Guardianes de la verdad Areíto
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En San Petersburgo, devastada por tres incendios acontecidos en menos de dos semanas, quedaba en el ánimo de la gente encontrar un culpable, que estaría a la cabeza de la agitación revolucionaria.

El día del último incendio se celebraba la festividad del Espíritu Santo y era día de grandes festejos en todo el país. El mercado del Apraxin Dvor estaba cerrado y no se encontraban allá sino los guardianes que protegían la propiedad.

Esta circunstancia llevó a formular la hipótesis, que fue la más favorecida, de que el incendio fue provocado. Esto fue corroborado por varias personas, que afirmaban que el fuego del mercado y el de los depósitos de madera cercanos, pero situados al otro lado del canal de agua que los separaba, empezaron a arder al mismo tiempo.

Kropotkin, sostiene ésta tesis: “Que el fuego había sido encendido por alguien, era indudable; pero, ¿por quién? A ésta pregunta aún no se ha contestado”.

Sin embargo, Mikhail Katkov, el editor de derecha en cuya revista -“El mensajero ruso”- se había publicado la novela de Turguéniev sobre los nihilistas, “Padres e hijos”; que profesaba un profundo odio personal hacía Herzen, y en particular a Bakunin, contra quien había tenido que batirse en duelo, al día siguiente del siniestro acusó a los polacos y a los radicales populistas de ser los autores, y esa opinión prevaleció en San Petersburgo como en Moscú.

Según argumenta Kropotkin en sus memorias, “era posible que la idea de dar fuego al mercado de Apraxin Dvor pudiese habérsele ocurrido a algunos partidarios de la revolución; pero ni las investigaciones más minuciosas, ni el recurso a la detención en masa de los sospechosos de colaborar con estos grupos, que empezaron a efectuarse inmediatamente después del suceso en toda Rusia y en Polonia, revelaron la más ligera indicación en tal sentido. Si algo se hubiera hallado, el elemento reaccionario habría sacado partido de ello. Muchas reminiscencias y volúmenes de correspondencia de aquella época se han publicado desde entonces; pero nada contienen que pueda servir a respaldar semejante sospecha.”

Las consecuencias políticas e históricas de los incendios de mayo de 1862 en San Petersburgo, fueron determinantes y produjeron un cambio de ruta en la historia del imperio ruso.

El zar Alejandro II, después de estos acontecimientos, alejó a los consejeros liberales que lo habían asesorado a abrirse hacía la sociedad ilustrada, y le proponían la realización de reformas políticas con miras a adoptar cierta forma de constitucionalismo que habrían permitido escuchar la voz y el sentir de la inteligentsia en asuntos cruciales para el desarrollo de la sociedad. Desde entonces, hablar de nuevas reformas se hizo inconveniente, y en la Corte se inicia el predominio del elemento reaccionario.

También, el crispado clima político produciría el cierre de dos revistas: “El contemporáneo –Sovrémennik-”, y “La palabra rusa -Ruskoie Slovo”. Al año siguiente, el acontecimiento que provocaría el retorno pleno de la represión política sería la rebelión de los polacos, quienes buscaban restablecer su independencia nacional.

En ese momento inadecuado, una pequeña indiscreción cometida en un artículo publicado por la revista “El tiempo –Vremia-”, de los hermanos Dostoievski, produjo su cierre. Igualmente, serían prohibidas las escuelas dominicales donde, en los días festivos, la inteligentsia liberal alfabetizaba al pueblo llano; comienzan otra ola de arrestos en gran escala y en la capital se impone el estado de sitio.

En base a falsos testimonios y a la presentación en el Senado, que fungía como corte de justicia, de documentos manipulados, el 17 de febrero de 1864, se condena a 14 años de trabajos forzados en Siberia y a la deportación de por vida en a quella comarca, como cabecilla de los grupos radicales que promueven la revolución a Nikolai Chernishevski, editor de “El contemporáneo”.Durante el proceso Chernishevski se defendió con energía y dignidad. No renegó de sus ideas, que apenas se examinaron. El acusado apeló, en su defensa, a todos los argumentos jurídicos puestos a su disposición por las leyes vigentes.

Como se lee en la sentencia, fue condenado por algo irrelevante, por formar parte del grupo directivo de la revista «Sovremennik»: «En la revista se exponían, sobre todo, ideas socialistas y materialistas, tendentes a la negación de la religión, de la moral y la ley, hasta el punto que el gobierno había creído necesario cerrarla. Simultáneamente se descubrieron circunstancias que hicieron comprender que Chernishevski desarrollaba una actividad perjudicial para el propio gobierno».

Mientras se mantuvo en prisión a la espera de juicio, Chernishevski pensó y escribió mucho. Tradujo al ruso las obras de Jean-Jacques Rousseau y compuso una novela y varios cuentos. Su justificación para explicar el giro que daba hacia la literatura era que: «Una novela está destinada a la gran masa del público, y es la actividad más seria y propia de ancianos plenos de experiencia, entre las ocupaciones de un escritor. La ligereza de la forma viene redimida por la solidez de los pensamientos que a través de esta se infunden en las masas».

La novela de Chernishevski, «¿Qué hacer?», tuvo gran influencia histórica y fue asumida como código de conducta y de vida por varias generaciones de populistas y revolucionarios, entre los que destacaba Lenin, el creador del Estado soviético.

En síntesis

Culparon a los revolucionarios
Varias personas corroboraron la hipótesis de que los incendios estallaron simultáneamente y los atribuyeron a agitadores revolucionarios y a los polacos y los radicales populistas de Rusia. En medio de un crispado clima político se produjeron actos de intolerancia como el cierre de dos revistas en la antesala de un retorno de la represión.

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