Administración Trump
¿Es el sueño o la pesadilla americana?
Millones de europeos, latinoamericanos, asiáticos y africanos llegaron huyendo de la pobreza, las guerras o la persecución política.

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“Un sueño de un orden social en el que cada hombre y cada mujer puedan alcanzar la mayor estatura de la que sean capaces, y ser reconocidos por lo que son, sin importar las circunstancias de su nacimiento.” — James Truslow Adams, The Epic of America (1931).
Desde el siglo XIX, Estados Unidos se presentó como una tierra donde no importaba de dónde venías, sino adónde podías llegar. De ahí nace la idea de que EUA es el “sueño americano”: la creencia —poderosa y persistente— de que cualquiera podía prosperar, sin importar su origen, si trabajaba duro y aprovechaba las oportunidades.
Millones de europeos, latinoamericanos, asiáticos y africanos llegaron huyendo de la pobreza, las guerras o la persecución política. Para muchos, Estados Unidos representó la posibilidad real de empezar de cero, algo casi imposible en sus países de origen. La Constitución, la libertad de expresión y de culto, así como el Estado de derecho, reforzaron durante décadas esa imagen del sueño americano.
Sin embargo, el sueño americano de hoy ya no es un sueño para todos; para muchos se ha convertido en una pesadilla, particularmente bajo la administración de Donald Trump. No existe una sola respuesta ni una experiencia homogénea: el sueño depende de quién lo vive, cómo lo vive y desde qué posición social se observa.
Las comunidades latinas y migrantes, que habían comenzado a integrarse y a disfrutar de oportunidades limitadas pero reales, se han visto golpeadas por operativos migratorios agresivos del ICE y por cambios en programas de protección. Estas medidas han generado miedo e incertidumbre, haciendo que muchas familias sientan que su estabilidad, sus aspiraciones y su seguridad están en riesgo, lo que dificulta su integración y progreso.
A esto se suma la persistencia de una creciente desigualdad económica. La riqueza se concentra cada vez más en un pequeño sector de la población, mientras que amplias capas sociales experimentan estancamiento salarial y una movilidad social cada vez más limitada.
Organizaciones como Human Rights Watch han señalado que la administración Trump ha sido acusada de erosionar normas democráticas y derechos humanos, alimentando la percepción de que se pierde el ideal de libertad y de igualdad de oportunidades que dio origen al sueño americano.
El sueño americano no se ha desvanecido por completo, pero hoy ya no es un ideal incluyente ni una promesa compartida. Se ha vuelto selectivo, frágil y condicionado por el origen, el estatus migratorio, la raza y la posición económica. Para quienes quedan fuera de esos márgenes, el sueño se ha transformado en una experiencia de temor, exclusión y precariedad.
Cuando un país convierte la ley en instrumento de intimidación, normaliza la desigualdad como costo del progreso y permite que el miedo sustituya a la esperanza, comienza a erosionar el fundamento moral de su poder. La prosperidad sin justicia no consolida naciones; las vacía por dentro.
Estados Unidos enfrenta hoy una disyuntiva histórica: recuperar el espíritu que lo hizo atractivo para millones o aceptar que el “sueño americano” ha mutado en un privilegio reservado para pocos. Persistir en el camino de la exclusión no solo fractura a las comunidades migrantes y vulnerables, sino que socava la legitimidad democrática del propio Estado.
La advertencia es clara: un país que renuncia a la igualdad de oportunidades como principio deja de ser referente y empieza a ser advertencia. Si el sueño americano deja de ser sueño colectivo, la pesadilla no será solo de los excluidos, sino de la nación entera.