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El legado de Gabriel García Márquez -Cien años de soledad-

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Parte 4/4

Un punto muy interesante y muy propio de García Márquez es que se vale de su escritura para analizar y criticar las dinámicas del poder, las injusticias y las desigualdades que emergen de las conexiones sociales: visión crítica y consciente del mundo que permea toda su obra. No juzga, como autor no administra justicia, sino que expone los sucesos para que sea el lector el que con lo presentado tome partido como coautor de la obra. Advirtamos lo expresado por el general José Moncada (sentenciado a muerte) al Coronel Aureliano Buendía. Estas frases nos ayudan a entender cómo la política, la guerra y el poder tienden a corromper el alma humana:

Pero lo que me preocupa no es que me fusiles porque al fin y al cabo para la gente como nosotros esto es la muerte natural. Lo que me preocupa —agregó— es que de tanto odiar a los militares, de tanto combatirlos, de tanto pensar en ellos, has terminado por ser igual a ellos. Y no hay un ideal en la vida que merezca tanta abyección. […] A este paso —concluyó— no sólo serás el dictador más despótico y sanguinario de nuestra historia, sino que fusilarás a mi comadre Úrsula tratando de apaciguar tu conciencia” (p.187).

Puede leer: El legado de Gabriel García Márquez (Cien años de soledad)

La práctica de la atención plena y la observación detallada ante estímulos relevantes junto a la aplicación del conocimiento proveniente de las experiencias conscientes lleva a una percepción más profunda del entorno: nos parece que esa capacidad innata es el secreto que le permite a Gabriel García Márquez expresar su genialidad de la manera en que lo hace en su literatura. Retrocedamos en el tiempo hasta el año 1976, cuando el periodista Germán Castro tuvo el privilegio de entrevistar al genio literario en el programa “Horizontes Humanos”. Entre las anécdotas que contó el autor, resplandece una en particular: el relato de un viaje que para él fue crucial. Corría el año 1943 cuando García Márquez se embarcó en una odisea que marcaría su destino. Su padre le aseguró un pasaje en un barco que surcaba el río Magdalena. El viaje, que duró diez días, iba de Barranquilla a Bogotá, donde le esperaba el examen para optar a una beca de estudios

Al terminar la travesía por el río se tomaba un tren. García Márquez relata que el tren, al entrar en la zona montañosa, parecía agarrarse con las uñas toda la mañana, y ya por la tarde, se adentraba en la sabana. Acota que fue una verdadera maravilla que, al entrar a la sabana, aquel trencito al que le costaba trabajo subir la montaña, de repente corría como un caballito. El tren se detenía en lugares donde vendían gallinas y papas amarillas, y hacía frío. Señala que para alguien proveniente de la costa la sensación de frío era inconcebible y le costaba trabajo respirar. Jamás había visto las montañas. Nunca en su vida había observado nada que tuviera a más de tres metros por encima del nivel del mar. Puntualizó esta experiencia como una verdadera maravilla. Llegó solo a la estación de la sabana, lugar que quedó en su recuerdo como uno de los más extraordinarios del mundo, allá en Bogotá.

Obsérvese cómo el autor utiliza la prosopopeya: el tren «se agarraba con las uñas», “corría como un caballito”. Era un niño de trece años, sí, pero su sensibilidad trascendía con creces su corta edad. En medio de las trivialidades de la vida cotidiana, él enfocaba su atención en lo esencial, viviendo cada momento con una intensidad abrumadora. Así, el joven García Márquez, abrazado por la emoción de su primer viaje en tren y la visión inaugural de las montañas, quedó cautivado, grabando en su alma un recuerdo imborrable. Y en esa maravilla cotidiana, en ese vínculo con lo más profundo del ser, encontró el secreto de su magia literaria.

En otras entrevistas realizadas por sus amigos y colaboradores, el novelista era conocido por su elevada empatía, su temperamento efervescente y su sensibilidad emocional. Estas cualidades lo hacían especialmente capaz de captar las sutilezas del comportamiento humano y del entorno. Esta percepción más intuitiva y profunda de las interacciones y los eventos se veía enriquecida por las prácticas espirituales heredadas de sus ancestros y de las regiones de Latinoamérica, así como por una profunda conexión con la naturaleza, lo que le permitió alcanzar una mayor conciencia y apreciación del mundo natural y de la vida en el campo, los pueblos y la dignidad de su gente. Veamos algunas de las frases de José Arcadio Buendía:

—En este pueblo no mandamos con papeles —dijo sin perder la calma— Y para que lo sepa de una vez, no necesitamos ningún corregidor porque aquí no hay nada que corregir […]. <> (García-Márquez, 70).

En Cien años de soledad, aquellos que se enamoran enfrentan una serie de desafíos y dificultades, caracterizados por la tragedia y la desilusión, experimentan un destino sombrío, donde las relaciones están marcadas por el desamor, la infidelidad, la muerte prematura o el aislamiento emocional. Las historias de amor atormentado están marcadas por la pérdida, la soledad y la incapacidad de encontrar la felicidad duradera. Esta visión pesimista del amor refleja el tema central de la novela, que es la soledad y la imposibilidad de escapar de un destino trágico que afecta a la familia Buendía y a la comunidad de Macondo. Incluso el elegante italiano Pietro Crespi que fue enviado a llevar la pianola a la casa Buendía, sufrió los efectos de la tragedia tras enamorarse de dos de las jóvenes Buendía, primero de Rebeca y luego de Amaranta sin que le correspondieran. Y fue así como…

Pasaba el día en la trastienda, escribiendo esquelas desatinadas, que hacía llegar a Amaranta con membranas de pétalos y mariposas disecadas, y que ella devolvía sin abrir. Se encerraba horas y horas a tocar la cítara. Una noche cantó. Macondo despertó en una especie de estupor, angelizado por una cítara que no merecía ser de este mundo y una voz como no podía concebirse que hubiera otra en la tierra con tanto amor. Pietro Crespi vio entonces la luz en todas las ventanas del pueblo menos en la de Amaranta. El dos de noviembre, día de todos los muertos, su hermano abrió el almacén y encontró todas las lámparas encendidas y todas las cajas musicales destapadas y todos los relojes trabados en una hora interminable, y en medio de aquel concierto disparatado encontró a Pietro Crespi en el escritorio de la trastienda, con las muñecas cortadas a navaja y las dos manos metidas en una palangana de benjuí (García-Márquez, p. 132).

No se dio cuenta de que como diría Richard Kearney sobre Nietzsche (1991, p. 213): “sólo al aceptar la oscuridad como nuestro destino ineluctable podemos comenzar a existir auténticamente”.

Este legado que nos ha dejado Gabriel García Márquez, a través de esta obra monumental, ha contribuido significativamente al enriquecimiento del diálogo cultural entre Latinoamérica y el resto del mundo. Estas historias y experiencias que en su unidad y coherencia trascienden las fronteras culturales, son compartidas y comprendidas gracias a la profundidad de los personajes, permitiendo que lectores de todos los continentes se identifiquen con las vidas de la familia Buendía porque la mente humana necesita figuras metafóricas y míticas para mediar entre los bosques del devenir y el ser, y así elevarnos de nuestra experiencia sensorial inferior a la contemplación de la verdad aun tratándose de un destino trágico. «Cien años de soledad» emerge como una memoria histórica, un mito y una encarnación de la cultura de una época y un lugar específico en el mundo latinoamericano.

Nota:
Del libro: “Una mirada de escritores dominicanos”/ Homenaje a García Márquez. Idea y coordinación: Verónica Sención Obra pictórica: José Cestero Colección Banreservas

Sobre el autor

OFELIA BERRIDO

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