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Queremos tanto a Aute

En este libro el autor comenta sobre las múltiples composiciones que podrían considerarse “esenciales” dentro de la producción auteana, una de ellas “La belleza”, canción que, a decir del vate plasma justamente lo que no es la belleza.

Luis Eduardo Aute

Luis Eduardo Aute

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…entre morir o matar

prefiero amor, amar

prefiero amar, prefiero amar, amor.

El 4 de abril de 2020, apenas tres semanas después de decretarse la pandemia de COVID-19, ochocientas almas morirán en España ese fatídico sábado a manos del malvado bicho, y, en horas de la tarde, tal cual muchos otros rincones del Globo, los vecindarios del centro de Madrid se llenarán de congoja brotada desde balcones y ventanas en lo que parecía ser una llamada colectiva a la solidaridad. Un cántico a la resistencia ante un mundo, que, anegado por la desazón y la incertidumbre, se sentía fallecer.

Aquel día, minutos antes de las cinco se escucharán en el mítico barrio de Malasaña hogar de la Movida española, las emocionadas voces de incontables hombres y mujeres anónimos coreando a los cuatro vientos Si te dijera amor mío/ que temo a la madrugada/ (…) Presiento que tras la noche/ vendrá la noche más larga/ quiero que no me abandones/ amor mío, al alba/ Al alba, al alba/ Al alba, al alba… Se trataba de “Al Alba”, por supuesto, esa cuasi mítica pieza, que, a decir de Teddy Bautista y similar a lo sucedido décadas atrás había contado un acontecimiento dramático, un anuncio de la ruptura entre la vida o la muerte o entre el amor y el desamor, o entre el todo y la nada… una despedida fatal.

Ese rezo parecía ser la única respuesta posible ante el pesar provocado por la inesperada noticia anunciada en un cable de la Agencia EFE esa tarde primaveral: “Luis Eduardo Aute ha muerto este mediodía a los setenta y seis años en un hospital madrileño, tres años y medio después de sufrir un infarto que lo mantuvo postrado durante los últimos tiempos. Tras varias estancias en hospitales, entre ellos uno cubano, Aute permanecía en su casa, cuidado por su familia y ayer ingresó en el centro sanitario en el que ha fallecido, según han informado fuentes familiares. Las mismas ignoran cuando podrá ser su sepelio debido a las restricciones en toda la Comunidad de Madrid para la instalación de capillas ardientes, prohibidas independientemente de la causa del fallecimiento.”

Es la dolorosa crónica de la irreparable pérdida de un artista admirado por toda una nación y por todo el continente Latinoamericano, hoy plasmada por el laureado periodista y escritor Miguel Fernández (Granada, España 1962) en las páginas de la única biografía del también filipino por nacimiento publicada póstumamente: Luis Eduardo Aute. Me va la vida en ello. Vida y obra de un artista total (2025, Penguin Random House Grupo Editorial). Se trata de una cuidada edición fundamental tanto para admiradores como para los desconocedores de la vasta obra del neorrenacentista pintor, cineasta, músico y poeta, expresiones artísticas que Aute consideraba entrelazadas en el incesante proceso creativo que había empezado en Manila contando con apenas ocho años tras completar su primer óleo, y luego de lanzarse a lo público a los diecisiete en su primera exposición individual.

Ya sea empleando la primera persona, insertando declaraciones textuales inéditas o citas previamente publicadas, Fernández ha conformado en este volumen un logrado paralelo narrativo a tiempos intercalados en los que se nos pasea por la distendida trayectoria del Aute polifacético y multidisciplinar; por una magnífica bitácora del hijo, padre, esposo y amigo. Una carta de ruta del pensador a quien todo preocupó y quien cuestionó cada cosa relevante a lo humano: las preguntas ontológicas del ser y su lugar y destino en el universo; el amor y la pareja; el angor ante la naturaleza herida; el convulso ejercicio político de la modernidad, y hasta el simbolismo místico del Eros transubstanciado en cuerpo hecho alma: El Verbo se hizo carne tuya/ y carne/mía y conjugó entre nosotros.

Cual el hábil biógrafo que ya había demostrado ser, el granadino se vale del mismo Aute a fin de desnudar, en el mejor sentido del vocablo, cada uno de los trazos que dibujaron la madeja intelectual de este incomparable soñador; del inconforme quijote y mejor amigo que hasta el momento de su muerte fuese. Sobre sus propios escritos el inmortal pintor-poeta dijo: “…todas mis canciones son una misma canción, la lucha entre la vida y la muerte. (…) Por eso intento cuidar mucho los textos, porque escribir una canción es una enorme responsabilidad.”

En lo que a sus sempiternas dudas ante el quienes somos y el qué hacemos aquí, Aute aseguró que “El hombre es algo más que una serie de datos a computar o un instrumento de producción; creo que es fundamentalmente una incógnita con un mandato muy concreto: resolver esa incógnita”; y sobre la pareja contemporánea insistió en que esta constituía “…el núcleo fundamental de la supervivencia, la representación más simple de la armonía de contrarios que rige el universo. Dentro de ella se crean las relaciones de dominio, surgen las necesidades de dependencia e independencia; surgen todos los conflictos, y de esa unión nace también la vida”.

En referencia al ejercicio escritural, alguna vez sentenció: “Mi memoria es un recorrido más triste que alegre porque la mayor parte de mis canciones han nacido de estados bajos. Cuando no hay nada que me preocupe, no se me ocurre escribir”; y sobre el amor Aute dirá algo de mayor contundencia: “…el sexo es el motor del mundo, y el amor un invento del ser humano para engañarse a sí mismo”. En la temática amorosa -íntima y sensible, rebelde e inquieta- acudió a imágenes decididamente plurisensoriales, como lo erótico supone, en las cuales ser-eros-sexo se constituyen en un todo donde amor y cuerpo compartido, en trascendental aventura, obligarán a los amantes a entregarse y fallecer en ejercicio de almada pasión: Antes del amor/ se desnudan los cuerpos./ Después del amor/ se anudan las almas./ El sexo/ desnuda al cuerpo,/ el amor,/ al alma./ Los cuerpos, después del amor/ huelen a alma…

Eduardo fue capaz de darlo todo por aquel sentimiento tal cual revelan muchos de sus incomparables versos cuya belleza y lirismo serán encontrados pocas veces en la lengua castellana: Cierto que huí de los fastos y los oropeles/ y que jamás puse en venta ninguna quimera./ Siempre evité ser un súbdito de los laureles/ porque vivir era un vértigo y no una carrera,/ pero quiero que me digas, amor,/que no todo fue naufragar/ por haber creído que amar/ era el verbo más bello./ Dímelo, / me va la vida en ello.

En una entrevista nuestra publicada hace ya mucho tiempo en la que cuestionábamos la naturaleza de su trabajo musical, el siempre provocador Aute se refirió a ello diciendo: “Llamo música, no a lo que se entiende por melodías, armonías y ritmos que resuenen en los oídos, como tampoco llamo “poesía” a un poema. En ese sentido, Música, Poesía, Magia, Sueños, cruzar al otro lado del espejo, es todo lo mismo. Música es lo que mana de lo inexplicable, como mana el amor del deseo”.

En este libro el autor comenta sobre las múltiples composiciones que podrían considerarse “esenciales” dentro de la producción auteana, una de ellas “La belleza”, canción que, a decir del vate plasma justamente lo que no es la belleza. Una obra maestra -según Ismael Serrano- capaz de definir la belleza tras encontrarla en algún lugar, en este caso en una mirada: Y ahora que ya no hay trincheras/ el combate es la escalera/ y el que trepe a lo más alto/ pondrá a salvo su cabeza/ aunque se hunda en el asfalto/ la belleza, la belleza…/ (…) Reivindico el espejismo/ de intentar ser uno mismo,/ ese viaje hacia la nada/ que consiste en la certeza/ de encontrar en tu mirada/ la belleza.

Algo similar podría decirse de “Animal”, título que no hace referencia al ser orgánico que, de acuerdo con la RAE, “vive, siente y se mueve por propio impulso”, según establece Fernández, sino que recupera la raíz de la acepción ánima, en este caso acompañada de la letra “l” que insinúa una doble representación: líbido y Lucifer. Es por ello por lo que, según Aute, este disco será el más libertario de su producción (y quizás el que mejor cuestione la verdadera naturaleza de la comunión entre lo profano y lo divino, añadiríamos). En él, ánima y alma juegan con la animal mortalidad mientras ambas sucumben ante la amortalidad que otorga el pensamiento: Anímate, levanta el ánimo,/ animal,/ que la Bestia te quiere asesinar/ y, de puro bestia, no sabe/ que el alma que te anima,/ animal del alma,/ es amortal/…

Sobra insistir aquí en que, aunque será la poesía cantada de Aute lo que deslumbrará a sus seguidores (desde aquella “Rosas en el mar” interpretada por Massiel), la pintura y el cine fueron las armas que con mayor constancia le acompañaron a través de su travesía artística; lo plasmado en el lienzo (con admitida influencia del pop art, los Bacon y los Warhol) fue abrazado por la crítica desde sus inicios de veinteañero inquieto: “Nada hay de filipino en este pintor, sino todo lo contrario. A saber, una estética absolutamente parisiense en el sentido galante y decorativo que lo parisiense tiene. (…) Me agradan estas obras y me atrevo a augurar al joven pintor un futuro lleno de posibilidades”, comentaba una vieja reseña periodística publicada en 1963 rescatada por Fernández.

Igual sucedió una década después cuando en La Vanguardia se habló muy favorablemente de sus lienzos: “Quizá inserto en un realismo mágico, lo que Aute consigue, con todas sus consecuencias, es una cautivante, suscitadora vertiente del neoexpresionismo en sus pinturas”. Sobre el cine en el universo de nuestro artista (Cine, cine, cine/ Más cine por favor/ Que todo en la vida es cine/ Y los sueños/ cine son…), no faltaba más, habrá que dedicar un reportaje narrando sus andanzas con el Mankiewicz de Cleopatra, los inmensos Godard y Malle, y también describiendo su genialidad en la dirección tal como demuestran sus largometrajes.

Tras la muerte de Aute, Palmira Márquez, su agente literaria e íntima allegada publicará estas palabras: “Mi querido Edu: Es imposible no admirarte, tu talento y tu genio no tienen límites. No me cansaré de decir que eres el artista más completo e inmenso que ha dado este país (…) Y cuando se te conocía, era imposible no amarte. No he conocido a un ser humano más mayúsculo: tu generosidad, bondad, lealtad, humildad… El más bello ser humano. Hoy es uno de los días más tristes de mi vida, y sé que vendrán más, la vida, como decía tu admirado Gil de Biedma, lo empecé a saber hace un tiempo, va en serio. Nos va a acostar mucho vivir sin ti. Hoy, más que nunca, nos haces mucha falta, tú y tu Belleza. Y sí, como dirías, hoy más que nunca prefiero, amor, amar”.

Durante sus últimos lustros de vida, a pesar de haber estado convencido de que no hay utopías sino “posibilismos”, cuestionado ante el estado de cosas prevalente en la posmodernidad Luis Eduardo Aute insistirá en afirmar que perseguir, letras a cuestas, las fuentes del optimismo con que a su ver aun contamos los humanos será la única opción posible. Confesó su fe en aquella búsqueda durante la mencionada entrevista en una simple pero demoledora frase: “Tal vez los niños con su urgente necesidad de ternura. O tal vez intentar no matar al niño que todos llevamos dentro. Ni tampoco al animal… a la bestia sí.”

Jochy Herrera es cardiólogo y escritor, Premio Nacional de Ensayo de la República Dominicana 2024. Autor de Carne y alma. Imágenes de la corporalidad (Huerga & Fierro, Madrid 2025).

Sobre el autor

Jochy Herrera

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