Atendiendo al llamado de Emilia Pereyra

Ramieri Delgadillo
En el periodismo estamos acostumbrados a contar las historias de los demás, pero muchas veces dejamos en silencio las nuestras. Ese silencio ha sido cómplice de una realidad que no podemos seguir normalizando: el acoso en los espacios laborales, incluso dentro de las redacciones y los medios de comunicación.
El acoso sexual no distingue jerarquías ni instituciones. Está presente en oficinas, universidades, empresas, y también en el periodismo, donde se suele disfrazar bajo el poder de un jefe, la presión de un colega o la complicidad de un sistema que prefiere callar. Cada mujer periodista que enfrenta insinuaciones, comentarios o chantajes sabe que, además de la violencia, enfrenta la amenaza del descrédito profesional si se atreve a denunciar.
La reciente solicitud de libertad para el comunicador Pablo Ross, condenado a 10 años de prisión por incesto contra su entonces hijastra, volvió a traer a la conversación pública un caso que marcó a la opinión nacional. Pero antes de ese desenlace, en los pasillos del periodismo ya se sabía de sus comportamientos abusivos. Su historia es la muestra más clara de cómo el acoso puede convivir con el prestigio y la influencia mediática, hasta que una denuncia rompe la fachada.
Este problema no es nuevo. Desde hace décadas, muchas mujeres en los medios han debido elegir entre callar para conservar su espacio o hablar y arriesgarse a la exclusión. La consecuencia es clara: una cultura donde el acoso se oculta, se normaliza y rara vez se sanciona.
Por eso resulta tan significativo el acto de valentía de Emilia Pereyra, periodista y escritora de reconocida trayectoria. En su testimonio, ella relata haber vivido situaciones de acoso en el ámbito laboral por parte de Ross y cómo estas experiencias marcaron su carrera. Reconoce que durante años optó por el silencio, como tantas otras mujeres, porque hablar significaba exponerse a represalias, vetos profesionales y a la duda social que suele recaer sobre las víctimas.
Compartir su experiencia, con la valentía de nombrar lo innombrable, abre una grieta en la cultura del silencio. Y esa grieta es, quizás, el primer paso para que la verdad deje de estar atrapada entre el miedo y la impunidad.
Testimonio íntegro de Emilia Pereyra
Pablo Ross, otros acosadores y el silencio roto
La reciente petición de libertad para el comunicador Pablo Ross me ha llevado a revivir una experiencia personal de acoso que sufrí mientras trabajaba con él en CDN radio. Agradezco infinitamente la protección que me brindó Fernando Hasbún, entonces director del emporio comunicacional, cuando le informé sobre el problema que me causaba Pablo Ross.
Mi querido amigo Jesús Nova conoce muy bien esta historia.
El caso de Ross, en otro espacio y tiempo, fue un escándalo público y judicialmente probado: fue condenado por incesto contra una hijastra y está pagando su delito en prisión.
En aquel entonces, muchos sabíamos que Pablo Ross era una persona enferma dentro del medio. Ojalá su tiempo en la cárcel le haya posibilitado una verdadera regeneración que le permita reinsertarse de forma positiva en la sociedad.
Otros acosadores y el silencio en República Dominicana
En República Dominicana no tuvimos un movimiento #MeToo, pero no por falta de casos, sino porque muchas mujeres hemos optado por el silencio como mecanismo de defensa y protección.
A lo largo de mi carrera en la comunicación y la literatura, me he encontrado con varios acosadores. Lo más perturbador es que el acoso ha venido, principalmente, de hombres a quienes la sociedad considera brillantes y ejemplos de moralidad.
¿Qué pasa cuando se les dice «No»? Cuando rechazas sus «avances románticos» o sexuales, usan su poder e influencia para cerrarte puertas, vetarte en ciertos espacios o desmeritar tu trabajo.
Personalmente, todavía hoy padezco las consecuencias de haberme negado a sus fantasías. Sé muy bien por qué se me ha negado la entrada a determinados círculos. El costo del «no» es real.
Un mensaje para las jóvenes
Nunca antes había hablado de estos casos públicamente, pero conviene romper el silencio. Deseo que las jóvenes que inician su camino profesional estén preparadas.
Se van a encontrar con estas situaciones. El acoso es una triste realidad en muchos ambientes laborales.
Prepárense.
Protéjanse.
No se queden calladas. Busquen apoyo en personas de confianza.
¡El acoso sexual no es una opción! Emilia Pereyra