San Pedro de Macorís
Miramar un barrio de valiosa herencia cocola y evocaciones
Para algunos de los residentes del barrio petromacorisano las casas centenarias, muchas de ellas de madera, deberían ser protegidas y restauradas.

Casa centenaria, símbolo de una memoria arquitectónica en riesgo
El barrio Miramar, en San Pedro de Macorís, es un territorio donde la historia aún se palpa en las casas de madera de más de un siglo, en los sabores que resisten al tiempo y en la memoria de quienes crecieron escuchando hablar de los primeros cocolos que llegaron desde las Antillas inglesas.
Pero también es un sector marcado hoy por el abandono institucional, la precariedad de los servicios y el temor de que una identidad cultural única termine diluyéndose.
“Miramar para mí lo representa todo, porque aquí fue que vivieron mis abuelos, en esta misma casa… aquí nací y es mi barrio”, dice Juan Silié, conocido como Churro, fundador del restaurante El Rincón Cocolo, ubicado en la calle Zayas Bazán. El establecimiento abrió el 2 de mayo de 2002 con el objetivo de: “no perder la gastronomía cocola, es decir, la gastronomía de las islas que vinieron de Saint Kitts and Nevis, Saint Croix, Saint Martin, Curazao”.
El nombre del restaurante no es casual. “Porque somos cocolos”, afirma Silié, quien explica que en la cocina se intenta reproducir lo que comían los bisabuelos que emigraron desde las Antillas inglesas. “Nosotros cocinamos el fungi… harina con molondrón, punto de ajo y punto de sal. Cocinamos también el domplín… y hacemos el bollo con coco”. Tradicionalmente, estos platos se preparaban “con bacalao, con pescado”, aunque hoy también se acompañan con pollo o carne de res, “porque a la gente le gusta”.
Además de la comida, el restaurante se ha convertido en un punto de referencia simbólico para los petromacorisanos que viven fuera del país. “Esas personas llegan a este negocio y son parte de este negocio… se sienten con propiedad de decir ‘ese es mi negocio’”, cuenta Silié, visiblemente orgulloso de que el Rincón Cocolo funcione como una extensión emocional del barrio en la diáspora.
Para muchos residentes, el restaurante es un ícono. Así lo define Marcelo Ignacio Álvarez Mejía, de 76 años y con seis décadas viviendo en Miramar. “Un icono, porque recibe la ciudadanía y además vienen personas del extranjero”, asegura. También lo considera “un punto de encuentro cultural”.
Sin embargo, la realidad cotidiana del barrio dista mucho de esa imagen de orgullo. “En parte está descuidado”, dice Álvarez Mejía, al referirse a la situación actual del sector. Menciona imbornales tapados, falta de fumigación y ausencia de patrullaje. “Aquí pasan los motoristas de noche calibrando… no hay patrulla, no hay nada. Estamos desolados”.
El abandono también es señalado por Silié, quien considera que Miramar no ha podido convertirse en un verdadero destino cultural por falta de respaldo oficial. “Más apoyo… de los gobiernos”, resume. A su juicio, las casas centenarias del sector, muchas de ellas de madera, deberían ser protegidas y restauradas. “Patrimonio no les da nada”, afirma.
La pérdida de la vida comunitaria y cultural es otro tema recurrente. Álvarez Mejía recuerda que en el pasado existían clubes, organizaciones juveniles y dos grupos de Guloyas, “Antes aquí había dos grupos… había otro tipo de movimientos, de bailes, que ahora no se ve. Nada más música, no se ve el entretenimiento para la persona”. Para él, las nuevas generaciones han ido perdiendo la identidad cocola: “cada cual está desbandado”.
También evoca a figuras Nadal Walcott, el artista plástico nacido en Consuelo que vivió en Miramar y era hijo de cocolos procedentes de Saint Martin, Saint Kitts & Nevis y a los escritores Julio César Mota Acosta y Enrique Cabrera Vásquez.
Esa percepción es compartida, aunque con matices, por residentes más jóvenes. Valery Jiménez describe a Miramar como “un barrio tranquilo”, aunque reconoce que “ya no se puede andar de noche”. Aun así, identifica al Rincón Cocolo como “algo emblemático”, porque “te da la comida típica, te da la historia, te da representación, todo lo que representa San Pedro”.
La herencia cocola se mantiene viva, sobre todo, en la gastronomía. Bertha Payne, nacida en Miramar y de ascendencia cocola, lleva unos 30 años vendiendo mabí, una bebida tradicional. “Lo aprendí de mis ancestros”, dice. Sus padres eran inmigrantes: “Mi papá vino de Antigua y mi mamá vino de Sint Kitts”. Además del mabí, recuerda platos como “la harina de maíz con molondrón, pescado (fungi)”.
Pero Payne también habla de dificultades. “Mucho abandono”, señala, y menciona problemas de limpieza y pobreza. “Hay mucha gente pobre”, afirma, aunque destaca que algunos logran sostenerse trabajando en la zona franca.
Miramar es, así, un barrio atravesado por contrastes: orgullo y precariedad, memoria y olvido. Mientras el Estado parece ausente, la resistencia cultural se sostiene en espacios como El Rincón Cocolo y en personas que, desde la cocina, la bebida o el recuerdo, siguen diciendo que Miramar no es solo un lugar, sino una historia que aún lucha por permanecer.