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Cuando los invasores estadounidenses sacaron a Wessin del país a la fuerza

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Pr: Alexis Almonte

No bien asomaba el sol por el oriente cuando tropas invasoras empezaban a desplazarse e instalarse con pesados armamentos de artillería blindada sobre un largo trecho de la Carretera Mella.

Sendos tanques de guerra asomaban sus fauces a cada lado de la esquina de la Carretera Mella con Guayubín Olivo, donde ahora queda el sector El Brisal, en el municipio Santo Domingo Este.

Casi al fondo de la calle Guayubín Olivo, en dirección al Cachón de la Rubia, estaba la residencia del General Elías Wessin y Wessin, director del poderoso Centro de Enseñanza de las Fuerzas Armadas o el CEFA, como era conocido entonces.

Nadie sabía y ni siquiera sospechaba que éste era el objetivo de todo aquel aparataje de aquella mañana aciaga.

El punto básico de la receta norteamericana como solución al conflicto bélico iniciado meses antes, en abril de 1965, era la salida forzosa del país de los caudillos militares en pugna. Wessin era uno de ellos.
Seis días antes de aquel tumultuoso jueves 11 de septiembre, empezaba a fructificar la agenda estadounidense.

En cumplimiento de su compromiso estampado en el Acta de Reconciliación y el Acto Institucional patrocinado por la administración Johnson, vía Organización de Estados Americanos (OEA), el coronel Francisco Alberto Caamaño había dicho adiós a las armas y renunciado a su condición de líder rebelde ante una multitud congregada en el entorno de la Fortaleza Ozama.

Al atardecer de ese mismo día, 4 de septiembre de 1965, el doctor Héctor García Godoy asumía el mandato del Gobierno Provisional llamado a preparar el terreno de la normalización con las elecciones pautadas para el 1 de julio de 1966.

La resistencia de Wessin a salir del país era para los norteamericanos como un nudo gordiano que debían desatar cuanto antes y al costo que fuera.

Y allí estaban sus tropas en medio de la alarma de transeúntes y moradores contiguos a la vivienda del jefe del CEFA en un clima de tensión que se ensombrecía aún más con el correr de la mañana.

A media mañana era ensordecedor el rugido de los helicópteros militares surcando el cielo y moviéndose a vuelos rasantes sobre la residencia del general Wessin.

Al filo del mediodía la decisión de las tropas extranjeras ya era clara y determinante: sacar el jefe del CEFA como diera lugar.

Hasta su residencia llegaron los generales Bruce Palmer, estadounidense, y el brasileño Hugo Panasco Alvín, comandante de la Fuerza Interamericana de Paz que mancillaba la soberanía dominicana.

En un diálogo altisonante, por el ruido de la aviación extranjera, Panasco Alvín le propuso al jerarca militar aceptar la designación del recién instalado presidente García Godoy como cónsul general en Miami.
Wessin la rechazó visiblemente molesto con la argumentación de que “no puedo aceptar un cargo de un gobierno que se vale de tropas extranjeras para sacarme de mi propio país”.

Según narraría años más tarde a este reportero “el hombre fuerte de San Isidro”, como entonces le llamaban, los generales invasores le planteaban entonces que “desgraciadamente, cuando la política se mete en los cuarteles empiezan siempre los problemas”.

Ante su empecinada resistencia a abandonar el país, el general Palmer fue categórico “tienes que irse, lo mismo que Caamaño y todos los otros, para nosotros también irnos” (se refería a las tropas interventoras).

Es ahí cuando lo sacan a la fuerza de su casa hacia la Academia Militar Batalla de las Carreras, de donde seguirían hasta la Base Aérea de San Isidro, abordar un avión y salir del país.

Me narraba el general Wessin que a la entrada de la Academia notó que todo aquello estaba herméticamente rodeado por el Ejército americano.

Aseguraba haberse reencontrado con un tropa leal y dispuesta a lo que fuera con tal de defender su dignidad y su honor, presta a resistir incluso su arresto y el empeño de sacarlo del país.

“ Noté su firme disposición de morir allí mismo si fuera necesario, pero las condiciones para el combate eran desiguales y los norteamericanos estaban dispuestos a actuar contra un campamento de soldados indefensos prácticamente, porque si bien es cierto que teníamos armas, el potencial de ellos era enormemente mayor frente a lo nuestro”, recordaba el jefe del CEFA.

Aún en medio de su indignación, Wessin tuvo que emplearse a fondo para persuadir a una tropa levantisca y dispuesta incluso al sacrificio en defensa de su comandante.

“Me fui a mi oficina, hablé con los oficiales y les dije: ya aquí hay un gobierno instalado. Ya la guerra civil terminó y nosotros cumplimos con nuestro deber. Si yo ordeno una resistencia y me niego a salir del país, la obra que hemos hecho la vamos a dañar, porque nos van a matar aquí a todos. ¡Estamos indefensos aquí ante esta gente! Así que yo me voy y espero que ustedes se comporten”, recordaba aquella experiencia.

Sostenía el legendario militar que “Había muchos soldados llorando de la impotencia y hubo, incluso, un oficial que emplazó un cañón de 120 milímetros listo para disparar, que hasta hubo que agarrarlo y calmarlo”.

Sospechosas señales

Para el general Wessin, algo en extremo sospechoso fue el comportamiento de poco amigos, a posteriori, de los invasores que lo trasladaron desde la base Aérea de San Isidro hasta el Canal de Panamá.

“Al llegar a Panamá, le entregué mi pistola a un oficial americano y le dije: soy prisionero de guerra, tome mi arma”.

Le causó extrañeza el hecho de que no le recibieran su arma de reglamento.

“No la cogieron, digo yo que me la dejaron, porque después cuando me llevaron a una habitación de la Zona del Canal me pusieron un litro de wisky. Entonces les dije: yo no tomo, pueden llevarse ese wisky”, agregaba.

“ Entonces, me doy cuenta de la treta, y me pregunto si no sería para que me tomara un par de tragos y después me diera un tiro con mi propia arme y me matara…” concluía su relato el general Elías Wessin y Wessin.

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