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Este artículo se refiere a un relato del escritor Harold Hubbert. Consiste en lo siguiente: al estallar la guerra entre Estados Unidos y España era indispensable entenderse urgentemente con el jefe de los revolucionarios de Cuba. En esos momentos el jefe, el general García, estaba emboscado en las cumbres de las montañas; nadie sabía dónde. Ninguna comunicación le podía llegar ni por correo ni por telégrafo y, no obstante, era indispensable que el presidente de Estados Unidos se comunicara con él. No se sabía qué hacer pero alguien dijo al presidente: “Sí, es posible encontrar a García, conozco a un tal Rowan que lo hará”. Buscaron y se le entregó la carta para García. Rowan tomó la carta y la guardó en una bolsa impermeable en su pecho, cerca del corazón. Después de pocos días, ya habiendo entregado a García el mensaje del que era portador, apareció por entre los juncales después de atravesar a pie un país hostil, se presentó al otro lado de la isla, y habiendo entregado a García el mensaje del que era portador.

Hubbert aclaró que el objeto de su escrito no era hacer una descripción detallada del episodio que he mencionado. A grandes rasgos lo que quiero resaltar es lo siguiente: McKinley dio a Rowan una carta para que le entregara a García y Rowan no preguntó: “¿Dónde lo encuentro? ¡Santos cielos!, he aquí un hombre que debe ser inmortalizado en bronce y su estatua colocada en todos los colegios del país. No es erudición lo que necesita la juventud, ni enseñanza de tal o cual cosa, sino inculcación del amor al deber, la fidelidad a la confianza que se le deposita, el obrar con prontitud, el concentrar todas sus energías en hacer bien lo que se debe o lo que se tiene que hacer: llevar un mensaje a García.”

El general García ha muerto pero quedan otros muchos García. Todo hombre que ha tratado de llevar a cabo una empresa en la cual necesita la ayuda de muchos otros se ha quedado azorado con frecuencia ante la estupidez de la generalidad de los hombres, su incapacidad o falta de voluntad para concentrar sus facultades en una idea y ejecutarla.

Muchas veces encuentra ayuda de pacota, craso descuido, execrable indiferencia y apatía por el cumplimiento de los deberes, tal ha sido siempre la rutina: así ningún hombre sale avante, ni jamás se logra éxito alguno, si no es con amenazas o de cualquier otra manera se obliga a sobornar a aquellos cuya ayuda se necesita.

Querido lector ¡Haz tú la prueba!.

Te supongo muy tranquilo, sentado en tu despacho y, a tu alrededor, seis empleados, dispuestos todos a servirte.

Llama a uno de ellos y hazle este encargo: “ favor de buscar la enciclopedia y hacerme un breve memorándum sobre la vida de Correggio.”

¿Esperas que tu dependiente con toda calma te conteste: “Sí señor, y vaya tranquilamente a poner manos a la obra? ¡Mil veces, no! Abrirá desmesuradamente los ojos, te mirará sorprendido y te dirigirá una o más de las siguientes preguntas:

¿Quién fue? ¿Cuál enciclopedia? ¿Dónde está la enciclopedia? ¿Esto me corresponde a mí? ¿Usted quiere decir Bismarck no es cierto? ¿No sería mejor que lo hiciera Carlos? ¿Ha muerto ya? ¿Lo necesita usted en seguida? ¿No sería mejor que le trajera el libro para que usted mismo lo buscara? ¿Para qué lo quiere usted saber?”

Apuesto diez contra uno a que, después de haber contestado tales preguntas y explicado cómo hallar la información que deseas, tu dependiente se encontrará confundido y se marchará confuso e irá a solicitar la ayuda de sus compañeros para “encontrar a García” y regresará después para decirte: “No existe tal hombre”. Quizás pueda perder la apuesta, pero en la generalidad de los casos tengo mucha probabilidad de ganarla. Si conoces la ineptitud de tus empleados no te molestarás en explicarle a tu ayudante que Correggio se encuentra en la letra “C” y no en la “K.” Sonreirás y lo buscarás tú mismo. Además, si solicitas un taquígrafo, de cada diez que ofrezcan sus servicios nueve no sabrán escribir con ortografía y algunos considerarán este conocimiento marginal. Terminando ¡No comparto muchos criterios de Hubbert.

Sobre el autor
Eulogio Santaella

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