Hoy con Cristo
PASTOR OSCAR AROCHA
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Vuestra fe, más preciosa que el oro que perece, aunque sea probado con fuego, sea hallada digna de alabanza, gloria y honra en la revelación de Jesucristo (1 Pedro 1:7).
Entre todas las gracias, la fe es la más insignificante de todas, porque no es un acto en sí misma, sino un instrumento; tiene una vida temporal, en el cielo ya no es necesaria, no es como el amor o la humildad, que son para siempre, de ahí que tiene, en comparación, menos valor que las otras. Un sello de cera tiene mucho menos valor que una pieza de oro, aun así puede ratificar un pacto que la pieza de oro no puede.
La parte de Dios en el pacto es misericordia, y la nuestra es solo fe. Es maravilloso que la fe sea lo que confirma el pacto de Dios con los creyentes, y que a su vez el pacto sea una promesa: Para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu (Ga. 3:14); la fe es lo que contesta, cumple y satisface todas las demandas y exigencias que el pacto de Dios hace a los creyentes. El pacto no dependa de nosotros, sino de Dios y sus promesas; de parte nuestra solo queda recibir lo que Él da en Cristo Jesús, Señor nuestro.
Entonces, las obras de obediencia estarán por necesidad en los justificados, pero no para justificarlos. El calor es tan necesario en el Sol como la luz, pero no es el calor lo que hace el día, sino la luz. Las obras de obediencia son requeridas como necesarias para la posesión de la salvación, pero la fe en Cristo es lo que da el título y derecho de hacerlas por amor a Dios y ser aceptadas delante de Él. La fe es como el sello con que timbramos las cartas y la obediencia es como la carta. La carta sin el sello no llega; las obras de bien sin fe tampoco son aceptadas. La fe es lo que da valor a todo. Ocurre como el cheque, que sin una firma solvente es un simple pedazo de papel. Por eso se le llama a la fe la madre de todas las gracias. Amén.