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Guardianes de la verdad Opinión

Explotación sexual

Epstein y la cultura de la respetabilidad masculina

La doble moral no es una anomalía dentro del patriarcado; es parte de su mecanismo de conservación.

Los archivos sobre el caso Epstein se liberaron por el Departamento de Justicia.

Los archivos sobre el caso Epstein se liberaron por el Departamento de Justicia.

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El caso de Jeffrey Epstein deja algo más perturbador que la confirmación de una red de explotación sexual blindada por el dinero y las conexiones. Nos deja la pregunta de qué significa realmente que un hombre sea “admirable”.

Durante años vimos nombres que parecían impecables y que correspondían a políticos de trayectoria, empresarios brillantes, académicos con aura intelectual, filántropos celebrados. Hombres cuya reputación lucía sólida, casi intocable. No todos cometieron delitos, pero demasiados convivieron con un sistema de abuso sin romper el silencio. Y ese silencio pesa mucho.

“It’s not all men”, se repite como un reflejo condicionado. Y sí, no todos los hombres ejercen violencia, pero cuando observamos los patrones históricos, la constante es que, en la inmensa mayoría de las redes de abuso estructural contra mujeres y niñas, hay un hombre en el centro del poder que las posibilita.

No es un caso aislado, por lo que, reducirlo a la historia de un depredador sería simplificarlo. Es la historia de un ecosistema que permitió que el abuso ocurriera y se sostuviera en el tiempo.

Y en ese engranaje, la respetabilidad masculina opera como blindaje. El traje impecable. El discurso correcto. La filantropía estratégica. Esa imagen pública de “hombre decente” que, en lugar de generar sospecha, genera confianza.

La doble moral no es una anomalía dentro del patriarcado; es parte de su mecanismo de conservación.La misma cultura que premia la agresividad económica y el liderazgo dominante fabrica también narrativas de decencia que protegen a quienes encarnan ese poder.

Así, un hombre puede ser presentado como mentor o benefactor mientras tolera o participa en prácticas violentas contra mujeres y niñas. Y la contradicción no necesariamente destruye su reputación. A veces ni siquiera la erosiona.

Para muchas mujeres, esto no sorprende. Confirma. Porque la desconfianza no nace del prejuicio sino de la experiencia acumulada. Se aprende, muchas veces a la fuerza, que la cortesía pública puede coexistir con la violencia privada, que el discurso de valores puede convivir con la explotación, que la imagen no garantiza la conducta.

Esa fractura entre lo que se proyecta y lo que se hace constituye una forma profunda de traición al género femenino. No solo por el daño directo a las víctimas, sino porque erosiona la posibilidad misma de confianza social.

Cuando quienes ocupan posiciones de prestigio participan en redes de abuso o guardan silencio frente a ellas, el mensaje implícito es que la reputación masculina pesa más que la seguridad de las mujeres.

Por eso el debate no puede limitarse a esperar que “los hombres buenos” transformen el sistema desde dentro. La historia muestra que los sistemas de poder rara vez se reforman únicamente por voluntad de quienes se benefician de ellos.

Las conquistas en materia de derechos de las mujeres, desde el sufragio hasta la tipificación de la violencia de género, no fueron concesiones espontáneas. Fueron resultado de presión organizada y movilización sostenida.

Eso no implica descartar la posibilidad de aliados masculinos. Implica reconocer que el cambio estructural no puede depender exclusivamente de ellos.

Este caso obliga a levantar la mirada del individuo y examinar la estructura completa. El problema no es solo cuántos sabían, sino cómo tantos pudieron seguir siendo percibidos como respetables mientras el abuso ocurría en su entorno.

La indignación suele agotarse en el escándalo. Lo verdaderamente transformador sería cuestionar la cultura que permite que hombres “decentes” coexistan con estructuras de explotación sin perder legitimidad. Mientras esa cultura permanezca intacta, los nombres cambiarán. El patrón, no.

Sobre el autor
Radhive Pérez

Radhive Pérez

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