Traumas
"Sobreviví al accidente… pero casi no sobrevivo a la burocracia"
El choque fue solo el inicio. El verdadero trauma comenzó después: en el laberinto de instituciones, protocolos mal aplicados y funcionarios indiferentes.

Mi vehículo luego del accidente
El lunes 10 de noviembre, a plena luz del día, mi rutina como madre junto a mi hija de apenas dos años y medio se convirtió en un episodio marcado por el azar y la burocracia. Conducía mi Toyota Yaris 2007 por la Avenida 25 de Febrero, cerca de la Villa Olímpica, cuando un autobús de transporte turístico impactó de lleno el lado izquierdo del vehículo.
Milagrosamente, mi hija y yo salimos ilesas, con apenas contusiones menores. El automóvil, en cambio, quedó destrozado.
El protocolo dictaba que las autoridades de transporte debían trasladarme a un centro médico. Allí, sin embargo, la respuesta fue tan fría como desconcertante: “No atendemos traumas”. Solo después de la insistencia del 911 recibimos las atenciones de emergencia. Con el dolor del impacto aún presente, al día siguiente comenzó el verdadero calvario: el proceso para recuperar lo que quedaba de mi vehículo.
"Agentes de transito"
En la Digesett de Santo Domingo Este, donde debía levantar el reporte, me encontré con agentes más atentos a conversar sobre la “casa de Alofoke” durante el apagón general del 11 de noviembre que a mi condición de víctima.
Entre insultos y confusiones, me enviaron al canódromo de la Autovía del Nordeste. Allí, un comandante me informó que el carro no estaba en ese lugar, sino en Herrera. El ir y venir apenas comenzaba.
Trauma para reportar choque
De vuelta en la Digesett de la San Vicente de Paúl, me dijeron que era allí donde debía levantar el acta, pese a que ya había perdido horas en trámites inútiles. Al día siguiente, con mi hija en brazos, logré finalmente redactar el documento que debía presentarse en la Fiscalía para obtener la orden de entrega del vehículo. Pero la sorpresa fue mayor: el acta estaba incompleta. Tocaba regresar otra vez.
La cita para corregir el error fue fijada a las seis de la mañana, una semana después. Entre oficinas, traslados y esperas interminables, pasé de ser víctima del accidente a víctima de un sistema que parece castigar más que proteger. Todo ello con mi niña pequeña como testigo silencioso de la incómoda situación.
El choque fue solo el inicio. El verdadero trauma comenzó después: en el laberinto de instituciones, protocolos mal aplicados y funcionarios indiferentes.