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Panorama

Seguridad alimentaria ante la guerra y el cambio climático

En la postrimería de la década de los 80, me inicié en la orientación al consumidor a través de los medios de comunicación. A esa década se le llamó la década perdida por los altos niveles inflacionarios, la devaluación de la moneda y la escasez de productos esenciales.

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En la postrimería de la década de los 80, me inicié en la orientación al consumidor a través de los medios de comunicación. A esa década se le llamó la década perdida por los altos niveles inflacionarios, la devaluación de la moneda y la escasez de productos esenciales.

Para entonces recomendábamos a las familias cambiar hábitos, hacer compras colectivas e iniciar el ahorro desde el hogar, comenzando por la energía y limitándose en los gastos para garantizar la alimentación familiar. Vivíamos, como ahora, expuestos al umbral de una guerra lejana, pero cercana, porque dependemos de las importaciones, sobre todo de la base energética con la que nos manejamos.

En tiempos de guerra, sobre todo como la que se vive en Oriente Medio, sus efectos se sienten en la cocina. El incremento de los combustibles, el encarecimiento de los alimentos y la inestabilidad de los mercados internacionales impactan directamente el costo de la vida. Para países dependientes de importaciones, como la República Dominicana, estos efectos se traducen en una presión constante sobre los consumidores.

Frente a esta realidad, no basta esperar soluciones externas. Se impone un cambio en la manera de consumir, producir y convivir. Es momento de aprender a vivir con restricciones, no como una derrota, sino como una estrategia de vida a corto, mediano y largo plazo.

El primer paso es asumir el ahorro como una práctica cotidiana y no como una medida ocasional. El ahorro individual comienza en decisiones simples: evitar compras compulsivas, priorizar lo esencial, reducir el desperdicio de alimentos y controlar el consumo energético. Cada peso ahorrado es una barrera frente a la incertidumbre.

Sin embargo, el verdadero cambio ocurre cuando el ahorro deja de ser individual y se convierte en colectivo. Las familias pueden organizar compras conjuntas para obtener mejores precios, las comunidades pueden promover huertos urbanos y redes de intercambio; los consumidores pueden apoyar directamente a los pequeños productores, reduciendo intermediarios y fortaleciendo la economía local.

En este contexto, la alianza entre productores y consumidores deja de ser una aspiración y se convierte en una necesidad. Garantizar precios justos, acceso a alimentos y sostenibilidad productiva es clave para resistir los efectos de la crisis, ahora y siempre.

También es fundamental fortalecer la cultura del consumo responsable. No se trata de gastar menos, sino de gastar mejor. Elegir productos locales, evitar el sobreendeudamiento y exigir transparencia en los precios son actos de defensa económica.

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Altagracia Paulino

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