“Hay más alegría en dar que en recibir”
Para esta ocasión, se nos ha sugerido abordar el tema “Hay más alegría en dar que en recibir”. Esta frase aparece sólo una vez en las Escrituras y es en boca de San Pablo, en el libro de los Hechos de los Apóstoles (20,35). Allí el Apóstol confiesa que la frase no es suya, sino que salió un día de los labios mismos del Señor Jesús (se trata de una pieza de tradición oral no recogida por ninguno de los evangelistas).
Permítaseme situar el texto en su contexto, siguiendo el relato del capítulo 20 del libro de Los Hechos. En el transcurso de su Tercer Viaje (52-57 d. C.) Pablo se encuentra en la ciudad de Mileto, donde había nacido el famoso filósofo Tales de Mileto. Mileto era una ciudad situada en el Asia Menor (hoy Turquía), en la zona costera de Jonia, al sur de la famosa ciudad de Éfeso, cuya comunidad cristiana era muy querida por el Apóstol, y en la que había vivido tres años y a quienes les escribirá una hermosa y sustanciosa carta, probablemente desde su cautiverio en Roma, entre los años 61 y 63. Pues bien, desde Mileto, Pablo manda llamar a los presbíteros o responsables de las comunidades cristianas de Éfeso y les confiesa que a él le esperan días terribles, pero que no teme perder la vida por la misión que el Señor le encomendó. También les dice que es muy probable que ellos no vuelvan a verlo. Pensando en su ausencia física, pide a los presbíteros que “se cuiden y cuiden el rebaño” (v. 28). Y en seguida les suplica ser generosos, es decir a no ser tacaños o avaros con sus vidas, ya que “hay más felicidad en dar que en recibir” (v. 35).
Porque la realidad es que “ser avaro –como afirma Martí Amagat en su obraLas virtudes de andar por la casa (1999)–es la manera más triste de ser pobre”, y ser generoso es la manera más hermosa de ser rico.
La vida como una ofrenda. Estoy seguro que muchos de ustedes ya conocen el librito ¿Por qué temo decirte quién soy?, del sacerdote John Powell (1989). En un momento, el autor cita a Kard Stern, quien afirma que “La evolución del crecimiento humano es una evolución que va, desde una necesidad absoluta a ser amado (infancia), hasta una plena disponibilidad a dar amor (madurez), con variadas etapas de por medio”.
Y, a propósito de “Adultez espiritual”, el p. Leo Trese, en su libro Un paso es suficiente (1966), dice que “un niño se convierte en adulto cuando para de tomar y comienza a dar. Un sentido de responsabilidad por los otros es la prueba básica de madurez emocional”. Y añade que “es casi imposible para una persona inmadura amar de verdad a otro, porque ésta sólo sabe recibir”.
Así, una persona espiritualmente poco evolucionada diría: “Yo necesito que tú me ames”. “Tú debes cuidarme”. “Necesito que me lo demuestres, sobre todo dándome regalos”. Y una persona espiritualmente adulta diría: “¿Hay algo que yo pueda hacer por ti? ¿Me necesitas?”. “Me permites que te cuide?”. Una persona espiritualmente poco evolucionada siempre estará “buscando la felicidad”. Y lo cierto es que, como dice Anthony de Melo, “la felicidad no puede buscarse por sí misma. [Ya que] la felicidad es siempre una consecuencia” (Caminar sobre las aguas – 1994). Y aquí entramos en el corazón de nuestro tema.
Dice Louis Evely en su libro Eternizar la vida (1993) que debemos ser felices aquí y ahora mismo o, de lo contrario, no lo seremos nunca”. Y añade: “Si nuestra felicidad dependiera de lo que nos hace falta, nunca seríamos felices. Si no sabemos apreciar lo que tenemos…, si simplemente esperamos una vida feliz, no la obtendremos nunca. Hemos de encontrar nuestras razones para ser felices allá donde estamos en cualesquiera que sean nuestras condiciones…, lo que no significa que nos esté prohibido mejorarlas”.
Y es que mucha gente no acaba de entender que las cosas que verdaderamente nos dan felicidad no se pueden comprar con dinero. ¡Son gratis! Phil Bosmans, en su obra Vitaminas para tu corazón (1987) nos muestra algunas de estas cosas que son gratis en nuestras vidas:
El seno de una madre… El sol y la amistad. Un sitio en la mesa y un abrazo cordial. La luz de la primavera. La sonrisa de un niño. La canción de un pájaro. El murmullo de un arroyo.La savia de los árboles. Las olas del mar. El día y la noche. La tranquilidad y el silencio. Un domingo. La vida y la muerte.
Pero volvamos a nuestra afirmación de que “la felicidad es siempre una consecuencia”. Precisemos que aquí entendemos “felicidad” no como un estado de vida (siempre pasajero) que consiste en un momento de exaltación emotiva fruto del éxito en algún negocio, o del buen resultado en un examen académico o de un triunfo profesional, o de un buen resultado médico, o de una conquista afectiva o de un momento celebrativo entre amigos, etc. (“¡Soy la persona más feliz del mundo!”, solemos gritar cuando las cosas van bien). Pero no. Estos son más bien “momentos felices” que no precisamente son el reflejo del estado profundo de un corazón feliz. Porque la felicidad verdadera no es el resultado de conquistas o eventos pasajeros, sino que es la consecuencia de un estado profundo y permanente del alma: el hecho de auto-percibirse como un ser “para los demás” (que nada tiene que ver con la actitud, por demás inmadura, de estar siempre complaciendo a los demás), sino con la autoconciencia de ser regalo de Dios para los demás, desde la humilde pobreza del propio ser.
En una persona generosa, se cumple siempre lo que dice el Salmo 83: No importa donde viva o donde esté; su simple presencia es como una hermosa flor en medio de un paisaje inhóspito; como un vaso de agua en un día sofocante; como un bálsamo en medio de las durezas de la vida… Es, en fin, una bendición de Dios donde quiera que vaya, donde quiera que esté. He aquí lo que dice el Salmo 83 sobre las personas que ponen su confianza en el Señor y abren su corazón a los demás:
Cuando atraviesan áridos valles/, los convierten en oasis/, como si la lluvia temprana los cubriera de bendiciones (v. 7). Y al final de su camino, verán cara a cara a Dios en Sión (Cf. v. 8).
Y lo interesante es queno tenemos que vivir en la abundancia para compartir con los demás. Recuerde aquella humilde viuda del Evangelio (Marcos 12,38-44), alabada por Jesús, por entregar a Dios todo lo que tenía para vivir. Jesús está mirando, al mismo tiempo, a los escribas y fariseos, criticones, orgullosos y tacaños con sus vidas y posesiones. A la viuda la presenta como ejemplo de: amor que se dona, sacrificio, entrega generosa y confianza en la Providencia Divina. Porque, nadie que da y se da, se quedará sin recibir. Y todo esto se resume en frase del Apóstol Pablo a los cristianos de Tesalónica: “Por su parte, hermanos, no se cansen de hacer el bien” (2 Tes 3,13).
El verdadero secreto de la persona que ha aprendido a darse. Si nos atenemos a lo que dijimos ya sobre la evolución interior del ser humano, hemos de concluir que: el estatusfundamental del niño es recibir y ser protegido. Y que el estatus fundamental del adulto es dar, nutrir y proteger. Pero sucede que nadie aprende a dar si antes no ha recibido; que nadie sabe proteger a otro si antes no ha sido protegido, y nadie sabe cómo amar a los demás si antes no ha tenido la expeciencia de sentirse amado. Dicho de otro modo, la fuente de mi saber dar, de mi saber proteger y de mi saber amar a los demás, es la experiencia de haber recibido, de haberme sentido arropado y protegido y de haber experimentado previamente el amor.
Es cierto que mi alma se engrandece en la medida en que doy y me doy a los demás. Pero es también muy cierto que mi alma se engrandece en la medida en que aprendo a recibir las ternuras, las gracias, las misericordias y los dones del Padre del Cielo. Porque Él es la única fuente de todo lo que yo puedo dar u ofrecer. Y la fuente de mi caridad por los otros es solo su amor infinito. No soy yo la fuente de lo bueno que puedo hacer, sino Él y sólo Él.
Permítanme ilustrar esto que he dicho con otro texto bíblico. Se trata del episodio, muy conocido por nosotros, narrado solo por el evangelista Lucas, en que Jesús visita la casa de Martha y de María, hermanas de Lázaro (Lc 10,38-42). Martha es un encanto de mujer: es generosa, noble, atenta. Tanto que esa necesidad de servir bien la llevaba muchas veces hasta el estrés. En el texto se nos dice que ella se queja porque su hermana ha preferido quedarse a los pies del Maestro escuchando sus palabras. Martha juzga que María la ha dejado injustamente sola con los menesteres. Entonces le pide al Señor que ordene a su herrmana que le eche una mano. Pero Jesús la sorprende con su respuesta: “Martha, Martha, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. [Y] María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada”.
¿Y cuál es esa “mejor parte”? Martha estaba demasiado preocupada por dar y se olvidó por un momento del dador de todos los bienes. María, en cambio, estaba “ocupada” atendiendo al que es la Fuente de la Vida. María estaba aprendiendo a recibir. Martha solo estaba preocupada por dar. Y las cosas no funcionan de este modo en la pedagogía divina. Primero hay que acudir al que es la fuente de todo y recibirlo todo de Él, para luego poder tener algo que ofrecer a los demás. Y esta es “la mejor parte”. Así, si saber dar es importante, saber recibir es la fuente de donde emana todo lo generoso que podamos ser con nuestras vidas.
Así, pues, abre las manos al Señor, ábrele tu corazón, dispuesto(a) a recibirlo todo de Él: sus dones, su gracia, su ternura infinita, su misericordia, el don de la caridad a través de su Espíritu… Luego, tal vez, estés preparado(a) para convertirte en don para los demás, a través de las pequeñas y humildes cosas que haces por ellos…
Porque cuando yo le doy algo a alguien, cuando comparto mis bienes con un pobre, en verdad no le estoy haciendo un favor. No. Él es quien me está haciendo un favor a mí al darme la oportunidad de devolverle al Señor, por medio de esta persona necesitada, todos sus gestos de amor y de ternura. Cuando puedas hacer algo por alguien, di al Señor: “Gracias, Padre, por permitirme tocar la orla del manto sanador de tu Hijo, santo manto sanador de mi mezquindad, de mi pequeñez, de mi orgullo y egoismo”
Antes de concluir, permítanme compartir con ustedes un breve y emotivo relato poético de Rabindranath Tagore, tomado de su libro Ofrenda lírica (Obras completas,1965):
“Iba yo pidiendo, de puerta en puerta, por el camino de la aldea, cuando tu carro de oro se apareció a lo lejos como un sueño magnífico. Y yo me preguntaba, maravillado, quién sería el rey de Reyes.
Mis esperanzas volaron hasta el cielo, y pensé que mis días malos se habían acabado. Y me quedé aguardando limosnas espontáneas, tesoros derramados por el polvo.
La carroza se paró a mi lado. Me miraste y bajaste sonriendo. Sentí que la felicidad de mi vida había llegado al fin. Y de pronto me tendiste tu diestra diciéndome: “¿Puedes darme alguna cosa?”
¡Ah, qué ocurrencia la de tu realeza! ¡Pedirle a un mendigo! Yo estaba confundido y no sabía qué hacer. Luego saqué despacio de mi saco un granito de trigo, y te lo di.
Pero ¡qué sorpresa la mía cuando, al vaciar por la tarde mi saco en el suelo, encontré un granito de oro en la miseria del montón. ¡Qué amargamente lloré de no haber tenido el corazón para dárteme todo!”
Como si dijera: ¡Si hubiera sabido quién eras, no te habría dado cosas; habría puesto en tus manos mi corazón, mi alma, todas mis fuerzas, mi vida entera!
Concluyamos con una sabia sentencia del filósofo hispanorromano Lucio Anneo Séneca, muerto en Roma el año 65 d. C.: “La vida es como una leyenda: no importa que sea larga [o corta], sino que esté bien narrada”. Es decir, no importa cuánto vivamos, sino cómo lo hagamos. Y la mejor manera de hacerlo es siendo un don hermoso de Dios para los demás. Porque, es cierto, “hay más alegría en dar que en recibir”.
Oren, pues, conmigo: Dame, Padre, la alegría inmensa de dar y darme, y la humildad sublime de estar abierto siempre a tus gracias, y al amor y belleza de los demás. Permíteme ser un eterno y dichoso mendigo de tu amor y tu hermosura. Y un incansable repartidor de tu abundancia, de tus dones y tu ternuna. AMÉN.