Guardianes de la verdad Opinión
Julio Ravelo Astacio

Julio Ravelo Astacio

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(2-3)

Las expectativas así generadas hacen de las etapas previas, al inicio de la relación, una suerte de ritual. El paciente, presa de un proceso sutil de regresión, se propone agradar a su doctor/a, estudiar sus manifestaciones, proveer el mayor grado posible de información, reafirmar su incipiente confianza y rebozar su fe, en lo que, más que científico y técnico, él percibe vibración espiritual, comunión de ideas enfrentadas al adversario común –la enfermedad– elemento generador y casi mágico de recuperación.

La fe entraña aceptación de enunciados que desbordan todo escrutinio crítico o fiscalización racional. Las expectativas del paciente se basan en este factor ajeno a toda tonalidad confesional. Es un elemento religioso, en lo que este término tiene de ligazón, porque es la fe la que acerca y vincula al paciente con el médico y su intrínseca autoridad.

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Otros elementos con que cuentan los pacientes son: Esperanza, factor de poderosa influencia curativa, pero también elemento incitador primordialmente en la búsqueda de ayuda. Confianza, que representa el despojarse de perjuicios para aceptar el consejo, el examen auxiliar, la privación de pequeños placeres. Disciplina, implica renunciamiento, reducciones de las dimensiones de su propio yo. Devoción, representa una amalgama de varios de los anteriores factores.

El paciente se acerca al médico y establece su parte de la relación con expectativas que cubren diversos niveles:

a) Nivel cognitivo: grado y calidad del conocimiento puramente profesional o técnico.
b) Nivel anímico: expectativa de empatía establecida inicialmente de médico a paciente.
c) Nivel social: estimulada por las circunstancias precedentes al contacto, expectativa social se mide en términos de prestigio social.
d) Nivel espiritual: búsqueda de fuentes de fortaleza espiritual, coraje frente a la adversidad, consuelo ante la aflicción propia y ajena, reiteración de la fe primigenia, independiente de la enfermedad.

En fin, el enfermo tiene sus características específicas según su personalidad, nivel cultural y tipo de enfermedad presente.

El grado de madurez en la personalidad del paciente facilitaría la relación.

El desarrollo cultural, que evitará apreciaciones oscurantistas y dificultades en la comunicación, influirá en forma análoga, así como la gravedad de la enfermedad o la valoración social de la misma, ya que condicionará el nivel de angustia del enfermo.

Configuración de la relación médico-paciente. La relación entre paciente y médico con tener atributos innegablemente positivos posee también una enorme carga de ambigüedad y con ella incertidumbre. No debe olvidarse que su núcleo generador es el dolor, aflicción, angustia, incertidumbre, amenaza de muerte o incapacidad física.

Las expectativas del paciente pueden determinar según el desenlace de su tratamiento tanto a nivel de ensalzamiento del médico o por el contrario una enorme fuerza crítica resultado de la angustia, decepción y renovado sufrimiento. La configuración de la relación médico-paciente sujeta a las vicisitudes de una vinculación crucial entre seres humanos, conlleva un potencial poderosísimo, pero relativamente confuso en lo que a su dinámica interna se refiere.

Los dos protagonistas del encuentro aportan sus experiencias y su propia agenda, a pesar de estar plenamente informados el uno respecto al otro, y a pesar de saber que queda un margen relativamente grande para la incertidumbre, no cabe duda de que la relación tiene orígenes auspiciosos. Cuando el mito supera la realidad, cuando médico-paciente hipertrofian los linderos de la autoridad y de sus expectativas, la relación ingresa en terrenos inciertos, eventualmente inconsistentes e impredecibles.

El desenlace no ha de ser necesariamente negativo, más aún este proceso de mitologización parece inevitable y es en verdad, un ejemplo más del impacto de las emociones, sobretodo de la conducta humana. El mito ayuda a tolerar las ambigüedades y aliviar las incertidumbres, cumple como tal una función curativa del buen manejo de sus orígenes y de sus afectos depende el buen éxito de la relación médico-paciente.

El médico ha de acoger las quejas del paciente y, a la vez, examinar con objetividad el significado y la magnitud de éstas. Esta ambigüedad reviste también algo de la palabra esperanzada o del optimismo que se anhela transmitir.

Concluimos en la próxima entrega.

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Julio Ravelo Astacio

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