Literatura
De lo cotidiano a lo trascendente: nunca fue bueno tanto olvido, de Daniel Beltré
Daniel Beltré López publicó en 2020 el poemario No es un soplo la vida, con el que obtuvo el Premio Nacional de Poesía de ese año. El veredicto del jurado destacó en la obra un sostenido lirismo e imágenes frescas.

El doctor Daniel Beltrè junto a la portada de su libro.
El domingo 11 de enero fue presentado ante un gran público, en la Biblioteca Nacional, el libro “Nunca fue bueno tanto olvido”. Es un poemario de Daniel Beltré López, grueso de volumen (197 páginas) y suculento de contenido: poemas concebidos a partir de realidades vividas por el autor y compuestos con exquisito lenguaje poético. En esta obra, los recuerdos se imponen al olvido para convertirse en materia prima de excelentes poemas emanados de la cotidianidad del “trozo de barrio” con el que Beltré sostiene relaciones entrañables. Las ilusiones y recuerdos infantiles que bien pudo su autor verter en una novela, ha preferido expresarlos en versos extraídos de sus “cuadernos repletos de sueños”. El poeta es persistente en restablecer los recuerdos, por eso afirma que “El olvido es el reverso de la memoria”.
Daniel Beltré López publicó en 2020 el poemario No es un soplo la vida, con el que obtuvo el Premio Nacional de Poesía de ese año. El veredicto del jurado destacó en la obra un sostenido lirismo e imágenes frescas. Es que Beltré escribe la poesía de hoy sin renunciar a los valores estéticos de la mejor tradición poética. Sabe adicionar a lo dulce y simple de su entorno lo aprendido de los mejores poetas de otros tiempos y otras geografías para plasmar estéticamente los asuntos más trascendentes relativos al ser humano.
Los poemas del nuevo libro representan la multiplicación de los gritos contra la infamia, contra los atropellos, contra la herida afrentosa, contra el sufrimiento inmerecido y el exterminio. El poeta no deja de tildar el olvido como pecado, sin ignorar el beso como fuerza sanadora:
“Si fuera necesario mover el mundo nos bastaría un beso”.
Unas veces, este creador asume el tono coloquial y simple, propio de muchacho formado en escuela barrial, otras veces su voz se yergue para mover los cimientos de los poderes absolutos cuyos líderes y monarcas hirieron el pequeño pueblo enclavado en la Española y reiteraron su ensañamiento y sus ultrajes contra República Dominicana. Por eso, incita al lector a gritar contra la alianza de cruz de los colonizadores.
“…vengo para que tú y yo declaremos que nada impedirá el grito acusador”, (p.92).
Daniel Beltré fabrica una estupenda aleación con la grandeza de lo sencillo sustentada en poemas como “Las maravillas de los niños” y otros que representan reacciones frente a un orden de cosas no soportables, como el poema dedicado al dizque demócrata L. B. Johnson.
Stonewall no lo sabe:
un pequeño pueblo enclavado en la Hispaniola
se resistió a la masacre aerotransportada,
se hizo de himnos y petardos,
de muchachos sin más armaduras que sus pechos,
que despedazaron a mordidas
las trampas belicistas del imperio,
se hicieron del trabuco de febrero,
dando lecciones de puntería perfecta a cazadores furtivos
venidos a quebrar vísceras nativas. (pág. 98)
Se precisa estar bien dotado de una visión amplia de la vida, de la cultura, de las etapas de la historia de la humanidad además de un refinado gusto por el arte poética para componer textos como los contenidos en este libro.
En este volumen como en el primero que publicó, Beltré demuestra que no ha tenido prisa en publicar lo que escribe, prefiere someter el texto a un proceso de maduración. Y he aquí el resultado, un nutrido ramillete de poemas de incuestionable hondura y trascendencia y que enaltecen la producción poética dominicana.
Daniel Beltré adiciona a las experiencias cosechadas en su entorno infantil, lo aprendido mediante el estudio de la lengua española y el pulimento del poema con la debida meticulosidad. El barrio capitaleño de Villa Duarte adquiere en estas composiciones dimensión universal. Precisamente, predominan en la obra la universalidad y una perspectiva amplia de la vida, de la cultura, como de las etapas de la historia de la humanidad. Cito el poema “Las maravillas de los niños”:
Aliados de la luna y los colores,
del amor y las palomas,
eternizando el tiempo entre las manos
transitan como duendes corazones,
desafiando los conceptos encerrados las palabras tuyo, mío… (pág. 56).
En este libro, el recuerdo se impone al olvido, y no solo Mélida, hermana del dictador y de vida licenciosa es tomada como personaje de aquel mundo mítico que, de acuerdo con la visión de Beltré, ha sido Villa Duarte. También son salvados del olvido Kika, doña Ozema, Lele, don Pedro, el señor Modesto, don Ventura, Modestica, el remero, el coquero, los humildes, los del montón salido, a quienes cantaba el poeta Federico Bermúdez. También el cementerio:
Un cementerio muere de olvido sin que nadie defienda
túmulos ni epitafios,
ni siquiera aquél que rezaba:
“Soy el último de una familia que adoró las mariposas” (pág. 28)
Hay grito, hay dolor, hay juicio a la ignominia y al abuso. Sin embargo, estos poemas no huelen a pólvora ni destilan sangre, más bien multiplican gritos contra el oprobio, contra los atropellos imperiales, contra el plomo infame, contra los gestores del sufrimiento inmerecido y contra el exterminio y el despotismo. Unos textos brotan con tono coloquial, repletos de ternura, mientras en otros la voz del poeta se yergue con capacidad para sacudir los cimientos imperiales, cuyos líderes y monarcas hirieron el pequeño pueblo enclavado en la Española: “…vengo para que tú y yo declaremos que nada impedirá el grito acusador”.
En Nunca fue bueno tanto olvido, Daniel Beltré López fabrica una estupenda aleación con la grandeza de lo sencillo sustentada en poemas como “Las maravillas de los niños” y otros textos que representan reacciones frente a un orden de cosas no soportables, como el poema dedicado al “demócrata” L. B. Johnson. Se precisa de una visión amplia de la vida, de la cultura, de la historia humana y además de un refinado gusto por el arte poética para componer textos como los incluidos en este poemario.
Por si fuera necesario extractar el contenido en un verso, diría: “El olvido es el reverso de la memoria”.