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Reflexión

Liderazgos y divisiones

Lo que acontece en el espectro opositor, más allá de las personalidades enfrentadas, obedece al factor de reacomodo del mercado electoral históricamente caracterizado por dos fuerzas partidarias esenciales.

Palacio Nacional

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La lucha intrapartidaria produce enconos caracterizados por un altísimo componente personal. Atrás quedaron las pujas programáticas y disquisiciones orientadas por enfoques ideológicos. Aquí, la tradición política pudo utilizar el esquema de los conceptos como ardid, pero el sentido de lo individual siempre allanó el camino de la autoridad personal. Por eso, los caudillos como retranca de la democratización, y, de paso, la instauración de una lógica apegada a rupturas y distancias insalvables porque el líder de turno se entendió dueño de la organización.

El ajusticiamiento de Trujillo no conculcó la raíz autoritaria de los partidos llamados a democratizar la sociedad. Bosch, Peña y Balaguer, encauzaron niveles de influencia en sus jurisdicciones electorales y segmentos de la sociedad construyendo una noción muy particular del liderazgo. No cedían, imponían sus criterios y cualquier asomo de disenso se respondía con la expulsión o acorralamiento.

Lo que acontece en el espectro opositor, más allá de las personalidades enfrentadas, obedece al factor de reacomodo del mercado electoral históricamente caracterizado por dos fuerzas partidarias esenciales. Con la gravedad de que, el fortalecimiento de una conduce a la disminución de la otra. Y se profundiza por los desbordamientos personales, sin límites, en capacidad de dañar relaciones primarias en dirigentes con muchos años de cercanía y construcción de sueños, descarrilados por bellaquerías inimaginables.

Las disputas PLD-FP calcan las viejas reyertas del PRD, debido al factor personal. Eso sí, cargadas, de daños graves porque el pecado original tiene de base una presunción de no apoyo en el 2000, respondido con la rabia de introducir el componente de narcotráfico como forma de descrédito. Se olvida con frecuencia, que las heridas por disputas políticas, al transitar el territorio de lo íntimo y honor personal, no tienen manera de cicatrizar. En ese sentido, lo que muchos asumen de confrontación política termina en carrera infernal intentando obstruir las aspiraciones del que consideran causante de desgracias irreparables.

Hasta las elecciones del 2028, el país será escenario de un deseo de preservación desafiando el interés de aniquilación. De ahí la carga ponzoñosa debidamente concentrada en reducir el curso de procesos de insignificancia electoral como los del PRSC y PRD. Así, los que se atrincheran en el PLD saben que, en mayo del 2028, lo que está en juego es mantener con vida un símbolo partidario con roles importantes en el desarrollo democrático de la nación.

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Guido Gómez Mazara

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