Gana Premio BRÍO 2025 en artes visuales del Bronx, Nueva York

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Un puente entre la memoria y la resiliencia llevada al Bronx
El arte, a menudo, nace del exilio. De esa memoria que se lleva como un equipaje invisible y se moldea con la nostalgia de un hogar lejano. El 13 de junio, esa misma memoria fue galardonada en el Bronx, un distrito que ha sido refugio de innumerables historias.
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El artista y escritor dominicano Juan Butten recibió el Premio BRÍO 2025, en Artes Visuales, por su exposición «La Balsa». Más que un simple reconocimiento, este premio celebra una trayectoria y una vida tejida entre dos mundos. El artista no solo esculpe o pinta; él crea narrativas que navegan entre lo visual y lo performático. Su obra ha encontrado un hogar en museos y galerías, desde el Punto Urban Art Museum en Massachusetts hasta el Centro Cultural de España en Santo Domingo, construyendo un puente inquebrantable entre la diáspora y la tierra natal.
Al recibir su galardón, Butten no lo aceptó solo para sí mismo. Con voz resonante, lo dedicó «en nombre de todos los que migramos, resistimos y creamos desde la memoria y las raíces».
La poesía de lo cotidiano
La exposición «La Balsa» presenta una serie de maquetas meticulosas, construidas con materiales reciclados y desgastados, que transforman la arquitectura popular en un monumento a la supervivencia. Butten eleva lo que otros desechan, dándole un nuevo significado a cada trozo de metal oxidado o madera recuperada.
«Colmado Panchín»: La isla suspendida
Esta obra es una representación cruda y honesta de un rincón de barrio. El «Colmado Panchín» se alza con una autenticidad palpable, desde los postes eléctricos precarios y cables enredados hasta los letreros que anuncian la «Ferretería Tropical» o productos locales como «Bubble Bubble».
El contraste más poderoso se encuentra en su base: la estructura se asienta sobre un peñasco, como una «isla suspendida». Este detalle, lejos de ser decorativo, es una metáfora visual de la fragilidad y la inquebrantable resistencia de estas comunidades, construidas en terrenos inestables, pero con una fuerza inquebrantable.
«El Tinaco»: Un depósito de vida
A primera vista, un tinaco es solo un tanque de agua. En la obra de Butten, se convierte en un símbolo profundo de ingenio y perseverancia. Su presencia en un tejado representa la victoria cotidiana sobre problemas sistémicos como la falta de servicios públicos fiables. Es una señal de estabilidad, un gesto de una familia que lucha por un hogar seguro. En esta maqueta, el tinaco no solo contiene agua, sino también las memorias y la fe que mantienen a la comunidad a flote.
La obra no es una imagen estática; es un receptáculo de historias. Los rótulos de los negocios, como «Col. MUÑA» y «El Ranchito Dominicano», evocan la vida social y económica de la comunidad. Los grafitis, aunque ilegibles, sugieren una historia de personas que han dejado su marca en el espacio. Esta esquina se convierte en un escenario donde se entrelazan múltiples narrativas, desde la lucha diaria por sobrevivir hasta la creación de una identidad comunitaria.
«La Banca»: Una arquitectura de esperanza y azar
«La Banca» captura la estética de un barrio donde el azar se convierte en moneda de cambio. Utilizando materiales reciclados, Butten crea un micromundo lleno de vida y detalles, desde el letrero de «Paganos Hoy» hasta el nombre «Tito». El contraste de colores vibrantes como el azul y el amarillo, deslavados por el sol, se superpone a los tonos más oscuros y oxidados del entorno. Esta dualidad refleja la esencia de la vida en el barrio: el color de la esperanza y la dureza de la realidad coexisten en el mismo espacio.
Los grafitis: Una voz colectiva
Butten eleva el grafiti a la categoría de arte de museo. En sus obras, los grafitis no son simples garabatos, sino una voz para aquellos que no la tienen. Al ser una expresión pública y anónima, permiten a los artistas marcar su territorio y afirmar su identidad. La superposición de diferentes grafitis en la misma superficie evoca una conversación visual, un diálogo entre distintas personas que dejan su huella.
Montacargas, entre funcionalidad y ruina
Esta pieza, parte de la exposición «La Balsa» de Juan Butten, ofrece una visión artística y evocadora. A primera vista, se presenta como una escena de un entorno de construcción o industrial en miniatura. Sin embargo, al evaluarla desde una perspectiva artística, se aprecian múltiples significados.
El uso del diorama como medio es fundamental. A través de este formato, Butten crea un mundo en miniatura que invita al espectador a una inspección más cercana y detallada. Los elementos, como el montacargas oxidado, la paleta de madera deteriorada, los bloques de hormigón rotos y el neumático gastado, no son solo objetos; son artefactos que cuentan una historia de uso y abandono.
La estética del óxido y la desintegración es uno de los puntos más fuertes de la obra. El artista no solo representa estos elementos, sino que los celebra. El óxido en el montacargas, con sus tonos rojizos y anaranjados, contrasta con el amarillo brillante, sugiriendo una lucha entre la funcionalidad original y el estado de ruina. Esta dicotomía puede interpretarse como una reflexión sobre el ciclo de la vida de los objetos, su obsolescencia programada y cómo, incluso en el abandono, pueden adquirir una nueva forma de belleza.
Una diversidad artística de la resiliencia
La obra de Juan Butten va más allá de la representación; es una cartografía de la resiliencia humana. A través de la minuciosidad de sus maquetas, construidas con materiales que el mar devuelve a la orilla, el artista transforma la fragilidad de la vida cotidiana en algo monumental.
Cada colmado, cada banca de apuestas y cada tinaco se convierten en un símbolo de la lucha, la memoria y la esperanza que define la experiencia migratoria. Su arte nos recuerda que la verdadera riqueza reside en el espíritu inquebrantable de una comunidad que transforma el desecho en belleza y la incertidumbre en un hogar.