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Por Paíno Abreu Collado

Debo confesar que a pesar de mi amor por la naturaleza, extrañamente hasta hace unos pocos días no había tenido ocasión de visitar el Jardín Botánico de Santiago, inaugurado en el año 2019 con el nombre Prof. Eugenio de Jesús Marcano Fondeur, rindiendo honor a ese ilustre botánico y entomólogo “tamborileño” (de Licey al Medio), de quien fui orgulloso alumno.

Son 650 mil metros cuadrados, todo tan verde como se vislumbra el futuro dominicano, y prácticamente dentro de la ciudad de Santiago, ya que el distrito municipal San Francisco de Jacagua, donde está ubicado, es parte de la zona urbana de la cabecera provincial.

Junto a dos de mis hermanos que coincidíamos en la “Ciudad corazón”, disfruté a plenitud una caminata de varias horas a través de los más de 10 kilómetros de calles y senderos internos del majestuoso parque.

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El Jardín Botánico está en una etapa de ajuste y crecimiento, y será dentro de algunos años cuando se notarán mejor los grupos de especies representativas de la flora dominicana.

Debemos reconocer los esfuerzos del Ing. Eleuterio Martínez, del biólogo Ricardo García y del exsenador y exministro de Medio Ambiente, Francisco Domínguez Brito, entre otros, quienes tuvieron la iniciativa y defendieron a capa y espada la necesidad de conservar este espacio para la naturaleza, después que sus bosques fueran depredados, sus suelos cultivados y el desarrollo inmobiliario estuviera al acecho.

En mi juventud fui cazador de aves hasta que hice el proceso de conversión al ambientalismo en la Sociedad Ecológica del Cibao (Soeci), en los años 70 y, más tarde, asumiendo funciones políticas con responsabilidades temáticas sectoriales.

Por esa experiencia me pude dar cuenta rápidamente de dos situaciones extrañas en el Botánico de Santiago. La primera fue el sorprendente y aparentemente tranquilo cruce de guineas por uno de los senderos delante de nosotros. En mis tiempos, encontrar guineas cimarronas implicaba madrugar y caminar muchos kilómetros para llegar antes del amanecer y tomar posición en los sitios de conucos donde presumiblemente vendrían estas esquivas gallináceas. Las del Jardín Botánico santiagués andan como “Pedro por su casa” y con el tiempo se adaptarán más a la gente debido a la alta visitación.

La otra situación fue todavía más sorprendente al encontrarme con un raro comportamiento del conocido pájaro carpintero. Como sabemos, esta ave acostumbra a anidar en huecos que perfora con su duro pico martillo en el fuste de nuestra palma real, donde viven en comunidades y se procrean. La cuestión es que en el Jardín Botánico de Santiago todavía no hay palmas con el suficiente desarrollo como para que puedan ser aprovechadas por estas aves. En mi caminata no observé palmas adultas, sí juveniles en crecimiento.

Mi relación con el pájaro carpintero fue en principio de odio y luego de fascinación. Al iniciar mis estudios de agronomía, el Melanerpes striatus, como se llama la especie de esta ave que vive en nuestra isla, era considerado erróneamente una plaga mayor para los productores de cacao y otros frutos. A tal punto fue así que la Secretaría de Agricultura estableció en los años 60 y 70 un programa de compra de su lengua al precio de dos centavos la unidad con el propósito de acabar con el ave o disminuir su población.

Me sumé a la campaña y reuní las 150 lenguas que requería la entidad para trocarlas por un rifle de perdigones marca Sheridan (calibre 22), que en ese entonces se podía adquirir por tres pesos.

Cientos de cazadores de todo el país, quien escribe entre ellos, matamos miles de carpinteros en el entendido que hacíamos bien. Es un ave muy fuerte y muchas de ellas al caer heridas y ser atrapadas se defendían a picotazos y con sus fuertes garras de cuatro dedos, dos hacia delante y dos hacia atrás, eran capaces de causar heridas a sus victimarios.

Por fortuna ni el gobierno ni los cazadores pudieron acabar con los pájaros carpinteros de nuestro país, su capacidad de resiliencia superó la orden de matarlos.

Hoy sabemos que el carpintero picoteará una que otra mazorca de cacao, algún que otro coco o naranja, pero las funciones ecosistémicas que cumple son tan fundamentales que lo convierten en especie clave para la salud y biodiversidad de los bosques. Las cavidades que hacen para sus nidos son utilizadas posteriormente por otras especies que no pueden excavarlas por sí mismas (cotorras, pericos, búhos, cuyayas, golondrinas, entre otras muchas); además, juegan un rol de control biológico al alimentarse de invertebrados que sí son plagas forestales y agrícolas. Otra importante función es la dispersión de las semillas de los frutos que consumen, facilitando la regeneración del bosque y contribuyendo a la propagación de especies.

La presencia del pájaro carpintero con su colorido y estridente canto, favorece el atractivo cultural de las zonas donde habitan, incluyendo parques urbanos. Y aquí viene el por qué lo he sacado a colación en relación con la visita al Jardín Botánico de Santiago.

Resulta que el “Cristo vivo”, uno de los atractivos del jardín, colocado estratégicamente en su punto más alto para permitir visualizar toda el área y parte de la ciudad de Santiago de los Caballeros, no cesa de ser crucificado.

Ahora no son los “judíos” quienes se ocupan de maltratar al Cristo de la Misericordia, sino estas aguerridas avecillas que desde abajo se ven pequeñitas en la enorme escultura de 15 metros de altura. Al parecer no han encontrado en la zona palmas u otros árboles que les sirvan para hacer sus nidos y decidieron escoger el crucifijo.

Se observa en él una numerosa colonia de carpinteros que ha horadado la cabeza, el cuello, los brazos, el pecho, el abdomen, las piernas y prácticamente todo el cuerpo de la enorme estructura.

La verdad, no sé si se podrá esperar que las palmas del Jardín Botánico crezcan antes de que los pájaros carpinteros hagan caer el Cristo hecho pedazos. Mi consejo: ¡Ojo al Cristo!

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