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Soberanas del espectáculo o del ego, una deuda con Casandra Damirón
Lo que antes se resolvía con una llamada privada, hoy se lanza al ruedo digital para alimentar el morbo.

Casandra Damirón
Las luces del Teatro Nacional se apagaron hace apenas unos días. La alfombra roja de los Premios Soberano ya es historia, y las estatuillas descansan en las repisas de sus nuevos dueños.
Sin embargo, pasada la efervescencia de la gala del miércoles, queda en el aire una pregunta que no se responde con aplausos: ¿Estamos honrando la excelencia en nuestro ejercicio diario o solo nos disfrazamos de ella una noche al año?
Es una paradoja amarga. Mientras la industria se vistió de gala para reconocer lo mejor del arte y la comunicación, en las pantallas de nuestros teléfonos la realidad es otra.
En las últimas semanas, hemos visto a comunicadoras protagonizar un intercambio de "dardos", indirectas y respuestas públicas que desdibujan la línea entre el profesionalismo y el reality show de bajo presupuesto.
El micrófono no es un "ring". Los medios de comunicación, por definición, son plataformas de servicio público y construcción de opinión. Sin embargo, asistimos a una preocupante "farandulización" del periodismo y la comunicación estratégica.
Hoy, parece que el valor de una profesional se mide por su capacidad de réplica en un reel de sesenta segundos y no por el rigor de su palabra.
Lo que antes se resolvía con una llamada privada, hoy se lanza al ruedo digital para alimentar el morbo.
Es la dictadura del algoritmo: el conflicto genera clics, los clics inflan el ego y el ego termina por devorar la credibilidad. Pero seamos claros: el ruido no es prestigio, y el escándalo no es legado.
Si realmente queremos celebrar los Premios Soberano con coherencia, debemos mirar hacia la raíz. El máximo galardón de nuestra cultura lleva el nombre y el espíritu de la verdadera ¨Soberana¨ Casandra Damirón.
"La Soberana" no solo fue una artista inmensa; fue una mujer que entendió que la comunicación y el arte son herramientas de elevación cultural, siempre manteniendo una postura impecable y un respeto sagrado por su audiencia.
Honrar a Casandra no es solo levantar una estatuilla un miércoles por la noche. Honrarla es entender que el micrófono es una responsabilidad, no un arma de ataque personal. Una comunicadora de fuste no necesita descender al lodo digital para confirmar su relevancia. La verdadera distinción se gana en la conducta que se mantiene frente a una cámara los otros 364 días del año.
Pasada la gala, es momento de una introspección gremial. Necesitamos un cambio de dinámica urgente. Si queremos ser respetadas como líderes de opinión y referentes generacionales, debemos comportarnos como tales.
La audiencia merece contenido que aporte valor, no que la convierta en árbitro de pleitos de patio.
Que el brillo de esta última premiación no nos ciegue. Cambiemos la dinámica: menos "reels" de desahogo y más profundidad en las ideas. Menos egos heridos y más propósitos compartidos.
Al final del día, lo único que sobrevive al paso del tiempo no es el vestido que usamos el miércoles, es la dignidad con la que defendimos nuestro oficio. Esa es nuestra verdadera deuda con Casandra.