Sueños isleños: ahora que el tiempo ha empezado a pasar

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Nan Chevalier
Me regocija, por tres motivos esenciales, presentar Sueños isleños, antología bilingüe de la obra poética y de minificción de Basilio Belliard. Lo primero que me alegra es la verificación de la constancia creadora a través de los años, desde aquel lejano 1997 en que Belliard publicó su primer libro, Diario del autófago.
Otra satisfacción me la produce el hecho de que su obra sea reconocida con una edición notable como es la traducción al idioma francés.
Una antología personal es una radiografía del alma: permite auscultar la evolución emocional y estética del autor; también, apreciar el péndulo de la existencia, es decir, las dichas y vicisitudes que el devenir nos fue otorgando. Las antologías son el puerto de la nostalgia: desde allí podemos evaluar el pasado y vislumbrar el porvenir.
La selección poética para Sueños isleños fue realizada por Rafael Courtoisie y Catherine Pelage. Ella tuvo a su cargo, además, la traducción junto a Françoise Morillo. Sin dudas, es una selección representativa de los libros, que en total suma los títulos Diario del autófago (1997), El topo y el espejo (1999), Sueño escrito (2002), con el que Belliard ganó el Premio Nacional de Poesía; Balada del ermitaño (2007), Los pliegues del bosque (2008), Oficio de arena (2011), Piel del aire (2011) y Prácticas de sueños (2014). Como se puede apreciar, se trata de una vasta producción para un escritor joven y en su mejor momento creativo.
Ahora que el tiempo ha empezado a pasar, podemos ver con claridad en esta antología algunas diferencias entre la estética ochentista (con la que Belliard tiene algunas deudas), y la de final de siglo, a la que realmente pertenece junto a escritores como Pedro Antonio Valdez, José Acosta, Noé Zayas, Máximo Vega, Omar Messón, Eulogio Javier… (Por supuesto, lo que importa no es ser miembro de una generación, sino el valor estético de los textos producidos).
Sueños isleños nos permite rastrear el punto de partida de un escritor que inició su labor en la década de los noventa y que persiste con todo su brío en la actualidad. Aunque es palpable la deuda estética de Belliard con los ochentistas en, por ejemplo, Diario del autófago; también son perceptibles la visión y los recursos diferenciadores, como la preferencia por una poesía lúdica en afinidad con lo fantástico, obsesión permanente del poeta, y la conexión de los poemas con la realidad circundante y los elementos de la naturaleza.
Con pocas variaciones, El topo y el espejo reproduce el universo poético del primer libro, atmósfera que se enriquece en Sueño escrito, ante todo por la incorporación de alteraciones sintácticas y el definitivo desplazamiento del yo poético hacia el mundo exterior
Por otra parte, Balada del ermitaño constituye su irremediable rompimiento con la estética precedente. En ese poemario se cifra la esencia del Belliard de los años subsiguientes. Escenario, sintaxis, tono, convicciones: todo cambia en ese memorable año 2007. El Belliard que fue ya no sería. Es como si dejara fluir sus años de formación de poeta y ensayista para sentar las bases de su voz más auténtica y abrir las puertas de la minificción que habrá de abarcar, eso esperamos, la narrativa de largo aliento en los próximos años. Balada del ermitaño lo libera de sus jóvenes maestros, acaso a sabiendas de que toda liberación constituye un alejamiento doloroso, a veces imperdonable.
Los procedimientos narrativos (insisto), la mirada asombrada ante el azaroso mundo circundante pasan a ocupar en Balada del ermitaño el centro de atención. Pero no se trata de una mirada realista, sino marcada por imágenes deslumbrantes al estilo del siempre renovado surrealismo literario. En ese libro, como diría Jean Franco refiriéndose a Lezama Lima: “La violencia de la realidad se hace mítica y como ensoñada”.
Renovándose siempre, en el año 2008 publica Los pliegues del bosque. Los símbolos permanecen (la luna, las sombras, el viento, los sueños); lo que varía en ese poemario es la temática: es un libro erótico signado por destellos de irrealidad, de elementos fantásticos de los que el poeta nunca se desprendió, pero que de ahora en adelante elaborará con mayor dominio, no solo en sus poemas sino también en sus minificciones.
Es el primer libro de minificción publicado por Belliard, género literario cuyo desarrollo en nuestro país le debe mucho a su entusiasmo y dedicación. Sus minificciones profundizan, por un lado, en las paradojas del destino y la incertidumbre que acompaña al ser humano; por otro, en la desesperanza ante lo absurdo y siniestro, en la lógica alucinada de los sueños.
El siguiente poemario publicado es Piel del aire, libro que constituye una reconciliación con la poesía anterior a Balada del ermitaño, y que posee la experiencia que el oficio y la búsqueda escritural ofrecen. Representa un nuevo punto de partida en el oficio de escritor.
Como la vida, la poesía (que es la auténtica existencia) cumple ciclos. Diez años son suficientes para que se produzcan notables cambios en la vida de un ser humano; veinte años, cambios irremediables. “Ah, de la vida! ¿Alguien me responde?” —exclamaría Belliard, citando al gran conceptista español. Pues bien: nadie nos responde.
Pero podemos interpretar ese silencio asegurando que la poesía agota sus períodos, y que el nuevo, desafiante y prometedor ciclo de Belliard inicia con Prácticas de sueños (2014) y con la antología que ponemos a circular con alegría.
Ahora que los años han empezado a transcurrir resulta evidente que la promoción de los años noventa, a la que Belliard pertenece, no inició dando palos a ciegas. Antes, al contrario: estábamos condenados a ser distintos: los “horizontes de expectativas” habían mutado…Sueños isleños, esa radiografía del alma poética que hoy el lector puede disfrutar, es prueba de ello.
Por supuesto, siempre hay más de dos senderos, otras corrientes subterráneas, como afirmaba Luis Harss en Los nuestros, que pasan desapercibidas pero que no son menos importantes. Como las provenientes del surrealismo, para citar un caso, movimiento que realizó aportes trascendentales a la manera de entender el arte, porque “Una vez abierto el depósito del subconsciente, se desvelaba toda una nueva zona de imágenes y energía literaria”.
Como otros escritores de final de siglo, Belliard asimiló enseñanzas, experimentó con nuevas formas, rehízo imágenes; todo para alcanzar a decir lo que esa promoción literaria no podía expresar con los esquemas de la anterior. Es ley de vida: cada promoción persigue nuevas formas porque el mundo nunca es el mismo.
Aprovecho este escenario para plantear (ahora que el tiempo ha empezado a transcurrir) que quizás ha llegado el momento de iniciar una nueva evaluación de la literatura dominicana, es decir, de reinventar el canon; tal vez ha llegado el instante de los nuevos estudios, de las renovadas antologías generacionales. Lo que emerja de ese intento podría arrojar nueva luz sobre el ambiente literario local.
Finalmente, quiero compartir con ustedes el otro motivo de mi felicidad, el que anuncié al inicio de estas palabras. Es este: la certeza de que esta publicación abre las puertas a otros autores dominicanos. ¡Qué estos Sueños isleños (Reves insulaires), de Basilio Belliard, toquen nuevos puertos! ¡Qué la persistencia y constancia de este escritor nos guíen hasta el anhelado estuario de la creatividad permanente!