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Poética de la muerte en la sociedad dominicana

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§ 9. Las civilizaciones agrarias arcaicas cuya idea de la muerte es «… la sobrevivencia personal en forma de espectro es una brecha en el sistema de analogías cosmo-mórficas del morir-renacer, pero una brecha originaria fundamental, a través de la que el individuo expresa su tendencia a salvar su integridad más allá de la descomposición», según afirma Edgar Morin (1921–) en su libro L’homme et la mort- El ser humano y la muerte- (París: Points, Du Seuil, 1970 [1951], p. 163). Al parecer, supone este autor, fue la India, la más antigua de estas civilizaciones agrarias, la que, antes que Egipto (p. 234) integró al mismo tiempo el morir-renacer y el morir-salvación, cuya influencia se extendió a toda Asia, incluyendo la China y Japón, mucho antes de que otra civilización agraria, la egipcia, copiara lo fundamental de estas dos ideas de la muerte y la desparramara por el Oriente Medio y el Mediterráneo. En Grecia surgió una tercera concepción de la muerte: el ateísmo de Demócrito (siglo V a. C.), luego trasladado a Roma con Lucrecio (c. 99 a. C. a 55 a. C.) y su libro De rerum natura-Sobre la naturaleza de las cosas- y de ahí hasta hoy al resto de Occidente.

§ 10. ¿Cómo explica Morin la necesidad de estas tres ideas de la muerte? Él señala lo siguiente: «Pero cosa muy curiosa, nunca, en las civilizaciones evolucionadas, una de estas tres concepciones de la muerte ha triunfado absolutamente. En ninguna parte la persecución ha destruido para siempre los gérmenes de la religión filosófica y el ateísmo; y en ninguna parte, el ateísmo ha destruido todavía la religión de salvación. Se debe a que cada una de estas concepciones responde a una necesidad fundamental del individuo humano, la cual se expresa en la contradicción fundamental no resuelta por el individuo: por un lado, el rechazo a la muerte de su ‘alma’ y su ser; y, por el otro, la inmortalidad que su inteligencia recusa.» (P. 232). Las dos concepciones de la muerte, la salvación osiríaca y la concepción del dios solar universal, «coexistirán hasta la caída de Egipto, y luego se expandieron por el mundo mediterráneo.» (P. 233). Con un crisol de religiones y sus ideas dualistas de la muerte subsistirán Grecia y Roma hasta la llegada del cristianismo fundado por Constantino en 303 y que, luego de la caída del Imperio Romano de Occidente en el año 476, se convirtió en religión oficial e impuso una sola idea de la muerte: la salvación e inmortalidad del alma.

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§ 11. Vencidas todas las “herejías” propias de pueblos y naciones tan disímiles como las del Medio Oriente, Asia y el Occidente europeo, este cristianismo no pudo reinar como amo absoluto y con él convivieron diferentes tipos de cristianismo hasta la llegada de la Reforma de Lutero en 1517 (las 95 tesis de Worms). A partir de este cisma, el protestantismo, el anglicanismo y el cristianismo católico mantuvieron una lucha encarnizada por el control de las almas (guerras económicas disfrazadas de religión, de 1524 a 1697). Esta lucha entre imperios fue trasplantada a la América conquistada y colonizada y con ella llegaron las llamadas denominaciones protestantes con su decenas de iglesias, los judíos sefardís, conversos y reconciliados. Los sincretismos religiosos de los indios de la América conquistada y colonizada adoptaron múltiples formas de catolicismo e ideas diferentes sobre la muerte y sus rituales, amén, si cabe, de las decenas de religiones animistas implantadas por los esclavos traídos de la costa occidental de África, mezcladas luego con catolicismo, protestantismo y sus distintas denominaciones (vudú, gagá, santería, candomble, etc.).

§ 12. La relación indisoluble entre lenguaje, religión y Poder se remonta al momento de la aparición misma del sujeto parlante fundador de las formas de organización social que ha conocido, hasta hoy, la humanidad. Según Morin, es de la India, civilización agraria estacionaria donde surgen estas dos ideas de la muerte y el concepto del doble, mucho antes que en Egipto: «No hay que olvidar que la India se encuentra en la cima de la civilización universal, durante tres grandes épocas de la historia (cuarto milenio; siglo VI a.C., y siglo I d.C.) Si no quedan más que ruinas gigantescas de la era dravidiana, anterior a Egipto y a Sumeria, podemos seguir en la India ariana, la evolución de las ideas de muerte a través de la muerte-renacimiento, los ghots, los dioses y los héroes. Los Vedas (3000 años antes de Cristo) celebran los “dobles” con las alegrías, los fanfarrias de la supervivencia hasta el viaje del dios Yama. Pero mil años más tarde, las epopeyas (Mahabarata y Ramayana) exaltan una redención fuera de los renacimientos, gracias a dioses de salvación (Visnú, Krisna, Siva, etc.). Paralelamente, con el progreso de la civilización, las dos aspiraciones se desarrollan, una que tiene a reconocer un gran dios espiritual, universal (Brahma), la otra que busca la inmortalidad fuera del ciclo de reconocimientos, gracias a la salvación.» (Ibid., p. 234).

§ 13. Lo que sí parece una novedad para Asia y Europa, es el proceso mediante el cual los egipcios alcanzaban la inmortalidad del alma: el embalsamiento y momificación de los cadáveres. El ser viviente, comenzando con el faraón, una vez fallecido, era sometido a este ritual y el entierro de su cuerpo en pirámide o palacio funerario estaba dotado de todo lo que en vida poseyó para que se sirviera de esclavos, carros, alimentos, riquezas, joyas, cetro, corona, ajuar y objetos de uso diario, necesarios en su viaje al peligroso más allá. Este ritual, muy costoso, pasará de los nobles a los hombres libres y a la gente común a la hora de la muerte, previo pago de una copia personalizada del Libro de los Muertos. Ritual adaptado, un poco más o un poco menos, a los reinos y repúblicas del Mediterráneo.

§ 14. El concepto de doble corresponde a lo que las religiones arcaicas y modernas llama “almas”, “espíritus”. Son «espectros, dotados de formas, fantasmas, como lo observó Tylor, a imagen exacta de los seres vivos. Se trata, y Spencer lo había descubierto con una perspicacia muy grande, verdaderos dobles.» (Morin, p. 164). Aunque -señala el autor- que «el doble no es tanto la reproducción, la copia conforme post mortem del individuo fallecido». Se trata de «… la misma realidad universal del ‘doble’ que traducen el Eidolon griego, que aparece tan a menudo en Homero, el Ka egipcio, el Genius romano, el Rephaim hebreo, el Frevoli o Fravashi, persa, los fantasmas y los espectros de nuestros folklores, el ‘cuerpo astral’ de los espíritus, e incluso a veces ‘el alma’ en algunos Padres de la Iglesia. El doble es el nudo de cualquier representación arcaica referida a los muertos. (Morin, Ibid.).

§ 15. Siempre que uno se refiera a una religión en particular o a religiones en general, no se olvide que estas no son más que discursos, incluso la práctica del ritual que les es inseparable es una orden discursiva de cómo practicar los rituales. Desde este punto de vista, las religiones son abstracciones cuya práctica adquiere realidad en las definiciones y mandatos de un discurso: sean los de los Veda, el Libro de los Muertos, la Teogonía de Hesíodo, los ritos romanos de la muerte, el Viejo Testamento y el Nuevo, las 95 tesis de Lutero, etc. De todos los ritos mediterráneos de la muerte, existen algunos que se reproducen con exactitud, o modificados, en la sociedad dominicana: retengo la incineración, común a griegos y romanos (en nuestra sociedad existe la cremación): los panteones y tumbas, los epitafios (no han variado hasta hoy en nuestra sociedad), sacrificios a los dioses (misas, velar en la noche el cadáver (nuestras funerarias cierran a las 9 p.m.), hombres separados de las mujeres (en los campos y barrios marginados los hombres se quedan afuera y las mujeres adentro), un comida donde se ponderaban las virtudes del difundo (nuestro panegírico en la clase media y alta) y brindis de café, galleticas en sectores populares y comida en los campos si los dolientes vienen de lejos), exposición del cadáver en público (prueba de su fallecimiento), cantos y gestos de las plañideras y rezadores (pagados en sectores populares y misa cantada en la clase media y alta), acto fúnebre convertido en ostentación del poder y riqueza de los grupos sociales presentes (en nuestra sociedad la muerte como espectáculo social no ha variado en la clase media y alta).

§ 16. Otras similitudes del ritual heredado de España vía Roma en América hispánica y específicamente en la sociedad dominicana son los entierros o inhumaciones. En Grecia, conquistaba por Roma hacia el 146 a. C., los rituales y las prácticas religiosas y de inhumación, así como la filosofía epicúrea, estoica y el materialismo atomista modificarán la cultura romana. En Roma, las Doce Tablas establecían las reglas de inhumaciones. Aunque quizá las invasiones y saqueos de Roma por Breno, Alarico y otros pueblos “bárbaros” destruyeron o quemaron las láminas de bronce donde estas fueron escritas y guardadas, pero por Tito Livio, Cicerón y otros historiadores se sabe que a los niños romanos se las aprendían de memoria. Los rituales de la muerte en el Viejo Testamento de los hebreos guardan semejanza con los de Grecia, Roma, el cristianismo (léase el entierro de Jesús en el Nuevo Testamento), los pueblos musulmanes y a través de estos, convivirán luego la conquista del norte de África y la invasión a España en 711 d C., en forma de sincretismo, con otras formas de inhumación heredada de la invasión romana y visigoda. En la sociedad dominicana se reflejan o reproducen algunos elementos de las prácticas mortuorias egipcias, griegas, hebreas, romanas, cristianas, animistas africanas, etc. En Occidente, religión y arte (arquitectura, pintura (el entierro del conde de Ogaz, de el Greco, y las madonas y los Jesucristos pintados con motivo de su pasión, muerte y resurrección y las figuras medievales y renacentistas del cristianismo, la literatura con La Celestina, Jorge Manrique y sus coplas a la muerte de su padre; el senequismo de Andrés Fernández de Andrada (1575-1648) y su “Epístola moral a Fabio”; Santa Teresa y su “Vivo sin vivir en mí# y tan alta vida espero# que muero porque no muero#; Miguel de Guevara (1585-1646) y la discutida autoría de su “Cristo crucificado” y su primer verso: “No me mueve, mi Dios, para quererte” y el hasta ahora anónimo “Ven muerte tan escondida# que no te sienta venir# porque el placer del morir# no me torne a dar la vida». Unos lo atribuyen al comendador Escrivá, otros especialistas, hasta prueba en contrario, lo consideran anónimo.

§ 17. En la sociedad dominicana, como en otras cualesquiera, los Estados o las organizaciones existentes están obligadas a legislar sobre la salud, la muerte y los enterramientos. Nuestra legislación sobre la muerte y las inhumaciones está contenida en la Ley 214 de 1943 y el Código Civil artículos 77 a 87 (declaración de fallecimiento obligatoria ante el Oficial del Estado Civil); decreto 1.155 sobre Policía Mortuoria; Ley 136-80 que “declara obligatoria la práctica de la autopsia judicial en la instrucción preparatoria del proceso penal”, y agréguese a todo esto la creación de funerarias municipales para brindar servicio a los que no pueden pagar una funeraria privada, como las que posee la Asociación de Servicios Funerarios y Cementerios Privados de la República dominicana [ASEFUCE] ); Código Penal y Ley 24-97 (establece sanciones por la incitación a cometer delitos o la desobediencia a las leyes, que podría aplicarse a ciertas acciones relacionadas con la disposición de cadáveres, la Ley 42-01 del Sistema Nacional de Salud que regula todo lo que tiene que ver con la muerte y su posibilidad de transmisión de enfermedades contagiosas y la Ley de Cementerios Municipales, la cual regula, para dominicanos y extranjeros, todo lo relativo a la compra y pago de impuestos de nichos, sepulturas, columbarios; Y, por último, la referida Ley General de Salud 42-01, artículo 137 estipula que «los cuerpos que vayan a ser sometidos a cremación» deben «… pasar [obligatoriamente] por un proceso de autopsia». (Diario Libre , 22/5/2013).

(CONTINUARÁ).

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DIÓGENES CÉSPEDES

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