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Capsula de genealogia

Personajes de Juan Antonio Alix: Eduardo Ignacio, compañero de infortunio de Lilís

Eduardo Ignacio quedó esbozado de manera innombrada en textos señeros del paisaje cultural e histórico dominicano como lo son La sangre

Plazoleta 26 de Julio, en Moca.

Plazoleta 26 de Julio, en Moca.

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El universo creativo de Juan Antonio Alix está provisto de cientos de personajes vinculados estrechamente a estampas de la dominicanidad entre los períodos de la Restauración y la primera ocupación norteamericana. Desde héroes de nuestras gestas nacionales, gobernantes, marchantes y prostitutas hasta un elefante, pocos resultan tan singulares como Eduardo Ignacio, un humilde anciano recordado más por la forma en que murió que por su propia existencia.

Testigo y víctima colateral del magnicidio del presidente Ulises Heureaux, Eduardo Ignacio quedó esbozado de manera innombrada en textos señeros del paisaje cultural e histórico dominicano como lo son La sangre, de Tulio Manuel Cestero; La viña de Nabot, de Sumner Welles, y De Lilís a Trujillo, de Luis F. Mejía. De esta manera, su persona se fijó en la memoria popular con la ligereza de un dato curioso, reducido a una última petición y al apelativo con que Juan Antonio Alix tituló la décima que motiva estas líneas: El limosnero de Moca, compañero de infortunio del general Lilís el 26 de julio del corriente año.

A más de un siglo del episodio acaecido en Moca aquella tarde del 26 de julio de 1899, el origen del disparo en la boca que le causó la muerte sigue siendo objeto de versiones diversas: Vetilio Alfau Durán sostiene que la bala mortal provino del grupo de conjurados que atentó contra la vida de Heureaux, lo que va en consonancia con la narración de Cestero, quien identificó a uno de ellos, Pablito Arnaud, haciendo “fuego desde la esquina”. Nicanor Jiménez atribuye su muerte a José Brache, “al salir huyendo, para cerrarle la boca”, mientras que el corresponsal de The New York Times en Fort-de-France, Martinica, imputó su muerte a uno de los disparos de Ramón Cáceres. Los citados Welles y Mejía, así como también Pedro Troncoso Sánchez y Emilio Rodríguez Demorizi, afirmaron que fue el propio Heureaux quien le disparó mientras intentaba avanzar sobre Ramón Cáceres, su agresor. Dentro de esa misma línea interpretativa existe la versión, suscrita por Troncoso Sánchez y Manuel de Jesús Viñas, de que su muerte se debió a dos disparos, no uno, provenientes del arma de Heureaux.

Ulises Heureaux muerto, Frank Adróver Mercadal, 27 julio 1899. Colección Ylonka Nacidit-Perdomo

Ulises Heureaux muerto, Frank Adróver Mercadal, 27 julio 1899. Colección Ylonka Nacidit-Perdomo

En contraste con estos autores, Alix, con su humor característico, evitó precisar una verdad definitiva y expuso que no fue el destino, “sino que fue por Lilí / llevárselo de padrino, / ante el tribunal divino” para que este intercediera por su alma, mediación que resultó vana pues “juntos allí no se vieron / porque unos diablos cogieron / a Lilís por suerte poca, / llevándolo hasta la boca / del infierno derechito; / y que al cielo entró solito / el limosnero de Moca”.

Más allá de las versiones que rodean el acontecimiento que condujo a la muerte de nuestro protagonista, su acta de defunción —marcada con el número 106, folios 212 y 213 del Libro 4 de Defunciones de la Oficialía del Estado Civil de la Primera Circunscripción de Moca— no certifica, sin embargo, la causa del deceso. Luis María Florentino, carpintero, se limitó a declarar la muerte del jornalero Eduardo Ignacio, ocurrida a las 4:15 p.m., atribuyéndole 80 años y consignándolo como esposo de Paula Merced, natural de San Francisco de Macorís e hijo de José Ignacio y su esposa Micaela, sin indicar su apellido. Es probable que su padre es el José Ignacio que figura, con 25 años, como hijo de Dionisio Ignacio y Melchora Tejada en el padrón de vecinos de El Macorís de 1812.

Conforme su acta de bautismo nació en la capital nordestana el 12 de octubre de 1814 y fue bautizado por fray Diego Coello en la parroquia de Santa Ana el día 28 del mismo mes; su madrina fue Francisca Núñez. Su padre casó con Micaela Reynoso en la citada parroquia el 27 de noviembre de 1813, en ceremonia oficiada por el sacerdote Coello y apadrinada por Francisco Holguín y Juana Reynoso.

Fuera del entorno francomacorisano de su nacimiento, sentó raíces familiares en Moca junto a su esposa, con quien dio vida a por lo menos cuatro hijos: Higinia, Epifania, Marta y Leovigildo Ignacio Merced (n. Moca, 25 de abril de 1872), cuyas vidas igualmente se desarrollaron en esa misma ciudad.

De estos, Higinia Ignacio Merced contaba con 56 años cuando casó el 27 de diciembre de 1916 con Antonio Martínez Cabrera, de oficio carretero e hijo de León Martínez y María del Rosario Cabrera. Falleció el 9 de octubre de 1959.

Seguidamente, Epifania Ignacio Merced nació alrededor de 1862 y vio el final de sus días el 20 de noviembre de 1907. Desposó el 10 de enero de 1885 a Juan Bautista Robinson Mendoza (Santo Domingo, 7 de septiembre de 1856–Moca, 25 de marzo de 1905), hijo de Federico Robinson y Rosa Mendoza, con quien procreó a Pablo (n. Moca, 26 de enero de 1891); Juana Julia (n. Moca, 16 de febrero de 1886–Moca, 27 de diciembre de 1968), también conocida como Juanita, quien se unió al ebanista puertorriqueño Julián Alonzo Marín, hijo de Julián Alonzo y Francisca Marín, el 18 de agosto de 1906; Julia Edelmira (Moca, 21 de mayo de 1888–Moca, 30 de junio de 1889) y Ramón Emilio Robinson Ignacio (n. Moca, 5 de agosto de 1890).

A su vez, Marta Ignacio Merced, de apenas 5 años al momento de su confirmación efectuada el 21 de septiembre de 1872, fue madre de Eufemia Ignacio (n. Moca, 20 de marzo de 1904).

Su viuda Paula Merced le sobrevivió hasta el 26 de febrero de 1912, a la avanzada edad de 95 años.

Aquel día de Santa Ana de 1899, Eduardo Ignacio, que como buen francomacorisano acaso rememoró las festividades de su santa patrona que disfrutó en su juventud, fue colocado por los designios del destino en el umbral del patrimonio memorial dominicano al ser protagonista secundario de uno de los episodios más trascendentales de nuestra historia nacional a finales del siglo XIX, lo que a su vez le aseguró un espacio en el pintoresco elenco del Cantor del Yaque.

Sobre el autor

Juan Espósito Rodríguez

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