Cuando la sociedad normaliza el abuso

Radhive Pérez
Hay frases que duelen, y no solo por lo que dicen, hieren más profundamente por la calma con la que se pronuncian. La sociedad las repite sin inmutarse, como si fueran inofensivas, cuando en realidad llevan dentro el germen de una violencia colectiva.
“Me pregunto si las veces que ella hizo el amor con él, fue en contra de su voluntad”. Así escribió un comentarista en un diario de circulación nacional, refiriéndose a una menor de edad abusada por un hombre adulto con notoriedad pública. Lo escribió con esa naturalidad espantosa con la que solemos maquillar la crueldad de lo cotidiano. Como si una niña tuviera el deber de saber consentir o negarse ante alguien que le dobla la edad, el poder y la experiencia. Como si aún no entendiéramos que, en contextos de desigualdad tan profunda, la voluntad nunca es verdaderamente libre.
Wander Franco, figura del béisbol, fue hallado culpable de abuso sexual contra una menor en nuestro país. La noticia ocupó titulares, y pronto se diluyó en la marea del espectáculo deportivo. No hubo un clamor general, apenas unas pocas muestras de desaprobación tibia. Como sociedad, estamos acostumbrados a mirar hacia otro lado cuando las víctimas son niñas.
Nos sacude más la caída del ídolo que la fractura irreparable de una infancia violentada. Nos cuesta llamar a las cosas por su nombre: abuso, delito, crimen. Preferimos los eufemismos: “relación impropia”, “romance ilícito”, “desliz”. No, sociedad dominicana, esto (lo que ha sido y es) se llama violencia.
La normalización de estos abusos viene de lejos. Está sembrada en relatos que glorifican al macho conquistador y desdibujan la humanidad de las niñas. La cultura patriarcal fabrica narrativas donde la culpa cae sobre la víctima, donde se la hace responsable del daño que sufre. Qué fácil es olvidar que el consentimiento de una menor no tiene validez ni legal ni ética, y que un adulto que lo usa como excusa solo confirma su apetito por el abuso de poder.
Y así, mientras la ley sanciona, los jueces reducen las penas y la sociedad absuelve con una facilidad que estremece. Y es que tenemos mucha experiencia absolviendo a varones poderosos, trivializando la devastación de quienes apenas están aprendiendo a nombrar su cuerpo. Cada vez que alguien escribe con liviandad que “hicieron el amor”, va enterrando la dignidad de la víctima bajo capas de ignorancia y desprecio. Cada vez que se ironiza o se relativiza, se enseña a otras niñas que su dolor será tema de sobremesa, chiste o nota breve en un periódico.
Es inevitable preguntarse: ¿qué pasaría si fuéramos capaces de mirarnos al espejo con honestidad? ¿Si entendiéramos que cada comentario que banaliza el abuso, cada silencio cómodo, cada broma que trivializa la violencia, forma parte del mismo entramado que permite a los agresores actuar sin consecuencias?
Somos una sociedad que exige decencia de puertas para afuera y protege el abuso de puertas para adentro. Una sociedad que aplaude a sus ídolos, aunque su pátina esté manchada de ultraje.
Ojalá nos alcance la vergüenza para empezar a cambiar. Ojalá aprendamos a sostener la mirada frente a lo insoportable. El futuro se decide con lo que toleramos hoy. Y cada vez que callamos, que justificamos, que dudamos de las víctimas, renovamos un pacto siniestro que trata el abuso como si fuera inevitable. No lo es. El abuso es violencia. Y su normalización, nuestra peor derrota colectiva.