Fuerzas Armadas
Mi paso por la UNADE
Un episodio marcó especialmente mi paso por la institución.

UNADE
Estudiar en un instituto de educación superior perteneciente al ministerio de Defensa, fue, para mí, una experiencia cargada de vivencias. Muchos no podían comprender cómo alguien vinculado a la protesta social se sentaba en las aulas las Fuerzas Armadas, a cursar una especialidad en derechos humanos; pero tampoco entendían cómo una institución, que la tradición de la Guerra Fría había asociado con la represión podían estar formando en esa materia. Aquello parecía incomprensible para muchos que desconocen el nuevo rol de las Fuerzas Armadas y el sentido de las relaciones cívico-militares. Sin embargo, en esas aulas descubrí otra dimensión: institucionalidad, respeto y disciplina. Aprendí que la seguridad y defensa nacional no se limita al uso de la fuerza, sino que también exige profesionalidad, ética, legalidad y democracia. Aunque algunos me miraban con recelo —pues en ese momento ocupaba una posición de liderazgo en la principal organización de protesta del país—, las aulas del entonces INSUDE me ofrecieron un espacio donde las diferencias ideológicas no anulaban la posibilidad de aprender juntos. Pero, sobre todo, lo mejor de mi ingreso a esa casa de estudios fueron las amistades y la hermandad que allí se construyen, tanto con maestros como con compañeros y el personal institucional, vínculos que trascienden el aula y perduran en el tiempo.
Un episodio marcó especialmente mi paso por la institución. Tras participar en la defensa de Loma Miranda, cursando la maestría de Seguridad y Defensa Nacional, un alto oficial pidió mi expulsión, argumentando que había enfrentado a las Fuerzas Armadas en una protesta. El rector de entonces, el general Valerio García Reyes, respondió con firmeza: “Ustedes sabían que él pertenecía a esa organización cuando lo evaluaron. Además, lo que estaba haciendo era acompañar al padre Rogelio a sofocar un incendio”. Esa defensa fue más que un gesto democrático personal; fue la confirmación de que esas aulas son un espacio democrático, donde la diversidad de pensamiento tiene cabida.
De mi promoción en la maestría de Seguridad y Defensa Nacional han salido dos directores generales de la Policía Nacional —Edward Sánchez González y Andrés Modesto Cruz Cruz—, un logro que ninguna otra ha alcanzado. Ese hecho demuestra el peso de aquella formación en la toma de decisiones del país. Pero, más allá de mi promoción, la UNADE ha sido también espacio de formación para incumbentes de instituciones públicas, altos funcionarios y responsables de áreas estratégicas del Estado.
Los programas de la UNADE no se limitan como muchos piensan a la instrucción militar, sino que integran materias que forman en ética, derecho y gestión estratégica; además, ofrecen una especialidad en geopolítica. Esta última especialización me permitió comprender los equilibrios internacionales, las tensiones regionales, el papel de la seguridad en un mundo interdependiente y la diferencia entre geoestrategia y geopolítica. Gracias a la formación recibida, se abrieron las puertas a mi carrera internacional como conferencista y docente, llevando mis reflexiones sobre derechos humanos, seguridad y defensa a escenarios fuera del país.
Sin embargo, hay una situación que persiste y merece una crítica constructiva: todos los años se gradúan decenas de profesionales y, una vez que dejan las aulas, la alta casa de estudios pierde la conexión con ellos. Muchos egresados hoy imparten docencia en otras instituciones, aportando sus experiencias y conocimientos, pero la UNADE no aprovecha el talento que prepara ni logra mantener un vínculo vivo con esa comunidad. El círculo de egresados es, en muchos casos, un círculo cerrado. Esa desconexión limita la posibilidad de que la institución se nutra de las experiencias acumuladas por sus graduado, teniéndolos como docentes, asesores o jurados. A ello se suma otro problema que no puede ignorarse: la validación de los llamados “expertos”, un colectivo de profesionales sin títulos y practicantes del “copy and paste”, a quienes en ocasiones se les otorga legitimidad académica como docentes
Mi paso por la UNADE fue un contraste y, al mismo tiempo, un descubrimiento. Aprendí que la disciplina no es sumisión, sino constancia; que el respeto no es silencio, sino reconocimiento; y que la seguridad nacional no puede desligarse de los derechos humanos. Aunque muchos lo vieron como una paradoja, para mí fue el inicio de un camino que me permitió trascender fronteras, llevando la voz de esa experiencia a otras naciones, convencido de que la defensa y los derechos humanos no son opuestos, sino dimensiones complementarias de la vida democrática. En definitiva, fue la prueba de que la democracia se construye precisamente en esos espacios donde las diferencias se encuentran cara a cara.