Arquitectura
La arquitectura: ¿Sigue siendo una práctica artística?
La crítica arquitectónica, que alguna vez ayudó al público a navegar las transformaciones urbanas, poco a poco ha desaparecido.

MUSEO DE LA BIODIVERSIDAD –FRANK GEHRY – PANAMÁ – 2014
Hubo un tiempo en que la arquitectura se consideraba parte integral del debate cultural. Le Corbusier escribió manifiestos, Aldo Rossi y Vittorio Gregotti, publicaron ensayos teóricos, Giancarlo De Carlo discutió públicamente sobre la arquitectura participativa. Los arquitectos no se limitaron a diseñar edificios, sino que intervinieron en el debate público ofreciendo claves para entender la sociedad, el futuro de las ciudades y la relación espacio y poder. Fue un periodo en que la arquitectura no era solo construcción, sino visión, y los criterios de diseño tenían un papel crucial en la reflexión intelectual de la época.
La inquietante noticia que nos llega de los Estados Unidos sobre el hecho de no reconocer como carrera “profesional” la arquitectura en los programas universitarios americanos a partir del 1 de julio del 2026, es una prueba de la actual desclasificación de la profesión.
Esta información encuentra la firme oposición del Instituto Americano de Arquitectos (AIA) a cualquier propuesta o política que no reconozca a los arquitectos como profesionales. “El título de arquitecto se obtiene tras años de rigurosa formación, exhaustivos exámenes profesionales y un exigente proceso de obtención de licencias. Clasificar la arquitectura de otra manera resta valor a la experiencia, los estándares profesionales y la dedicación que definen la profesión”, declaró el Instituto Americano de Arquitectos.
Muchas son las causas de la actual marginación de la arquitectura. Los medios de comunicación, los periódicos hablan poco de arquitectura y, cuando lo hacen, casi siempre lo hacen de forma espectacular. La crítica arquitectónica, que alguna vez ayudó al público a navegar las transformaciones urbanas, poco a poco ha desaparecido. En consecuencia, cuanto menos se habla de arquitectura, menos se percibe como conocimiento accesible y menos interés puede tener el público en estos temas.
El problema radica en la pésima comunicación mediática que lleva a un consiguiente malentendido, no se comprende a los arquitectos y ni siquiera se comprende lo que hacen. El problema muchas veces está en la forma en que la arquitectura se cuenta. Cuando la arquitectura es publicada en las revistas del sector y viene interpretada y criticada por el gran público, el resultado percibido casi siempre es el de una caricatura. El arquitecto es un genio solitario e incomprendido, o un técnico frío y distante. La arquitectura se reduce a un ejercicio estético, formal, sin que se explique su complejidad social y política.
Si hoy la arquitectura ya no parece interesar, el problema no concierne solo a su comunicación, sino también y sobre todo a la forma en que la han practicado los arquitectos en las últimas décadas.
En 2017, Vittorio Gregotti (1927-2020) declaró: “La arquitectura hoy día, ya no parece interesar a nadie, al menos tal como yo la concibo”. Gregotti no se refería solo a una falta de atención por parte del público, sino a un cambio más profundo: la arquitectura se ha convertido en una disciplina fragmentada, a menudo dominada por la lógica del mercado, donde la forma está completamente separada del contenido.
En su último libro, “Il Mestiere di Architetto” (“La profesión de arquitecto”, editado por M. Gambaro, Edizioni Interlinea, 2019), Vittorio Gregotti enfrenta la crisis actual de la arquitectura.
Aquí algunas de las reflexiones contenidas en su libro:
La Arquitectura y la organización profesional del proyecto, en el siglo XXI, han cambiado radicalmente, convirtiéndose solo en una imagen comunicativa sorprendente (con concentraciones de torres altas y rascacielos a modo de unidades flotantes), sin ningún interés por los contextos urbanos y su historia como medida con la que comparar críticamente. Hoy en día, especialmente en proyectos grandes y complejos. Los estudios económicos, la flexibilidad funcional de las diferentes posibilidades del mercado, los sistemas estructurales y técnicos y el análisis de las normas de construcción se organizan por diseño y solo entonces se asignan a la capacidad de los arquitectos para construir imágenes del conjunto. Incluso las revistas han perdido su papel crítico y son reemplazadas por publicidad y comunicaciones intangibles expresadas en los éxitos de su aspecto formalista.
La originalidad hoy parece tener que medirse, aunque sea por poco tiempo, por la capacidad de la imagen para acceder como “novedad” a las comunicaciones del globalismo comercial. El modelo al centro del sistema urbano parece querer girarse, especialmente en las ciudades de civilizaciones en rápido progreso económico, con un duro conjunto de torres altas y rascacielos con forma extrañas en el intento de originalidad provisional de sus formas y su ensamblaje heterogéneo y deliberadamente distante respecto de la dialéctica de cada contexto antropogeográfico o urbano. Toda búsqueda de un fundamento para hacer arquitectura como práctica artística a partir de la especificidad de su historia, como ocurrió, a pesar de muchas diferencias ideológicas, en la segunda mitad del siglo XX, parece abandonada en los brazos de la unidad del mercado globalista y sus principios, como una estrategia nueva y única, importante (y aparente), único campo de principios, incluidos los políticos, frente a cualquier resolución que el propio globalismo pueda ofrecer. Todo debate sobre la arquitectura como práctica artística, sobre sus fundamentos, sus perspectivas y sus resultados, ha desaparecido de nuestros periódicos y semanarios, incluso las revistas especializadas parecen estar en total decadencia, Entre los profesionales sólo se difunden las informaciones destinadas a la promoción de materiales y procesos constructivos, a las dirigidas al mobiliario, accesorios e innovaciones decorativas estrafalarias de objetos innecesarios. Los programas de televisión se centran en los valores de ejemplos extravagantes, muchas veces mostrando las transformaciones de los centros urbanos, basados muchas veces en la densidad de las torres y rascacielos que compiten en altura y novedad formal.
Se trata ciertamente de un retrato del actual estado desastroso de nuestra disciplina y de su uso exhibicionista que ilustra la carrera globalista de los mercados y de las políticas económicas, pero también de la debilidad del debate hoy incierto y vago sobre los fundamentos alternativos de la arquitectura y sobre la incertidumbre de su enseñanza universitaria, sobre las difíciles condiciones de la profesión y de sus roles que aparecen cada vez más dirigidos a concebir imágenes provisionalmente originales y voluntariamente independientes de cualquier propuesta de fragmentos de verdad crítica sobre el estado de nuestras ciudades y sus necesidades colectivas. Todo esto nos presenta un cuadro poco feliz del estado de la arquitectura y de su poesía.
Entre las diferentes prácticas artísticas, también para la arquitectura, las teorías, las reflexiones críticas, las reglas, las excepciones y sus mutaciones de significado en el tiempo, deben también ser escogidas hoy como materiales concretos de la modificaciones creativas en el desarrollo del proyecto, y de la relación entre lo nuevo como sentido de otro necesario, la historia de la disciplina, la condición contextual y las alternativas necesarias frente a las contradicciones de cada presente.
La arquitectura nació, dice Gregotti, no solo para dar respuestas al vivir sino también para plantear preguntas y abrir la mente a nuevos posibles e inquietantes fragmentos de verdad ante la realidad empírica y sus cambios. Solo juntas, la idea de pasado y futuro, pueden constituir un fragmento de verdad del presente. Sin estos fundamentos parece muy difícil pensar en la supervivencia de la arquitectura como práctica artística.