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Literatura

La luna no era de queso, las memorias de José Luis González

En su conformación familiar, encontramos muchas aristas que ligan a José Luis a la familia de Pedro y Max Henríquez Ureña. A las actividades literarias y al ejemplo del joven Pedro en la familia.

José Luis González

José Luis González

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La memoria es un género literario poco cultivado en la actualidad. Aunque es uno de los más interesantes. Junto a la crónica y la historia supera a la novela en la reconfiguración literaria de la realidad. En su caso, el pasado de un sujeto que describe los actos más significativos de su vida. Como obra narrativa, presenta la virtualidad de una época y describe, sin los fines de la historia, las pretensiones de la crónica, el momento en que la memoria fija el pasado. El resultado es un material en bruto, pero editado ante los ojos de los lectores. Como biografía de una vida, lleva el tiempo vivido y permite al lector acercarse a acontecimientos lejanos, y adentrarse en la espesura de una época, de un tiempo y de la intrahistoria.

Al estudiar la autobiografía, Philippe Lejeune (“Le pacte autobiographique”, 1975) postula su carácter de autodiégesis y el pacto autobiográfico como “identité du narrateur et du personnage” en el que el lector entiende que los hechos narrados corresponden a la verdad. Un verismo literario que no se pretende descubrir, porque la autobiografía tiene el encanto de la crónica, de la historia y de la novela. Todo a la vez. Y de esta forma releo “La luna no era de queso: memorias de infancia” (1988), del escritor puertorriqueño nacido en Santo Domingo, José Luis González.

Cierto que estas no son las memorias de un escritor cualquiera. Yo las veo como las de un ensayista que presenta sus recuerdos, a la vez que va tejiendo en el discurso una serie de ideas que permiten leer mejor su obra narrativa y ensayística. Llama a la atención los primeros capítulos dedicados al origen de su familia dominicana, por parte de madre y la puertorriqueña, por parte de su padre. Se puede colegir que venía de una familia de intelectuales hostosianos, de liberales que habían sido importantes en el Santo Domingo de los últimos sesenta años, antes de su nacimiento. Los Coiscou, franceses que pasaron por Haití, y los Henríquez y Carvajal de sonadas actuaciones en el escenario educativo, político y cultural dominicano. Su madre es presentada como poetisa. Tocaba el piano y era hija de un médico, el doctor Coiscou Carvajal; mientras que, por parte de su padre descendía de canarios llegados al Caribe. De profesión comerciante. Y su abuela materna, era una mujer que se encontraba ya en 1930 viviendo en Nueva York.

En su conformación familiar, encontramos muchas aristas que ligan a José Luis a la familia de Pedro y Max Henríquez Ureña. A las actividades literarias y al ejemplo del joven Pedro en la familia. Siendo esta figura un referente del joven dominico-puertorriqueño. Sin embargo, González, quien llegó a Puerto Rico a los cuatro años, prefirió adoptar la ciudadanía cultural puertorriqueña. Lo que constituye un elemento muy importante en su vida.

De la República Dominicana dice mucho. Y es interesante su testimonio sobre el Ciclón de San Zenón y las acciones de su abuelo para auxiliar la población capitalista. Y más que eso, las relaciones políticas antes de la llegada de Trujillo al poder. Se nota aquí la realidad de la coyuntura de 1930. Una clase social había sido reemplazada por el coronel Trujillo y otras maneras de manejar el Estado se entronaron en la República. Sabemos que ya para el gobierno de Ramón Cáceres (1906-1911) se vislumbraba ese cambio; que Américo Lugo lo vio y lo describió como un problema ético-moral. Sin embargo, la sociedad patriarcal, esa que le dio bola negra a Trujillo para que no pudiera entrar a un club social, había venido a menos. Ya los treinta presentaban el perfil de una sociedad dominicana distinta. Y en ello debía coadyuvar la nueva realidad derivada de la intervención estadounidense (1916-1924). Y también la organización del Estado como fuerza que impone su sintaxis en las manos de Trujillo.

El relato de memoria presenta la idea de que la clase desplazada en su equivocada creencia de que Trujillo no duraría mucho en el poder. Sin embargo, como sabemos, ese era un discurso de deseo que no tardarían mucho en reconocer. La llegada del niño González Coiscou y su familia a Puerto Rico, marcaba la distancia de su padre frente a Trujillo, por razones comerciales y de carácter ético. A José Luis le gustaba el país, su himno nacional, su mundo entre los abuelos dominicanos, la villa de llevaba el nombre de su madre en la Avenida Independencia. Los Henríquez habían participado en la lotificación de la ciudad extramuros. Y la clase social media había dejado el casco de la vieja ciudad debido a la falta de salubridad y a la ruindad en que se encontraban los edificios coloniales.

La familia se estableció en Santurce, cerca de Los Altos del Cabro. Desde ese espacio encuentra en su memoria a la raza negra puertorriqueña que era muy numerosa y, aunque la situación económica era precaria para todos, los negros eran los más pobres e invisibilizados. Esto llama mucho la atención porque González es uno de los pocos escritores que no reproduce la narrativa cultural que coloca en el centro del desarrollo de Puerto Rico a la población blanca de la tierra, y al jíbaro como centro de la identidad (Pedreira, 1934). Para González Puerto Rico es el país que debe buscar su identidad negra.

Desde niño adopta la manera de hablar puertorriqueña y asume su acento. Nota la forma de hablar del puertorriqueño negro y lo analiza socialmente. Desde el principio, muestra como los negros de Puerto Rico tenían una mirada distinta al proceso de 1898: la presencia de los estadounidenses. Postula, como lo hace en “La llegada” que, para los negros, ese espacio de la historia y de la vida política no podía verse como un trauma. Sino como la liberación del pueblo frente al colonialismo español. Para José Luis, la clase dirigente era una clase oportunista que podrían estar en el lado de la independencia, pero que sus intereses lo hacían mirar con el mismo encanto ser colonia de España o de Estados Unidos.

Para José Luis González la población negra había sido el primer piso que se le montó a la sociedad puertorriqueña. Esos negros habían iniciado el proceso de pertenecer aquí. Y esto me parece importante, porque los negros no tenían ni Madre ni Patria lejana. Esos estaban clavados aquí. Marginados como estaban, no tenían la presión social, ni la alienación de una clase que, para José Luis, era nostálgica del pasado colonial español. Valga decir en este punto, que el proceso autonomista que se inició con la Asamblea de Ponce en 1887, y que fue reprimido duramente por las autoridades española, logró al pasar pocos años que España le diera a Puerto Rico la autonomía, por lo que la clase impulsora veía en ella el arreglo de quedar como provincia de España y tener las libertades económicas que había demandado desde hacía unas tres décadas, con Grito de Lares en 1868.

Los obreros negros tenían su partido. La conversación que tiene José Luis, el niño con el obrero santurcino era la demostración de que esa clase social, fuera de los discursos patriarcales, había arrimado sus brazos hacia un partido político que no se veía como heredero de las relaciones con España, sino que veían el nuevo origen establecido como un espacio de lucha por sus derechos sindicales. En otras palabras, se sentían dueños de una pequeña parte de su historia política (continuará).

Sobre el autor

MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN

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