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Las mil y una muertes maternas

Las mil y una muertes maternas

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Dichosa edad y dichosos tiempos expresaría el narrador medieval; sin embargo, aún en el siglo XXI se puede afirmar que los años de la niñez siguen siendo la época de los sueños y de la fantasía en que lo imposible se vuelve posible.

Todavía resulta más fructífera esa primera década de vida si se cuenta con una dulce e inagotable abuela que cada noche llene nuestra memoria con largas y encadenadas historias tal y como aparecen en el personaje de la bella y hermosa Scheherazade. La desdichada joven virgen estaría condenada, al igual que otras tantas, a morir al amanecer, luego haber convivido la noche anterior con el rey.

Sin embargo, ella sobrevivió usando el ardid de hacerle un cuento incompleto al soberano que no acababa hasta la siguiente noche en donde se enlazaba con una nueva historia.

La abuela no solamente hacía cuentos a sus nietos que éramos muchos, sino que además era la comadrona del lugar y todos los que fuimos el fruto de su experta mano de partera le llamábamos mamá.

La tasa de mortalidad materna de la mamá abuela se mantuvo en cero hasta el último alumbramiento que asistió. Muy distinto es el desenlace de la historia real acontecida en la capital de la República Dominicana en el albor del nuevo milenio en donde una adolescente de escasos quince años se embaraza en febrero de 2011, siendo atendida por especialistas en un avanzado y moderno centro de salud.

Cuatro meses después comienza a sangrar por vía vaginal y se le informa que el bebé está “fuera de su centro” lo cual requiere de un legrado terapéutico.

Narra una hermana de la paciente que el obstetra le extrajo a su familiar un contenido que parecía un ramillete de uvas. La jovencita fue enviada a su hogar sin otras recomendaciones. En enero de 2012 retorna a la consulta con fuertes dolores de cabeza y un sangrado vaginal. Una prueba de embarazo arroja resultados positivos. Rápidamente la enferma hace un deterioro neurológico siendo incapaz de mover las extremidades.

A esto le siguió un estado comatoso del cual jamás volvió a recuperar la conciencia. La autopsia evidenció un cáncer uterino llamado coriocarcinoma, secundario al embarazo molar acontecido once meses atrás y que no fue atendido de manera correcta.

Dicho tumor se había diseminado al pulmón y al cerebro. La metástasis al sistema nervioso central puso fin a la vida de esta desafortunada jovencita. Y pensar que esta es una de las neoplasias ginecológicas malignas que expresan una respuesta excelente y efectiva a la quimioterapia. El medicamento efectivo se conoce desde la segunda mitad del siglo XX.

La víctima no llegó a contar 240 noches de historias antes de que el rey asesino dispusiera de ella. La hoy fallecida se inserta en el escandaloso grupo de las mil y una muertes maternas evitables que otra abuela contará con horror.

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