Con pan y vino, en Semana Santa…

Con pan y vino, en Semana Santa…
MADRID. EFE. Quien recale en Madrid durante Semana Santa y vaya a tomar su desayuno a un bar o a una cafetería se convencerá fácilmente de que la forma que más les gusta a los madrileños de aprovechar el pan sobrante es lo que llaman torrijas… si no fuera porque, si regresa a la capital de España algunos días después, no verá sobre las barras una torrija ni para un antojo.
Sí, los madrileños devoran toneladas de torrijas… pero sólo en Semana Santa. Es algo así como lo que ocurre con el turrón: a todo el mundo le gusta, pero sólo se come en Navidad. Uno, qué quieren que les diga, no acaba de entenderlo; es partidario, sí, de que las cosas se coman cuando están en temporada; pero se refiere a cosas naturales, como espárragos, o fresas, no a elaboraciones que pueden prepararse en cualquier época del año. Las torrijas no son específicamente madrileñas: esa especie de tostadas empapadas de algún líquido y fuertemente azucaradas -en Madrid el líquido predominante es el vino- se consumen en muchos sitios; digamos que los franceses hacen algo muy similar, a lo que llaman pain perdu, pan perdido. Y es que ese pan perdido, ese pan que ya no es fresco, es la materia prima perfecta.
O lo era; porque los panaderos madrileños hace años que elaboran un pan especial para torrijas que no es que esté malo, pero que, a mi modo de ver, desvirtúa el carácter del postre, que no es más que un aprovechamiento o reciclaje, que diríamos ahora, del pan viejo. La torrija más madrileña es la de vino. Ustedes preparen pan de barra, clásico, de la víspera, y córtenlo en rebanadas de un dedo de grueso. Mójenlas bien en un vino tinto bien tinto, y cuando estén bien empapadas rebócenlas en huevo batido y fríanlas en abundante aceite hasta que queden bien doradas, pero sin que se sequen, que han de quedar muy esponjosas. Escúrranlas, espolvoréenlas con azúcar y canela.
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Otra receta
También se toman mucho éstas. Asentado y cortado el pan de víspera, cuezan leche con bastante azúcar, hasta que éste se disuelva, y dejen entibiar. Empapen bien el pan en esa leche azucarada. Batan huevos, y vayan pasando una a una las torrijas, dejando que escurran la leche sobrante, por el huevo batido. No queda más que freírlas en aceite bien caliente y secarlas sobre papel absorbente de cocina. De ahí a una bandeja, el clásico espolvoreo con azúcar en polvo y canela en el mismo estado…