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Las bancas de apuestas se han extendido en todo el país como la verdolaga. Y esta no es una metáfora, es una realidad que vemos con tan solo levantar la cabeza doquiera que estemos, sobre todo en los sectores populares. Son tantas y tantas que nadie, ni dentro ni fuera del Gobierno, está en condiciones de ofrecer cifras que sean definitivas.

Su crecimiento ha sido exponencial, y lo seguirá siendo, porque ninguna autoridad ve este fenómeno con preocupación. Una encuesta de Mipymes registró 57 mil, en números redondos, pero estas son las llamadas formales. Hay quienes hablan de 75 mil, incluyendo las informales, otros estiman que son unas 100 mil y en ocasiones gente de las mismas bancas, de la política partidaria y de los medios de comunicación han sugerido números que llegan hasta las 130 mil.

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Nadie puede negar que el juego forma parte de la cultura de los dominicanos. Se aprende a apostar desde niño, desde cuando se apuesta a decir, con los ojos cerrados, cuál es la marca del carro que pasaba frente a los chiquitines. Las peleas de gallos nos deleitan, las loterías nos entretienen y a su alrededor se ha desarrollado una actividad particularmente lucrativa.

Los expertos –siquiatras, sicólogos y sociólogos— tendrán que decirnos por qué el dominicano es tan dado al juego y por qué es un fenómeno tan vinculado a la pobreza; si el fenómeno –ludopatía– está relacionado o no a algún rasgo de nuestra personalidad.

Mientras, debe preocuparnos la gran cantidad de dinero –miles de millones de pesos al año– que la población dominicana dedica a los juegos; por qué las bancas de apuestas no han podido ser registradas o formalizadas en su mayoría; por qué el Estado dominicano es tan flexible ante las bancas y los “banqueros”; por qué los banqueros son tan amigos del poder y por qué se incumplen las normativas sobre la ubicación territorial de las bancas.

La institucionalidad del país va más allá de los órganos estatales, de hacer y promulgar leyes. La institucionalidad tiene que ver también con el cumplimiento de la función del Estado y de los órganos de este, empezando por el Gobierno.

En el entretanto, las bancas de apuestas siguen extendiéndose por todo el territorio dominicano como la verdolaga… Y no es una metáfora.

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