Estados Unidos
La política de la hipocresía
Ante la política de la franqueza, que reconoce el ocaso del viejo orden global liberal y asume con entusiasmo, indiferencia o resignación la inevitabilidad del poder desnudo de las potencias, algunos esgrimen contra esta la utilidad de una política de la hipocresía. Como bien advierte Matias Spektor:

Donald Trump
Ante la política de la franqueza, que reconoce el ocaso del viejo orden global liberal y asume con entusiasmo, indiferencia o resignación la inevitabilidad del poder desnudo de las potencias, algunos esgrimen contra esta la utilidad de una política de la hipocresía. Como bien advierte Matias Spektor:
“Un mundo en el que los Estados poderosos ya no se sienten obligados a justificarse moralmente no es más honesto, sino más peligroso. Cuando las grandes potencias se sienten obligadas a justificar su comportamiento en términos morales, los Estados más débiles ganan influencia. Pueden apelar a estándares compartidos, invocar el derecho internacional y exigir coherencia entre la retórica y la acción. Pero sin la necesidad de mantener siquiera la ficción de los principios, un país poderoso puede hacer lo que quiera sabiendo que solo puede verse limitado por el poder de otros”.
Spektor señala que, en los últimos 80 años, Estados Unidos justificó su hegemonía internacional con el lenguaje de la democracia y los derechos humanos, aun cuando sus acciones no respondían a estos ideales. Pero esta hipocresía permitió a los demás países criticar estas acciones desde la perspectiva de esos principios. Ello sirvió para desmontar las operaciones encubiertas de la inteligencia estadounidense en el extranjero a partir de 1975, deslegitimar la guerra contra Irak en 2003 y controlar los asesinatos selectivos mediante el programa de drones.
Sin embargo, ahora no es posible acusar a Donald Trump de hipocresía pues este no le interesa justificar sus políticas, claramente burdas y egoístas, atendiendo a una moral de principios universales. Su franqueza brutal, en palabras de Luis Duno-Gottberg, nos “desarma porque destruye incluso la expectativa mínima de que el poder deba fingir decencia”.
Cuando hay reglas que norman el comercio y las relaciones internacionales y que son aceptadas por todos los estados, es posible hacer valer el derecho, incluso por un país que no es una gran potencia, como ocurrió en la disputa entre Brasil y Estados Unidos sobre el algodón, desenvuelta en el marco legal de la Organización Mundial del Comercio y que ganó Brasil, lo que obligó a Washinton a hacer concesiones. Con Trump, los aranceles arbitrarios impuestos a Brasil no fueron recurridos conforme las normas internacionales multilaterales, sino que Brasil redujo su exposición a Estados Unidos, se vinculó comercialmente más con China y puso sus tierras como potencial moneda de cambio, lo que obligó a la Casa Blanca a desescalar su arremetida contra Brasil.
El acercamiento de viejos aliados europeos, latinoamericanos y asiáticos a China demuestra que el nuevo [des]orden internacional que impulsa Trump no es más seguro ni beneficioso ni siquiera para Estados Unidos. Naturalmente, los países pequeños y las democracias incipientes no solo están menos seguras en el plano internacional, pues, además, sufrirán los perniciosos efectos del mal ejemplo de las políticas internas autoritarias de Trump cuando sus gobiernos fervorosa e impunemente repliquen las mismas en el ámbito doméstico.
¡Ojo!: los acostumbrados telefonazos a las autoridades nacionales del Departamento de Estado y del presidente estadounidense ya no serán como otrora para apoyar la democracia, sino para impedir la llegada al poder, vía elecciones libres, de políticos, en nada enemigos anti-estadounidenses, sino que, pese a sus acreditadas credenciales democráticas y liberales, no estén total y borregamente alineados con sus espurios intereses.