Llamado de atención
A tiempo, pero sin logística

Retrato
Por instinto —y por buena fe— mucha gente cree que ayudar es mover, sentar, dar agua, “hacer algo”. Ese reflejo, tan humano como peligroso, estuvo a punto de costarle la vida a un compañero de trabajo el pasado 30 de diciembre, cuando se desplomó en el pasillo que conecta las redacciones de El Nacional, El Día y Hoy.
Convencer a un grupo de adultos informados, solidarios y bien intencionados de no mover a una persona con signos evidentes de una emergencia cardiovascular fue, paradójicamente, una de las tareas más difíciles de esa mañana. La escena se repite a diario en oficinas, hogares y espacios públicos: alguien cae, pierde la conciencia por momentos, muestra signos neurológicos alarmantes, y de inmediato surgen voces que proponen sentarlo, darle agua o trasladarlo en un vehículo privado “para no perder tiempo”.
Pero en salud, hacer rápido no siempre es hacer bien.
En casos de sospecha de infarto o accidente cerebrovascular (ACV), mover al paciente sin estabilización puede empeorar el daño. En el ACV, cualquier alteración brusca puede agravar la falta de oxígeno en el cerebro o aumentar el riesgo de aspiración. En el infarto, el corazón ya está en crisis: levantarlo, sentarlo o trasladarlo sin monitoreo puede aumentar la demanda de oxígeno y precipitar un desenlace fatal. En los cursos hechos, un consenso básico de primeros auxilios es llamar a emergencias y no mover al paciente, salvo que exista un peligro inmediato.
Ese día, una compañera —con una valentía que merece reconocimiento público— inició maniobras de resucitación y sostuvo la línea correcta frente a la presión ambiental. Hubo que discutir, insistir y hasta confrontar a quienes, sin autoridad ni evaluación clínica, aseguraban saber más. Mientras tanto, al otro lado del teléfono, el sistema de emergencias 911 hacía lo que debía: orientar, priorizar, ganar tiempo vital hasta la llegada de los profesionales.
La ayuda llegó en unos diez minutos. El tiempo respondió. Lo que no respondió fue la logística.
Los paramédicos llegaron sin instrumentos básicos de evaluación, con recursos mínimos y una camilla que nunca salió de la ambulancia. El traslado se hizo en una silla de oficina. No se trata de señalar personas, sino de interpelar al sistema. Porque cuando hablamos de emergencias cardiovasculares, no basta con llegar rápido: hay que llegar preparados.
Nuestro compañero llegó con vida al hospital. Fue sometido a un cateterismo y recibió cinco stents. Hoy sigue luchando. Esa lucha tiene múltiples protagonistas: la compañera que aplicó RCP, quienes sostuvieron la decisión correcta de no moverlo, el personal médico que actuó en el hospital. Pero también deja al descubierto una grieta preocupante entre lo que sabemos que debe hacerse y lo que el sistema realmente puede ofrecer en la calle.
Este episodio obliga a dos reflexiones urgentes de salud pública.
La primera es educación ciudadana. Necesitamos campañas claras, repetidas y prácticas que expliquen qué hacer —y qué no hacer— ante un infarto o un ACV. No sentar, no dar agua, no trasladar en vehículos privados. Llamar a emergencias y seguir instrucciones no es pasividad, es cuidado basado en evidencia.
La segunda es fortalecer la respuesta prehospitalaria. Ambulancias equipadas, personal con insumos completos y protocolos que se cumplan sin improvisación. El tiempo es cerebro. El tiempo es músculo. Pero el tiempo, sin herramientas, se queda corto.
Ese 30 de diciembre aprendimos que lo más difícil no siempre es que llegue la ayuda, sino lograr que la gente espere a que llegue. Y que, cuando llega, el Estado tiene la obligación de que esa ayuda esté a la altura de la urgencia.
Porque en una emergencia, la diferencia entre la vida y la muerte no debería depender de una discusión en un pasillo ni de una silla de oficina usada como camilla.