“Moral y cívica en la sociedad líquida”

Altagracia Paulino
Celebré el anuncio del Ministerio de Educación cuando informó que se volvería a impartir la asignatura “Moral y cívica” en las escuelas. Incluso sugerimos incorporar valores como el respeto por la naturaleza, por los mayores, por las nuevas leyes, por la Constitución y por figuras que, por ser referentes, merecen reconocimiento y respeto.
Quienes recibimos clases de “Moral y cívica” en las escuelas y en los hogares vimos muy positiva la iniciativa ante el caos que experimenta la sociedad actual, definida por el sociólogo y filósofo polacobritánico Zygmunt Bauman como sociedad líquida.
Puede leer: Lluvia y sequía: ¿cuál de las dos?
“La sociedad líquida es un estado social caracterizado por la constante volatilidad, la transitoriedad y la fragilidad de los vínculos humanos”. En ese contexto, imperan el individualismo y el consumismo como valores a exaltar, lo que supone un desafío para los propósitos de la enseñanza de “Moral y cívica”.
Vivimos la devaluación de los compromisos —en el trabajo, en el amor, en el matrimonio—. La presión por la “flexibilidad” conduce a decisiones que contradicen la sociedad sólida donde “Moral y cívica” cimentó la cultura hasta finales del siglo XX.
La sociedad sólida, caracterizada por relaciones y estructuras estables, hoy entra en crisis por la volatilidad de los vínculos basados en el consumismo, profundizando la desigualdad que vivimos, la cual se acentúa mientras más se crece en el terreno económico.
La sociedad líquida se compone de estructuras y relaciones inseguras; debilita los vínculos familiares y vuelve frágiles y fugaces las relaciones humanas.
En esta sociedad líquida las personas nos convertimos en objetos de consumo: se usan y se desechan cuando “pierden utilidad”. Igual que los productos, los humanos son descartados cuando dejan de “servir”. Bauman lo resume: “los productos y las relaciones tienen una vida útil limitada” —tienen fecha de vencimiento—.
En este contexto, las personas se ven empujadas a reinventarse de manera constante para encajar en la sociedad de consumo, incluso modificando identidades de forma continua. De ahí el auge de los cirujanos plásticos.
El individualismo dominante imposibilita la construcción de lo colectivo y favorece el aislamiento. ¿Más aislamiento que vivir en una torre o jóvenes encerrados en sus habitaciones?
Las enfermedades mentales —ansiedad, depresión, trastornos del sueño— son señales de esta convivencia entre la sociedad sólida de ayer y la líquida de hoy. La incertidumbre elimina la estabilidad; la vida se vuelve impredecible y afloran los trastornos emocionales.
Nos ha tocado abordar la dimensión del consumo: el consumismo es una patología de la sociedad actual. Se cambió el ser por el tener; se valora a las personas por su capacidad de compra, por las marcas que usan, por el vehículo en que andan e incluso por sus relaciones con el poder político y económico.
Aunque el poder es efímero, el consumista lo idolatra; cuando esa relación termina, la persona «deja de ser útil».
La sociedad de consumo ha producido la cultura del engaño y del desecho. Se desechan hasta las amistades y, con ello, se incrementan las enfermedades mentales. El consumismo es una enfermedad.
En medio de esta situación, la educación moral y cívica puede servir como el ancla que nos devuelva al sentido de comunidad. Enseñar valores y responsabilidad no es nostalgia, es prevención. Si no reconstruimos los lazos humanos desde la escuela, seguiremos navegando entre relaciones frágiles, soledades profundas y una sociedad que se derrite y se autoflagela.