Acerca de irrespetos y pérdidas
JACINTO GIMBERNARD PELLERANO
Cuando a mi abuelo paterno, Etanislao Gimbernard, apodado Laíto Prestol -no porque en la familia hubiese alguien que prestara dinero, lo cual nunca sucedió, sino porque una característica familiar era la nerviosidad, la impaciencia que los inducía a demandar presteza y a exigir las cosas presto- pues este abuelo excitable e irritable escuchó la afirmación que de un extraño cajón dotado de artefactos indescifrables se podían escuchar voces y sonidos provenientes de Londres, se puso rojo de ira y, echando mano a su revólver, amenazó con entrarle a tiros a quienes querían burlarse de él.
Sucedió que el entusiasmo de los dueños del receptor de radio, recién comprado en Nueva York (que era ciudad reverenciada) empezaron a escuchar, entre estática y chirridos diversos, el sonido de una campana.
-¡El Big Ben londinense! -exclamaron en éxtasis.
-¡Qué carajo! esa es la campana de la Catedral que está en la esquina -dijo mi abuelo.
Y lo era.
Pero hoy no es así. La globalización nos arropa con mantas espesas y pesadas. La tecnología nos manipula, nos robotiza, nos deshumaniza.
Julio Verne predecía (era un predictor desconcertante) que el fin del humano se debería al desarrollo de tecnologías que habrían de suplantar las actividades naturales del humano. Se limitaría a la función de oprimir suavemente teclas que le ofrecerían información especializada, coordinarían cuentas bancarias, efectuarían compras de todo lo necesario -y no necesario- en el hogar del solitario o del cabeza de familia. Apenas tendría que moverse.
Estamos llegando a eso, fuera de las horas de oficina en las cuales los empleados deben estar presentes para sentarse ante una pantalla ilumínica que lo sabe todo si el usuario está a la altura de acceder adecuadamente a tan formidable tecnología.
Es que estamos cruzados por ondas de información y distracción visuales o meramente sonoras. Satélites artificiales nos vigilan, nos ubican, nos ven. Informan si estamos en el baño realizando cualquier necesidad, o si fuimos a la cocina a freír huevos, o si estamos tratando de ocultarnos bajo la cama.
El ejemplo lo tenemos con el panameño Manuel Noriega, un hombre de la CIA que se hizo del poder con fuerte apoyo aguileño y cuando no convino por sus excesos en el narcotráfico y otros asuntos, fue ubicado, fue apresado y trasladado a Estados Unidos con ayuda aperplejante de la tecnología satelital capaz de verlo donde se encontrara.
Ya el humano no tiene privacidad.
Ahora le quieren arrancar también los valores multiseculares.
No se detienen.
No respetan ni a Jesucristo, que aunque diciendo él cosas que ya se habían dicho en la filosofía védica, brahmánica y sánscrita en cuanto a actitudes espirituales, marcó y marca una diferencia, como la que marcaría alguien bien intencionado pero sin poder, y otro, gran dueño de fuerza, que declarase que hay que respetar las culturas y tradiciones y que no se puede obligar a Oriente -medio o lejano- a la adopción de una democracia estilo norteamericano, harto defectuosa bajo los disfraces que le tiran encima. Todo depende de quién lo diga.
Durante el tiempo -un par de años- que viví en los Estados Unidos dentro de grandes Orquestas Sinfónicas, conocí jóvenes maravillosos en su idealismo, creyentes en la pulcra honestidad de los gobernantes de su país que los enviaban a morir en lejanas tierras, de nombres apenas pronunciables, para imponer la democracia y evitar o erradicar los abusos a las poblaciones.
Muchos, muchísimos, se enteraron de que se trataban de maniobras políticas inducidas por propósitos mercuriales.
Pero ya era tarde. Habían perdido la vida sana, les faltaba un brazo, una pierna…más que todo, les faltaba la ilusión de tener razón y hacer el bien.
Ahora, personajes astutos de la comunicación nos quieren quitar a Jesús.
Al Jesús de nuestra esperanza y consuelo.
Primero dicen que no resucitó y que murió de viejo en territorio francés.
He visto en Israel las dimensiones y peso de las piedras circulares que sellan las tumbas como aquella en que Jesús fue sepultado en una propiedad de José de Arimatea, rico admirador del Maestro.
Ahora un reportaje de EFE firmado por José Méndez, publicado en la sección Semana Santa 2007 de este periódico nos pone frente al titular: ¿Realmente murió Jesús en la cruz? sugiriendo que en verdad estaba en coma cuando fue descendido de la cruz, o en trance.
Si no se apresuró su muerte pudo deberse a negligencia, ignorancia, soborno o complicidad de la soldadesca romana.
O sea que nuestra fe está basada en una mentira.
Es decir, un acontecimiento que tiene veinte siglos y que ocurre cuando las crucifixiones no eran nada insólito, sin que venían desde lejos en el oriente, lo recordamos hoy con reverencia, entre muchos miles de crucifixiones de inocentes personajes, ¿acaso por un incomprensible capricho o un formidable éxito propagandístico de una organización religiosa o de las muchas que de allí se desprendieron?
La propaganda nunca ha sido tan efectiva ni tan duradera.
Tengamos en cuenta que las instituciones supuestamente seguidoras de Jesucristo, se han comportado inversamente a las enseñanzas del Maestro, y acumulan riquezas y despreocupaciones reales en cuanto a las necesidades de los pueblos. Lucas, en Hechos, 2, 44-47- dice que Los creyentes vivían unidos entre sí, y nada tenían que no fuese común para todos ellos…Vendían sus posesiones y demás bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno…partiendo el pan por las casas, tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón. alabando a Dios y haciéndose amar de todo el pueblo…
¿Han hecho tal cosa quienes dicen seguir a Cristo?
Un ilustre sacerdote me decía que la verdad de la iglesia es que los seguidores, sus miembros, no han podido acabar con ella. Destruirla. Es que encierra una gran verdad ininteligible para nosotros.
Una verdad que no se mueve aunque surjan oportunismos periodísticos y ventajismos conceptuales, mentirosos y utilitaristas.