Abinader volverá a barajar el dominó

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En la política dominicana, las fichas nunca dejan de moverse. Hay momentos en los que, para ganar la partida, no basta con jugar: hay que barajar de nuevo. El presidente Luis Abinader, quien aspira ahora a presidir el partido, anunciará en estos días nuevos cambios en su gobierno, el hombre parece estar en uno de esos instantes cruciales donde la estrategia exige recomponer la mesa.
Cuando Abinader anunció, con una firmeza que escasea en nuestra política, que no modificaría la Constitución para reelegirse, muchos aplaudieron su coherencia; en un país acostumbrado a ver cómo las promesas se acomodan al poder, fue un gesto disruptivo. Sin embargo, dentro de su propio partido, esa decisión fue interpretada de otra manera: como una señal de apertura para que los llamados “presidenciables” empezaran a mover sus fichas, tantear alianzas y posicionarse para el futuro. Lo que en el tablero nacional fue un acto de respeto institucional, en el PRM fue el disparo de salida para una carrera adelantada.
El problema es que las barajas, en política como en el dominó, no siempre están bien mezcladas. A veces las mismas fichas caen en las mismas manos y la partida se vuelve predecible, desigual y peligrosa para quien está en la cabeza de la mesa, y Abinader lo sabe. Por lo que, quiere seguir dirigiendo la partida —esta vez no como candidato presidencial, sino como líder incuestionable de su partido—, tendrá que barajar de nuevo. Y eso implica redistribuir el poder, refrescar el equipo y reequilibrar las fuerzas.
Hasta ahora, el presidente ha gobernado más pensando en el tablero nacional que en el interno. Sus prioridades han sido las reformas, la economía, la estabilidad y la imagen internacional. Pero en ese enfoque, las bases partidarias han quedado, en buena medida, fuera del juego. Muchos dirigentes sienten que el acceso al Gobierno no ha significado mayor cercanía con la militancia ni una redistribución de oportunidades políticas. Esto ha permitido que figuras con aspiraciones propias ganen terreno entre sectores que se sienten relegados.
Aquí es donde la metáfora del dominó cobra fuerza. “Barajar” en este contexto significa reorganizar alianzas, abrir espacios a nuevos jugadores y, sobre todo, garantizar que quienes hoy están en la banca tengan razones para respaldar al capitán del equipo. No se trata únicamente de repartir cargos, sino de articular una visión que mantenga cohesionada a una organización en la que todos saben que, tarde o temprano, se jugará la partida más importante: la de la sucesión.
Abinader enfrenta un reto que va más allá de la coyuntura. Deberá convencer a los altos dirigentes —aquellos que definen candidaturas, agendas y lealtades— de que, bajo su liderazgo, el partido seguirá siendo competitivo y, sobre todo, un espacio donde las fichas se reparten con justicia estratégica. Si no logra esa recomposición, corre el riesgo de que la mesa se fracture antes de tiempo, con partidas paralelas que debiliten el juego principal.
La pregunta es si el presidente tiene la disposición de dedicar el tiempo y el capital político necesarios para este proceso interno, sin descuidar el Gobierno. “Barajar” requiere paciencia, cálculo y, a veces, dejar en suspenso jugadas seguras para preparar un golpe maestro más adelante. Pero también implica reconocer que, por muy buena que haya sido la mano inicial, nadie gana un torneo de dominó sin adaptarse a las fichas que le tocan en cada ronda.
En un país donde la política es un juego de resistencia, memoria y astucia, Luis Abinader está a punto de demostrar si es capaz de pasar de jugador a arquitecto de la mesa. El dominó, después de todo, no se gana solo con buenas jugadas: se gana con una baraja inteligente y un equipo que crea en la estrategia.