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Partidos y democracia

Las organizaciones partidarias llamadas a democratizar la sociedad cometen el gravísimo error de negar la pluralidad y el disenso que predican.

Fachada Tribunal Constitucional

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Las organizaciones partidarias llamadas a democratizar la sociedad cometen el gravísimo error de negar la pluralidad y el disenso que predican.

Desgraciadamente, los acomodos e intentos de estructurar fórmulas internas para hacer prevaler el estatus quo terminan dinamitando el instrumento organizativo debido a la enorme rabia que producen élites directivas amantes de su rol jerárquico, pero desinteresadas en la legitimidad democrática.

Los fenómenos de reducción e insignificancia electoral de las históricas fuerzas partidarias se produjeron por la irresponsabilidad de caudillos y líderes que, por el anhelo de retener el poder, se mantuvieron en posiciones jerárquicas a fuerza de argucias y mecanismos de elección desprovistos de reglas transparentes, a pesar de la persistente resistencia de las bases. Y así llegó el desgano, dándole paso al fenómeno abstencionista y/o el nacimiento de ofertas que predican ser distintas y reproducen los vicios de siempre. Incluso, la aviesa manipulación de la “unidad” sirve como ardid en interés de perpetuar en grados dirigenciales a figuras de reducida aprobación, decididas a obrar en instancias determinantes en la preservación de los privilegiados derivados de su posición.

Un partido no puede actuar de espaldas a la sociedad. Por eso, los intentos de imponer manías fraudulentas terminan derrotados por la ciudadanía. Apelar al recurso del consenso como regla y no de manera excepcional abre los espacios a dudas que se consolidan en voces adversas y como fuente de rechazo electoral.

Las organizaciones políticas, en la medida que se dejan atrapar del criterio de sus élites, pierden una vital conexión con los garantes de su suerte: los electores. Y la jurisprudencia sanciona de forma abrumadora a las franjas que desarrollan una interpretación antojadiza del sentido de mayoría.

Los partidos dan vitalidad a la democracia.

El problema que tenemos hoy es que las prácticas obsoletas y obstruccionistas, con barniz de consenso y centralismo democrático, atentan contra el correcto funcionamiento de las organizaciones y, a la vez, instauran en mandos institucionales a ciudadanos de escasa conciencia histórica y ajenos a los ejercicios de prevención inteligente, indispensables para contener la insatisfacción de todos aquellos que en cada proceso retratan falsedades aposentadas en los hábitos partidarios.

Lo grave es que se resisten a reconocerlo. Ya lo hemos vivido; sabemos cómo termina.

Sobre el autor
Guido Gómez Mazara

Guido Gómez Mazara

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