Secretario norteamericano
Trump, la doctrina Monroe y la frontera imperial
Luego de señalar que los Estados Unidos nunca han intervenido en las guerras que han sostenido las potencias europeas y destacar que el sistema político de las potencias aliadas es esencialmente distinto del que rige en América, el presidente Monroe expresó:

Trump, la doctrina Monroe y la frontera imperial
En la actitud de John Quincy Adams, el secretario de Estado norteamericano, del gobierno de James Monroe (1817-1825), con relación a los asuntos estadounidenses-británicos, sería más importante lo que estaba detrás del telón, como se demostraría después: su preocupación no se daba fundamentalmente con relación a la Santa Alianza, sino respecto de la Gran Bretaña. El historiador Ramiro Guerra lo explica de esta manera:
“La consumada habilidad de John Quincy Adams indujo a creer, durante largos años, que la doctrina se proclamó por la actitud del zar (Alejandro I de Rusia) en los asuntos de la costa americana del Pacífico y para contener a la Santa Alianza. La errónea versión se ha repetido y se repite todavía, pero la verdad histórica es otra. La doctrina se proclamó como una consecuencia directa del choque de los Estados Unidos y la Gran Bretaña en Cuba, en 1822 y 1823; fue un golpe diplomático contra los ingleses, y su objetivo profundo era servir los fines de la expansión”.
Y termina con esta categórica aseveración: “Las Memorias del propio Adams no dejan duda alguna sobre el particular. La proclamación de la doctrina es un episodio de la rivalidad angloamericana en América durante la primera mitad del siglo XIX; en un sentido más circunscrito, de la lucha diplomática entre Adams y (George) Canning (Secretado de Estado de Relaciones Exteriores británico)”.
Los juicios de Guerra son avalados por el propio Adams, quien el 15 de noviembre de 1823, precisamente 17 días antes del Informe del presidente Monroe ante el Congreso, había expresado: “Creo tan posible que la Santa Alianza restaure la dominación española en América, como que el Chimborazo se hunda en el Océano.”
En su oposición a la propuesta inglesa de una declaración conjunta anglo-americana contra la Santa Alianza, Adams contó con el apoyo del presidente, y en su Informe anual, el 2 de diciembre de 1823, Monroe anunció la posición estadounidense sobre los proyectos de los países europeos relación con los pueblos americanos:
“Los debates a que ha dado lugar este punto y las disposiciones para concluirlo, se han estimado como ocasión propicia para sustentar como un principio en el cual se involucran los derechos e intereses de los Estados Unidos, el hecho de que los continentes americanos, por las condiciones de libertad e independencia que han asumido y mantenido, no deben ser considerados, de hoy en adelante, como entidades sometidas a una colonización futura por parte de cualquier potencia europea…”
Luego de señalar que los Estados Unidos nunca han intervenido en las guerras que han sostenido las potencias europeas y destacar que el sistema político de las potencias aliadas es esencialmente distinto del que rige en América, el presidente Monroe expresó:
“Toda nuestra nación se ha consagrado a la defensa de nuestro gobierno, logrando mediante la pérdida de mucha sangre y oro, madurado por la sabiduría de sus ciudadanos más civilizados y bajo el cual hemos disfrutado de una felicidad que no tiene ejemplos y la cual debemos, en consecuencia, a la sinceridad y a las relaciones amistosas que priman entre los Estados Unidos y esas potencias, manifestando que debemos considerar cualquier esfuerzo que estas hagan para extender su sistema a cualquier parte de este hemisferio como peligroso para nuestra paz y seguridad”.
Y en otra parte de su Informe al Congreso, Monroe advertía:
“Es imposible que las potencias aliadas extiendan su sistema político a cualquier parte del Continente Americano sin poner en peligro nuestra paz y felicidad; nadie puede creer, tampoco, que nuestros hermanos del Sur lo adoptarán por ellos mismos, de buen grado. Por consiguiente, no nos es posible contemplar con indiferencia cualquier forma de intromisión. Si establecemos una comparación entre la fuerza y los recursos de España y los que poseen los nuevos gobiernos, así como la distancia que hay entre una y otros, resulta evidente que España no debe sojuzgar a éstos. Los Estados Unidos sustentan como su verdadera política la de dejar que las partes interesadas resuelvan sus problemas, confiando en que otras potencias imitarán ese proceder…”