Baja de febrero
Baja de remesas es importante pero todavía no preocupa
Existen razones para pensar que el crecimiento de las remesas podría, eventualmente, comenzar a desacelerarse.

Un descenso de un mes de las remesas no marca, necesariamente, un cambio de tendencia.
La baja o descenso de las remesas en febrero —una caída de 29.4 millones de dólares en relación con el mismo mes del año anterior— todavía no constituye motivo de alarma, aunque sí representa un dato importante que conviene observar con atención.
La preocupación sería mayor si esa reducción se produjera durante tres o cuatro meses a lo largo del año. De ser así, el flujo de remesas rompería una racha de al menos dos años sin que en mes alguno se hubiera producido una disminución interanual.
Aun así, el dato no deja de llamar la atención. Las remesas han sido, durante largo tiempo, uno de los flujos externos más estables y dinámicos de la economía dominicana, una suerte de corriente constante que, mes tras mes, ha nutrido el pulso de los hogares y de la actividad económica. Sin embargo, conviene recordar, que una disminución moderada como la observada —si se limita a uno o dos meses— podría ser simplemente transitoria, un leve vaivén en una serie que, por lo demás, ha mostrado una notable fortaleza.
Muy distinto sería el panorama si la baja o reducción se prolongara por tres o cuatro meses consecutivos, pues entonces podría empezar a reflejar un cambio en el ciclo económico externo, cuyos efectos terminarían por sentirse también en la economía nacional. La vigilancia se hace necesaria, además, porque si bien las remesas que recibe el país han dado muestras fehacientes de resiliencia, el júbilo que provoca ese buen desempeño no debe hacernos perder de vista que se están produciendo transformaciones en la comunidad inmigrante y en los flujos migratorios. Tales cambios podrían traducirse, con el tiempo, en una menor participación de las remesas tanto en la balanza de pagos como en el producto interno bruto (PIB).
En primer lugar, la reducción en la entrada de nuevos migrantes a países como Estados Unidos —principal destino de la emigración dominicana— tendería a disminuir, con el paso de los años, el número de personas que envían dinero desde el exterior. Ello podría reflejarse en una reducción del volumen total de remesas o, al menos, en una desaceleración de su ritmo de crecimiento, en contraste con la expansión sostenida registrada en los últimos años. Como comprenderá el lector, las remesas no dependen únicamente de quienes ya residen fuera del país, sino también del flujo constante de nuevos migrantes que logran incorporarse a la fuerza laboral en el exterior.
Asimismo, existe el riesgo de que la aplicación de políticas migratorias más estrictas — mayores controles, penalizaciones, deportaciones o una reducción en la emisión de visas de trabajo— limite el ingreso formal de migrantes, incrementando la proporción de personas en situación irregular. Ello suele traducirse en empleos más precarios o peor remunerados, lo que inevitablemente afecta la capacidad de los inmigrantes para enviar dinero a sus familias, ya sea reduciendo los montos o la regularidad de los envíos.
De modo que existen razones para pensar que el crecimiento interanual de las remesas podría, eventualmente, comenzar a mostrar señales de desaceleración.
Confiamos, en que el profundo vínculo que la diáspora mantiene con la tierra que dejó atrás —esa lealtad silenciosa de quienes, aún estando lejos, siguen siendo guardianes de sus raíces— continúe sosteniendo este flujo vital para la economía dominicana. Y esperamos que, esta vez, el descenso observado no sea más que una breve sombra en una trayectoria que, hasta ahora, ha sido notablemente luminosa.