Perspectiva
El miedo a las candidaturas independientes
Lo que inquieta de verdad no es la candidatura independiente. Es lo que pone en evidencia. Obliga a los partidos a medirse fuera de su zona de control. Los obliga a demostrar que todavía contienen ideas, cuadros y vocación pública, y no solo aparato, costumbre y disciplina.

Defender las candidaturas independientes no es idealizar al outsider. También fuera de los partidos puede haber vanidad, improvisación, dinero y oportunismo.
La negativa de los partidos a las candidaturas independientes no revela fortaleza. Revela temor.
Se habla de orden, de equilibrio, de defensa del sistema. Pero el fondo parece otro: los partidos no quieren perder el control sobre el acceso a la política. No quieren que el derecho a ser elegido exista también fuera de sus estructuras. Y, sin embargo, ese monopolio es parte del problema.
Si hoy la política dominicana se ha vuelto tan cara, tan cerrada y tan poco estimulante, no es solo por el dinero. Es porque los partidos han dejado de proponer para dedicarse a presentar. Presentan nombres, apellidos, relevos, herencias. Administran acceso. Pero proponen cada vez menos país. La política deja de ser una conversación sobre el destino común y pasa a parecer una administración de turnos. Importa menos la visión que la pertenencia. Menos la idea que la estructura. Menos el servicio que la colocación.
Por eso crece la abstención. No solo por apatía, sino por algo más inquietante: por lucidez. En las elecciones municipales de febrero de 2024, el ausentismo alcanzó uno de los niveles más altos en décadas. Pero ese retiro masivo no fue solo una derrota cívica. Fue, quizás, el juicio político más honesto disponible: el de quien evalúa la oferta, la encuentra insuficiente y se niega a legitimar con su voto lo que no puede respaldar con su convicción. La política conserva su escenografía, pero cada vez menos ciudadanos se sientan en la sala.
Defender las candidaturas independientes no es idealizar al outsider. También fuera de los partidos puede haber vanidad, improvisación, dinero y oportunismo. El punto no es moral. El punto es político. Una democracia que se dice tal no debería temerle a la apertura, sino demostrar que puede soportarla.
Lo que inquieta de verdad no es la candidatura independiente. Es lo que pone en evidencia. Obliga a los partidos a medirse fuera de su zona de control. Los obliga a demostrar que todavía contienen ideas, cuadros y vocación pública, y no solo aparato, costumbre y disciplina.
Por eso el rechazo resulta tan elocuente. No expresa confianza en los partidos, sino desconfianza en sí mismos. No delata miedo al desorden, sino miedo a la comparación.
Pero hay una incomodidad que este debate todavía evita. Si los partidos han vaciado la democracia por dentro, no lo han hecho solos. También han contribuido los medios que los reproducen sin interrogarlos, los analistas que los toman como único horizonte y los ciudadanos que votan por disciplina o por miedo al vacío. La pregunta no es solo qué les falta a los partidos. Es qué nos falta a nosotros para exigirles más.
Porque cuando una estructura política le teme tanto a la comparación, tal vez ya no está defendiendo la democracia.
Tal vez está defendiendo su derecho exclusivo a administrarla.