Editorial
¿Correr hacia salvavidas porque RD se hundirá?
El costo para la sociedad: que la lucha política seguirá pareciendo una mascarada que no busca respaldo con ofertas de soluciones concretas y comprobables sino con descalificaciones al rival.

Editorial
No podría tener mucha confianza en el futuro el receptor de informaciones que solo pusiera oídos a la narrativa catastrofista de liderazgos unidireccionales que describen al país al borde del naufragio en busca de capital político con énfasis en valoraciones exclusivamente negativas sobre quienes dirigen la nave común que es la República. Por lo regular denuestan –con contadas excepciones- sin tomarse el trabajo de invocar cifras básicas de absoluto crédito sobre el curso de la economía y las ejecutorias de Estado que reflejen con propiedad la realidad al margen de retóricas de ocasión y limitado objetivo electorero. Sus estridentes críticas suelen pecar de hiperbólicas y generalizadoras. Mientras su franqueza no incluya capacidad de reconocer luces en los destinos nacionales -quizás limitadas- pero reconocidas por entes locales e internacionales situados al margen de intereses partidarios amorfos y sin ideologías, sus estrategias para lograr primacía sobre la opinión pública podría darles resultados como herramientas de seducción sobre masas sin destreza analítica. El costo para la sociedad: que la lucha política seguirá pareciendo una mascarada que no busca respaldo con ofertas de soluciones concretas y comprobables sino con descalificaciones al rival. Con discursos y exposiciones que desde ya ponen énfasis en demostrar que los demás competidores en busca del poder solo servirían para echarlos al zafacón. Se augura la insistencia en conquistar voluntades -como se hace desde antes de llegar a la campaña electoral- sin articular ofertas que garanticen un manejo eficiente de la cosa pública; sino con el arte de la descalificación temprana. A la emisión de críticas basadas en adjetivos totalizadores sobre “lo malo que son los otros” seguiría, como para cuatrienios anteriores, la abundancia de ofertas de soluciones mágicas y rápidas a problemas estructurales y complejos.
Es decir: el proceder partidario que finalmente defrauda a los electores que terminan echando en un mismo saco a las dirigencias tradicionales y abren espacio a mesiánicos aspirantes que emergen con adhesiones a los radicalismos, de izquierda o de derecha, que ya tienen terreno ganado en otras geografías. ¡Ahí sí es verdad que la pintura es dura!