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Violencia política y terrorismo de Estado

La violencia, asesinatos, terrorismo carácter político, religioso, étnico, etc. han sido una constante en la historia. 

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La violencia, asesinatos, terrorismo carácter político, religioso, étnico, etc. han sido una constante en la historia. Sus expresiones cambian en sus formas, contenidos, simbolismos y regiones, pero el recurso a ese método para imponer ideas, causas o fe mantiene su esencia y su aborrecible uso a través del tiempo. En Occidente se ha querido vender la idea de que el monopolio de ese recurso lo tienen los orientales y, más específicamente, el mundo árabe.

En los siglos XI y XIII, y quizás más, la violencia y magnicidios eran en extremo frecuentes en Oriente Medio, coincidiendo con los casi 200 años del clima de violencia generado por los cruzados. Los asesinatos a altos jefes de gobierno, de tribus o de sectas religiosas se hacían preferentemente en plazas en presencia de mucha gente, como mensajes simbólicos de escarmiento o terror. Por eso Amin Maalou dice que quienes se inmolaban en esas acciones lo hacían bajos los efectos del hachís. De ahí el origen de la palabra asesino que viene de hashshashin, en árabe adictos al hachís, una secta religiosa.

Albert Camú da cuenta de los muchos actos de terrorismo de estado, de la abundante sangre derramada causada por el sectarismo religioso y nacionalista durante el siglo XIX, en el cual hubo numerosos magnicidios consumados o intentados, así como el asesinato de reyes, jefes de Estado, altos funcionarios y jefes militares. Sólo en 1892 se contaron en Europa más de un millar de atentados con dinamita.

En EE. UU. se contaron alrededor de quinientas acciones de esa naturaleza, siendo el país de alto desarrollo económico con mayor cantidad de presidentes asesinados durante el ejercicio de su mandato, aparte de los numerosos intentos de magnicidios frustrados y en los que han herido a quienes se han intentados asesinar en los últimos dos siglos. Desde entonces, hasta un día tan cercano como el de la semana pasada, se intentó un magnicidio contra el actual presidente de ese país. Un acto condenable, como toda forma de terrorismo, sin importar la causa que se invoque.

La Alemania nazi sistematizó y construyó gigantescas y sofisticadas infraestructuras para el exterminio de judíos. Únicas en la historia. Durante la Inquisición, la fabricación de máquinas e instrumentos de torturas llegó a insospechados niveles en términos de cantidad, variedad y macabra sofisticación. En ciudad México vi un museo itinerante de esos espeluznantes instrumentos. El ser humano no nace violento, se enseña a serlo con diversos medios y formas. En su historia, nuestro país ha conocido magnicidios, asesinatos e incluso un genocidio. Últimamente se registran el acto de barbarie, como el cometido por un grupo sindicados de motoconchistas en Santiago, que persiguió y asesinó al conductor de un camión.

Además, son frecuentes los asaltos a pasajeros y conductores heridos en accidentes de tránsito. Esos actos de barbarie, la intimidación en las redes, las desenfrenadas tropelías que en nombre del nacionalismo cometen algunos grupitos y hasta autoridades locales, son manifestaciones de una corrosiva cultura de violencia endémica que interpela al Gobierno y a los partidos todos. Sin enfrentar ese lastre, los conceptos democracia y desarrollo económico estarían vacíos de contenido en sus programas.

Sobre el autor
César Pérez

César Pérez

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