Guardianes de la verdad Areíto
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§ 18. ¿Cuál es la relación de los discursos mortuorios con el Poder y sus instancias? Esta relación es tan antigua como el surgimiento del sujeto y la historia en nuestro planeta. En las sociedades agrarias arcaicas y luego en las urbanas, el rey (o faraón) detentaba las funciones de gobierno, justicia y sumo sacerdote. En las estáticas monarquías e imperios asiáticos despóticos, tal relación era, y es todavía, proverbial; en el Mediterráneo basta con citar los ejemplos de Egipto y Roma, cuyo derecho romano heredó Occidente. El faraón y el emperador romano cumulaban estas tres funciones. El Senado romano era casi siempre una entelequia parasitaria sobornada por los Césares. En la Europa cristiana, los reyes gozaban de este mismo atributo, pero a partir de la Revolución francesa de 1789 y luego con el surgimiento de los Estados nacionales a mediados del siglo XIX, el poder de la religión se vio disminuido o separado del poder temporal, aunque más tarde los gobiernos pactaron con el Vaticano y proliferaron los concordados (el de Trujillo en 1954) y los acuerdos parciales.

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§ 19. Las iglesias, sobre todo la católica, la que más interesa a los pueblos iberoamericanos, se recompuso después del período de independencia contra España comenzado en 1810. Luego de la independencia contra España y Portugal proliferaron los gobiernos oligárquicos, los cuales trabaron de nuevo una alianza indisoluble con la religión católica, alianza que incluye a las dictaduras totalitarias que intentaron, por la vía de la violencia, instaurar Estados nacionales y fracasaron en el intento, porque los pueblos de tales países carecían, y aún carecen, de conciencia política y conciencia nacional, sin las cuales es imposible la creación de Estados nacionales. Ni una clase social ni un líder providencial pueden, por sí solos, crear un Estado nacional. La exclusión del pueblo en la participación de los procesos independentistas y oligárquicos impidieron esta hazaña portentosa.

§ 20. La poética de la muerte es la lectura de unos discursos orales o escritos en los que el sujeto sitúa la orientación política de los sentidos de dichos textos informativo-ideológicos o de ficción y determina en contra de cuáles Poderes, instancias e ideologías de época se inscriben. El método persigue establecer el parentesco entre el viaje del difunto al más allá de los egipcios en el Libro de los Muertos y sus 32 puertas, el pesaje del corazón y la entrada al Gran Salón del Juicio y el viaje de los católicos a las puertas de San Pedro, quien interroga al difunto a ver si, libre de pecados o no, entra al Paraíso o va al Infierno. Del ritual egipcio, la Iglesia católica, por un giro del principio de economía o redundancia, en este caso ideológica, se libró de la parte pagana del ritual egipcio y escogió la vía más rápida y menos complicada. En este contexto es donde se desenvuelve la poética de la muerte en la sociedad dominicana y, también, en el de los demás países iberoamericanos donde el catolicismo es dominante frente a otras denominaciones religiosas. La poética de la muerte analizará también la relación de algunos discursos informativo-ideológicos y de ficción con textos semejantes de las culturas egipcia, grecorromana y española o de otras civilizaciones, si cabe.

§ 21. Para nuestra cultura, si no yerro, el texto más antiguo que documenta, con una perspectiva sociológica y folklórica espontánea las costumbres dominicanas, entre estas los rituales de la muerte, principalmente en el campo, es Al amor del bohío (Santo Domingo: Montalvo, 1927, [1929]), de Ramón Emilio Jiménez, reeditado en Santo Domingo por Sociedad Dominicana de Bibliófilos en 1975 y el del Julio Arzeno Del folk-lore musical dominicano (Santo Domingo: La Cuna de América, 1927, 315). De estas obras partieron Alix (1927, 1953, 2023, A-I) Castillo González (1944, 289); Gómez Alfau (1944, 322); De Nolasco (1946, 1956, 329); el Boletín del Folklore Dominicano (1946, 1947, 342); Andrade (1948); Garrido de Boggs (1955, 2006, 322); Lizardo (1958, 1974, 2005, 326); Cruz Díaz (1965, 318); Pérez (1971, 2003, 331); Rueda (1971, 334); Barreiro (1973, 289); Revista Dominicana de Folklore (1975, 1980, 342); Rodríguez Demorizi (1975, 334); Veloz Maggiolo (1977, 1993, 2006, 341); Rosario Candelier (1977, 334); Rosenberg (1979, 334); Labourt (1979, 1982, 325); Tejeda Ortiz (1981, 1997, 335-36 ); Medrano (1981, 328); Davis (1981, 1987, 2004, 256, 319); Rodríguez Vélez (1982, 334); Maríñez (1984, MP- 4-5); Brito Ureña (1987; 316); Deive (1988, 320 ); Martínez (1991, 327); Nolasco (1994, I: 311); Hernández Soto (1996, 2004, 323);Reyes II (1996, 1999, 333); Hiciano (1998), 324); Osorio (2000, 329); Contreras (2000, 318); Guerrero (2003, 322); Morel (2006, 328); Nina ( 2006, 328); Cassá (CL-A 3, 2024, Add). En esta lista de autores, el número después del año indica la página donde se encuentra la obra en el libro de Xiomarita Pérez Biblio-hemerografía de la cultura tradicional y popular de la República Dominicana (Santo Domingo: Secretaría de Cultura, 2009). Las otras indicaciones se encuentran en la biblioteca del articulista.

El límite de mi trabajo comienza con R. Emilio Jiménez (1927 y 1929), Julio Arzeno (1927, 315) y termina con las obras publicadas hasta 2024. Ignoro si algún intelectual o escritor del siglo XIX haya escrito algún libro o ensayo sobre el ritual de la muerte en la sociedad dominicana. En punto a ficción, uno de los más prolíficos en este tema fue César Nicolás Penson, quien, en sus Cosas añejas publicadas en 1891 [1978, 1992, 330)] trae cinco, de los diez relatos, que versan sobre crímenes horrendos, parecidos al de los dos cuentos de Fabio Fiallo, “Ernesto de Anquises” y “Vendetta”, incluidos en Cuentos frágiles, (Nueva York: H. Braeunlich, 1908 [1980]).

§ 22. Tampoco se proponen estas breves pinceladas sobre los rituales de la muerte en la sociedad dominicana el examen de la bibliografía citada más arriba, sino la pertinente para este trabajo. Jiménez en “Los mortuorios y los pésames rurales”, “Las velas” = nueve días o novenario, “El velorio” = 1 a 8 días y “El fabricante de ataúdes” y Arzeno (capítulo III: “Cantares de vela”) son los primeros que, sin ser sociólogos, antropólogos ni sicólogos, estudiaron con más espontaneidad los rituales de la muerte. En estos textos breves, Jiménez trató casi todo lo referente al ritual de la muerte en el campo. No se propuso estudiar el ritual de la muerte en las ciudades y sus barrios, pero todo lo que dijo sobre el tema abrió las puertas a los que vinieron después y trataron ambos temas. Observador atento, Jiménez trazó la pauta sobre el origen histórico de los mortuorios rurales y sus manifestaciones. Estas últimas son pertinentes en ciertos casos (pésames, plañideras, entierros, brindis, encomios, con los rituales urbanos).

§ 23. Cosa curiosa: Si no yerro, no he advertido en De Nolasco, Mario Emilio Pérez, Labourt, Barreiro, Lizardo, Andújar, Chantada y Xiomarita Pérez, en tanto tratadistas profesionales de este tema del ritual mortuorio lo dicho por el poeta Jiménez: «… el día del velorio se convidan las mujeres para gritar. Algunas hay con tan bien sentada fama de gritadoras, que tan pronto como han ‘pegado ei grito en ei cielo’, según una gráfica expresión, se instalan en la cocina, en donde ganan fuerzas para una nueva tanda gutural (…) Es esto un remedo de las plañideras griegas y romanas, que eran pagadas para asistir llorando a los entierros, solo que aquí es espontánea y gratuita la costumbre.» (Ob. citada, p. 20).) No solamente griegas y romanas, sino que vienen de Asia (India, Sumeria, Babilonia, Asiria) a través de Egipto, y de este imperio del Mediterráneo a Grecia, Roma, y de ahí a la conquistada Hispania romana, la que, amalgamando lo greco-romano y lo hispano-visigótico y lo arabigoandaluz, nos trasladarán estos rituales de la muerte a América hispana y a los portugueses al Brasil.

En el apartado “El culto a la muerte” del libro de Xiomarita Pérez el 99 por ciento de los 50 artículos sobre los rituales mortuorios del campo y la ciudad, hasta 2007, año donde termina la obra, fueron escritos por reporteros de periódicos y revistas y apenas cinco por especialistas.

§ 24. Mario Emilio Pérez, periodista y abogado típicamente capitaleño, en Estampas dominicanas se limita a los velorios urbanos. El vate Jiménez realizó el trabajo del mortuorio rural para Pérez: «Los velorios varían de acuerdo con la clase social que perteneciera el difunto (…) Los ricos no acostumbran a gritar fuerte ante el cadáver de sus parientes. Por lo general permanecen sentados con gafas ahumadas y aires de esfinge. Cuando alguno se acerca a darles el pésame, se levantan con estudiada parsimonia para recibir el medio abrazo de rigor. -Le acompaño en sus sentimientos. -Gracias don Ángelo, esto ha sido un golpe duro, muy duro. -Resignación, doctor, resignación.» (Santo Domingo: 1ª selección, Editora Cultural dominicana, 1971, p. 54). En cambio, señala el autor: «Los pobres son más efusivos en sus manifestaciones de dolor. Entre gritos estridentes relatan anécdotas y deseos del desaparecido.» (Ibid.). Pérez copia lo dicho por Jiménez, pero con menos detalles, sin saber que, al describir este tipo de velorio, reproduce los rituales orientales, greco-romanos gótico-hispánico o arabigoandaluz. Concluye el costumbrista: «Frente a la inmóvil elocuencia de un cadáver continuarán los gritos, el frío pésame y el chiste equívoco, en un país que, como dijera el poeta: ‘no merece el nombre de país, sino de tumba, féretro o sepultura’.» (P. 55). Cita libresca de Pedro Mir y su poema “Hay un país en el mundo”. No sé si en algún otro lugar de sus Estampas, Pérez describió cómo la pequeña burguesía y sus diferentes capas encaran los rituales de la muerte.

§ 25. Por su parte, José Labourt escribe su libro Sana, sana, culito de rana… ocho años después de la aparición de la primera selección de las Estampas dominicanas. Aparte de periodista, Labourt también estudió sociología, razón por la que su obra, sin el método explícito, se adentra más allá de Jimenes y Pérez, yendo a los más remotos rincones del país para estudiar in situ los rituales de la muerte en la ruralía profunda. El autor explica el título de su libro: «Salmodia de pretendida magia dirigida a la ingenuidad del niño que llora por alguna penita en el cuerpo.» Fradique Lizardo apostó por esta obra de Labourt al prologarla con estas palabras definidoras: « Hay un (sic) otro hecho muy notable en el trabajo de José Labourt, sobre lo cual deseamos llamar la atención, y es lo siguiente: «Mientras los interesados en el flolklore tratan de particularizar los hechos y rastrean cada elemento, tratando de investigar por qué se hace, cuándo se hace, cómo se hace, por qué se hace aquí y en la casa contigua no, e incluso tratan de determinar dentro de una casa si solo una parte de la familia practica una costumbre o no, José Labourt, al contrario, trata siempre de generalizar, y es debido a la metodología seguida en su investigación, que es diferente a la de los folkloristas. José Labourt (…) recoge una costumbre y nos dice: Los dominicanos hacen esto, pues le ha bastado que lo hagan aquellos entre quienes lo ha recogido. El folklorista no se conforma con esto y debe rastrear su elemento, hasta llegar lo más cerca del origen posible.» (Santo Domingo: Taller, 1979, p. 12).

§ 26. En efecto, según Fradique, si Labourt ha seguido en su investigación de campo el método de la generalización es porque de alguien lo copió. La primera folklorista que se aferró, desde 1935, a este método fue Flérida de Nolasco en su libro Santo Domingo en el folklore universal cuando afirma como una verdad rotunda: «Para los que todavía señalan lo vernáculo como absoluto, el hallazgo de las fuentes comunes, que es tarea en que están empeñados actualmente los más conscientes folkloristas, será causa de íntimas congojas; porque están aferrados a su pedazo de tierra, a su porción de tradiciones, que en su suelo y para ellos habrán nacido… Para estos el topar con la variabilidad y fragmentación de los motivos evidentemente universalizados, será humillación.» (Ciudad Trujillo: Impresora Dominicana, 1956, p. 8).

§ 27. Doña Flérida remata su apego irrestricto al universalismo, enemigo de lo específico, con las siguientes palabras: «Bajar, aunque no sea sino un peldaño, hacia donde se unen las corrientes y se confunden las huellas, donde la vida de los pueblos adquiere imprevistas analogías, reduce los extremados nacionalismos, sin que sea necesario referirnos a las pequeñeces de lo regional. En los amplios lugares nos hemos sentido y sigo sintiendo mío, en lo universal, que el asirme a la ilusión de una singularidad que en todo caso sería hija de un total e inverosímil aislamiento (…) Santo Domingo se incorpora a la tradición universal sirviéndole España de puente de enlace. Exponer el fenómeno, que es común a toda nuestra América, es el propósito de esta obra que ojalá consiga ganar de los lectores una benévola simpatía.» (Ibid.). (CONTINUARÁ).

Sobre el autor

DIÓGENES CÉSPEDES

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