y el extenso régimen de intrigas terminan sirviendo de combustible en la vida. Internamente, se activan todos los circuitos para enmendar errores y redefinir el rumbo, dándole un nuevo aire a la consecución de las metas. Ese proceso se vuelve retrato de una doble victoria: aquella que alcanzamos pese a la dificultad y aquella que surge de haber confiado en el rumbo entre tantos arquitectos de la ponzoña. Al final, la ecuación es simple: quienes actúan así no soportan la evidencia de su inevitable irrelevancia.

Como en política, pasa en muchos ámbitos de la vida: para algunos, una victoria del otro constituye su eterna derrota.

Así pululan en la escena pública, erigiéndose en jueces del resto y buscando enmendar a los demás ante cualquier distraído, síntoma delator de su miseria. Los moviliza el afán de acumulación sin entender que ahí radica su derrota: aunque sus depósitos alcancen niveles olímpicos, viven en la miseria.

El razonamiento correcto es ignorarlos. Háganlo sin contemplaciones: no respondan en el plano personal, jamás toquen aspectos íntimos en el calor de las diferencias y respeten la familia.

La paciencia es un don divino. Ahora bien, alcanzar la tranquilidad interior no es cosa de días. Requiere cultivar esa disciplina que nos distancia de las reacciones más primitivas. Hoy, mañana o en un corto plazo, todo vuelve a su lugar.

Lamentablemente, los aduladores de siempre no lo entienden ni entenderán. Por eso la paciencia es un ancla indispensable en medio de tanta mediocridad, materia prima de muchas amarguras en el club de resentidos.

No nos desesperemos: tarda en ejecutarse, pero llega. Mientras tanto: mucha paciencia.

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Guido Gómez Mazara

Guido Gómez Mazara

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